martes, 26 de enero de 2010

Con una cierta falta de medida


Mercè Rodoreda
(España, 1908-1983)

(La autora escribió su obra en catalán)

De La Plaza del Diamante
(fragmentos)


-¿Y si mi novio se entera?

El muchacho se puso todavía más cerca y dijo riendo, ¿tan jovencita y ya tiene novio? Y cuando se rió los labios se le estiraron y le vi todos los dientes. Tenía unos ojitos de mono y llevaba una camisa blanca con rayitas azules, arremangada sobre los codos y con el botón del cuello desabrochado. Y aquel muchacho de pronto se volvió de espaldas y se puso de puntillas y miró de un lado a otro y se volvió hacia mí y dijo, perdone, y se puso a gritar: ¡Eh!... ¿habéis visto mi americana? ¡Estaba al lado de los músicos! ¡En una silla! ¡Eh!... Y me dijo que le habían quitado la americana y que volvía en seguida y que si quería hacer el favor de esperarle. Se puso a gritar. ¡Cintet!... ¡Cintet! La Julieta, de color de canario, con bordados verdes, salió de no sé dónde y me dijo: tápame que me tengo que quitar los zapatos... no puedo más... Le dije que no me podía mover porque un joven que buscaba la americana y que estaba empeñado en bailar conmigo me había dicho que le esperase. Y la Julieta me dijo, baila, baila... Y hacía calor. Los chiquillos tiraban cohetes y petardos por las esquinas. En el suelo había pipas de sandía y por los rincones cáscaras de sandía y botellas vacías de cerveza y por los terrados también encendían cohetes. Y por los balcones. Veía caras relucientes de sudor y muchachos que se pasaban el pañuelo por la cara. Los músicos tocaban, contentos. Todo como en una decoración. Y el pasodoble. Me encontré yendo abajo y arriba y, como si viniese de lejos estando tan cerca, sentí la voz de aquel muchacho que me decía, ¿ve usted como sí sabe bailar? Y sentía un olor de sudor fuerte y un olor de agua de colonia evaporada. Y los ojos de mono brillando al ras de los míos y a cada lado de la cara la medallita de la oreja. La cinta de goma clavada en la cintura y mi madre muerta y sin poder aconsejarme, porque le dije a aquel muchacho que mi novio hacía de cocinero en el Colón y se rió y me dijo que le compadecía mucho porque dentro de un año yo sería su señora y su reina. Y que bailaríamos el ramo en la Plaza del Diamante.

Mi reina, dijo.

Y dijo que me había dicho que dentro de un año sería su señora y que yo ni le había mirado, y le miré y entonces dijo no me mire así, porque me tendrán que levantar del suelo y fue cuando le dije que tenía ojos de mono y venga a reír. La cinta en la cintura parecía un cuchillo y los músicos, ¡tararí!, ¡tararí! Y la Julieta no se veía por ninguna parte. Desaparecida. Y yo sola con aquellos ojos delante, que no me dejaban. Como si todo el mundo se hubiese convertido en aquellos ojos y no hubiese manera de escapar de ellos. Y la noche avanzaba con el carro de las estrellas y la fiesta avanzaba y el ramo y la muchacha del ramo, toda azul, girando y girando... Mi madre en el cementerio de San Gervasio y yo en la Plaza del Diamante... ¿Vende cosas dulces? ¿Miel y confitura?.. Y los músicos cansados dejaban las cosas dentro de las fundas y las volvían a sacar de dentro de las fundas porque un vecino pagaba un vals para todo el mundo y todos como peonzas. Cuando el vals se acabó la gente empezó a salir. Yo dije que había perdido a la Julieta y el muchacho dijo que él había perdido al Cintet y dijo: cuando estemos solos, y todo el mundo esté metido dentro de sus casas y las calles vacías, usted y yo bailaremos un vals de puntas en la Plaza del Diamante... gira que gira, Colometa. Me le miré muy incomodada y le dije que me llamaba Natalia y cuando le dije que me llamaba Natalia se volvió a reír y dijo que yo sólo podía tener un nombre: Colometa. Entonces fue cuando eché a correr y él corría detrás de mí, no se asuste... ¿no ve que no puede ir sola por las calles, que me la robarían?... y me cogió del brazo y me paró, ¿no ve que me la robarían, Colometa? y mi madre muerta y yo parada como una tonta y la cinta de goma en la cintura apretando, apretando como si estuviese atada en una ramita de esparraguera con un alambre.

Y eché a correr otra vez. Y él detrás de mí. Las tiendas cerradas con la persiana ondulada delante y los escaparates llenos de cosas quietas, tinteros y secantes y postales y muñecas y tela extendida y cacharros de aluminio y géneros de punto... Y salimos a la calle Mayor, y yo arriba, y él detrás de mí y los dos corriendo, y al cabo del tiempo todavía a veces lo explicaba, la Colometa, el día que la conocí en la Plaza del Diamante, arrancó a correr y delante mismo de la parada del tranvía, ¡pataplaf!, las enaguas por el suelo.

La presilla de hilo se rompió y allí se quedaron las enaguas. Salté por encima, estuve a punto de enredarme un pie en ellas y venga correr como si me persiguieran todos los demonios del infierno. Llegué a casa y a oscuras me tiré en la cama, en mi cama de soltera, de latón, como si tirase una piedra. Me daba vergüenza. Cuando me cansé de tener vergüenza, me quité los zapatos de un puntapié y me deshice el pelo. Y Quimet, al cabo del tiempo todavía lo explicaba como si fuese una cosa que acabase de pasar, se le rompió la cinta de goma y corría como el viento…
***

“y sentí un viento de tormenta que se arremolinaba dentro del embudo que ya estaba casi cerrado y con los brazos delante de la cara para salvarme de no sabía qué, di un grito de infierno. Un grito que debía hacer muchos años que llevaba dentro y con aquel grito, tan ancho que le costó mucho pasar por la garganta, me salió de la boca una pizca de cosa de nada, como un escarabajo de saliva…”
***
... Di unas cuantas vueltas por la calle Mayor mirando escaparates. Y el escaparate de las muñecas en la casa de los hules. Unos cuantos tontos me empezaron a decir cosas para molestarme, y uno muy gitano se acercó más que los otros y dijo, está buena. Como si yo fuese un plato de sopa. Todo aquello no me hacía ninguna gracia. Claro que era verdad, como mi padre siempre decía, que yo había nacido exigente..., pero lo que a mí me pasaba es que no sabía muy bien para qué estaba en el mundo...

La Plaza del Diamante. Traducción de Enrique Sordo. Barcelona: Edhasa, 1965.
***

(Se quedó un momento con el pico abierto y un violento jadeo hizo que las plumas del pecho ondeasen. Después se le cerró súbitamente el pico y se le volvió a abrir, despacio: la lengua, delgada y puntiaguda como un pistilo, palpitaba indefensa. Aquella gallina tardaba mucho en morir. Cuando Quimet pensaba "se acabó”, movía de nuevo las alas; las abría lentamente, las batía con furia y la brusca ventada hacía bailar la hilera de las gallinas colgadas. De repente, empezó a gritar: era un último grito de auxilio dirigido a los campos, al cielo azul, al espacio inundado de luz y de polen, surcado de pájaros. Pero los párpados de la gallina se levantaban, firmes, y detrás de aquella cortina móvil los ojos estaban ya vidriosos...)

De Mercè Rodoreda, Cuentos, Barcelona, Edhasa, 2008. Varios traductores.
***

Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo.

Prólogo a Mirall Trencat
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char