jueves, 17 de noviembre de 2011

Cabecean fulgores

SÁNDOR WEÖRES

(Szombathely, Hungría, 1913-Budapest, íd., 1989)

Traducido por Rodrigo Escobar Holguín y Vera Székács

El sino de esta noche

¿De quién es esta noche?
Cabecean fulgores.
Toda la ventana es pérfida,
El peligro, plateada sierpe, duerme.

Anda a tientas con blancos
y vacuos bulbos ciegos
quien tú serías mañana.
Le acecha un puente oculto. Apenas llegue,
su botella de vino resonará vacía
en las olas sin patria.
¿De quién es esta noche?
***

Aún no puedo del todo acostumbrarme
a tener panza, tripas y garganta
que lleno cada día de materia,
a causa de lo cual estoy viviendo.

Aún no puedo del todo acostumbrarme
a que tenga que ser tan importante
desear esto y evitar aquello,
y ser amado, y que me ames tú.

Aún no puedo del todo acostumbrarme
a encontrar feos o creer hermosos
tus órganos visuales o tus masticatorios,
ni al hecho de que hay vivos y que hay muertos.

Aún no puedo del todo acostumbrarme
a no poder imaginar el todo,
a que frente a mí bailen sólo partes,
a que tras ellas nada puedo asir.
***
Sobre el poema

Lee poemas también en idiomas que no comprendas. No
mucho, solo algunas pocas líneas, cada vez, pero léelos mas veces
en sucesión. No te preocupes por su significado, pero entérate si
es posible, de su pronunciación y su sonoridad originales.

De este modo podrás conocer la música de las lenguas y la música
interior de las almas creadoras. Y podrás llegar hasta el punto de
poder leer también los textos de tu idioma, independientemente de
su contenido; solo de este modo podrás penetrar en la belleza
interna y verdadera del poema, su baile incorpóreo.
**
Imagen: Róbert Berény, "Gato y bodegón"
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char