jueves, 22 de abril de 2010

Íbamos al campo, él no hablaba y yo tampoco


ENTREVISTA
a José Watanabe
(Laredo, Perú, 1946-2007)

"La poesía está afuera"

(realizada en 2005)
Fragmentos

Lejos de una solemnidad atribuida a la poesía, José Watanabe Varas (Laredo, 1946) nos revela una sensibilidad y humor que se conjugan con un merecido reconocimiento que ha traspasado nuestras fronteras.

Contemplando el mundo

¿En qué momento se dio cuenta de su sensibilidad para la poesía?
No hay un día, una fecha, se fue dando de modo natural, porque antes que las palabras es la sensibilidad la que se va desarrollando, que no voy a calificar de especial, quizá sí un poco diferente.
Decía que no hay un día en que uno diga quiero escribir, quiero pintar, pero yo era un niño que era capaz de encerrarse en el corral de su casa con arcilla que traía del río para modelar figuritas de barro. Horas me pasaba en ello, cosa que mis hermanos no hacían.
Yo no pensaba escribir. Pero cuando yo estaba en quinto de media, en julio falleció mi padre y casi un mes después falleció la chica de la cual yo estaba enamorado. Entonces fueron esos dos momentos extremos que me senté en una mesa con un papel y me puse a escribir. Y allí empecé a escribir.
Tuve el apoyo de un profesor del colegio, siempre digo su nombre, Vásquez Alvítez, porque él se dio cuenta de que me empezó a gustar la lectura y escribir. Iba a la biblioteca de su casa y me ponía a leer. Muchas cosas dependen de un buen profesor.

El pintor Venancio Shinki decía en una entrevista que al pintar tuvo en algún momento el problema de forzar su japonismo que tenía de herencia, pero que le salían mal las cosas. ¿En su caso ha habido ese tipo de influencias?
No, la influencia japonesa que tengo se dio de modo natural. Mi padre cuando vino al Perú trajo en su maleta algunos libros...

Era raro en un inmigrante, ¿no?
Mi padre tenía un nivel cultural distinto, un poco más alto. Él era pintor, y era una persona que leía mucho. Aunque vinieron también muchos profesionales dentro de la inmigración. Aunque tenía ese nivel un poco más alto tenía que trabajar en el campo, porque en esa época, en un país racista como éste, no le iban a dar otro trabajo. Pasó las peripecias de todo migrante.
Pero en su maleta trajo algunos libros de haiku, poemas breves japoneses, y me los traducía en mi casa en Laredo, y yo empecé a percibir una influencia de la literatura japonesa a través de mi padre, pero no creo que lo haya hecho de manera consciente.

Ahora, yo nunca pretendí hacer una poesía que fusione lo oriental con lo occidental, nunca he tenido esa pretensión, pero me imagino que de algún modo se da, porque cuando mi padre fallece, quizás por cariño hacia él empecé a comprar muchos libros de haiku. Debo ser la persona que más libros de haiku tiene en el Perú. Me dedicaba al estudio del haiku, soy hasta audaz porque doy conferencias sobre haiku sin saber japonés, pero creo que es posible la traducción.
No me he propuesto fusionar dos culturas. Uno escribe como escribe, porque te gusta escribir, porque tienes una vocación. Si me preguntas si lo japonés aparece en mis poemas no lo sé, me obligarías a inventar al paso algo.
Los críticos, exageradamente, también dicen que tengo alguna influencia japonesa. Yo no me reconozco como poeta con influencia de la literatura japonesa. Tengo algo del haiku porque es natural, ya que lo conocí desde niño, tenía 8 o 9 años...

Algunas críticas respecto de la influencia japonesa se refieren al hecho de que en sus poemas se ven muchos escenarios. En una conferencia, usted se refería al haiku como "la serenidad ante lo que no tiene tiempo", es decir que no pretende dar ninguna enseñanza... Pero leyendo sus poemas, no sólo se encuentra eso, tienen un lado oscuro... "El intestino", por ejemplo.
No está publicado en un libro... Lo que pasa es que el haiku nace de la contemplación de la naturaleza especialmente. Yo vengo del campo, mi padre me enseñó sin querer enseñarme a ser contemplativo. Íbamos al campo, él no hablaba y yo tampoco. El silencio no era incómodo. Yo aprendí que había que mirar las cosas, pero también hay muchos otros poetas contemplativos que no son japoneses, a los cuales he leído.
Yo reconozco la influencia de mi padre más que de literatura, a nivel de comportamiento, de manera de ser, a ser discreto, no hablar mucho, a contemplar la naturaleza. Yo siempre digo que los poemas están organizados fuera antes que yo los haga, y eso es lo que tiene más o menos un haijin, que es el escritor de haiku, que encuentra el poema afuera, y esa es mi actitud. Pero que eso venga de los haiku, no necesariamente. Puede venir de Juan Ramón Jiménez o de otros poetas igualmente contemplativos, como el español Antonio Machado.

Hay ciertos escenarios que si bien están en la naturaleza son más oníricos, más fantasiosos. ¿No le es difícil a veces encontrar las palabras que puedan describir esos escenarios? Ahora que va a publicar El Minotauro, ¿trata del lenguaje en sí...?
Estamos hablando de que yo miro la naturaleza y a partir de ella escribo, pero todo poeta tiene miedo siempre, hay un temor a encontrar el molde para hacer poemas. Entonces "El Minotauro" es un reto que me he propuesto a mí mismo, que es "ya no voy a mirar a la naturaleza, voy a mirar a este ser que es el Minotauro encerrado en un laberinto, que no puede mirar más allá de las paredes que tiene al frente, a ver qué pasa", entonces tengo que remitirme solamente al lenguaje. "El Minotauro" es eso, es una poesía del propio lenguaje, ya no observa nada.

Pero es otra manera de contemplación
Se autocontempla y reflexiona sobre lo que es el lenguaje, la poesía, lo que es el hablar, comunicar. Ahora, la poesía siempre es más grande que el propio lenguaje. Cualquier poeta intuye eso, sabe eso, porque cuando uno quiere decir algo que está fuera o dentro de uno, pero que es muy fuerte o denso, sabes que no hay palabras.
Es como los chicos enamorados. Se enamoran tanto que no saben cómo expresar su amor, lo que indica que el amor es más grande que las palabras, el amor no se ajusta a las palabras. Igual la poesía, no se ajusta a las palabras, que son escasas finalmente frente a la amplitud de la poesía, que no necesariamente se puede capturar con palabras. Está ahí.

Usted ha vivido en el campo, pero ¿es posible un nivel de contemplación en un espacio como Lima? Usted dice que la poesía está afuera, ¿qué podemos encontrar aquí?
A mí me gusta Lima, no puedo vivir en otra ciudad. Viajo mucho y no veo las horas de regresar a Lima por muchas razones. Por la comida, por ejemplo, y por otras razones subjetivas que no se pueden expresar. Lima tiene una naturaleza que nosotros no percibimos. Por ejemplo tiene mar, y lamentablemente vivimos de espaldas al mar. En invierno las playas están vacías. Y a mí me encanta ir al mar en invierno. Voy a La Punta y paseo todo la parte de Cantolao.

Hay que saber mirar
Así es, es una pena que vivamos de espaldas al mar. Yo he estado en La Habana por ejemplo, y la gente ama su mar. Pero la ciudad de Lima estimula, hay algunos poemas que tengo inspirados en Lima, tampoco soy un poeta pastoril, bucólico (risas).

Escribiendo y leyendo
Usted ha señalado anteriormente que la poesía es el mejor espacio para la creación y la libertad. El hecho de buscar las palabras, de frenarse o refrenarse, ¿qué tan difícil resulta?
Es bonito que todo poeta, todo artista en general, se pone sus propias reglas. Como ya no tenemos una preceptiva, en el caso de la literatura, tan fuerte, es decir que no tengo que escribir sonetos, no tengo que escribir 14 versos, no tengo que buscar rimas ni métrica, ahora cada uno se pone sus propias reglas y eso es bonito.

¿Cuáles son sus reglas?
La propuesta que yo me hago a mí mismo es: di las cosas con las menos palabras posibles, que las palabras sean las justas, bien escogidas, pero que el tema sea fuerte... y me paso las noches en eso.

¿Utiliza la computadora para escribir?
Siempre escribo a mano pero después lo paso a la computadora cuando ya más o menos la primera versión está hecha, y en la computadora corrijo muchas veces. Pero es imposible porque cuando uno escribe un poema piensa, mira al vacío, mira alguna cosa o hace jueguitos en el papel, dibuja estrellitas, y eso en la computadora no se puede hacer.
Lo que quiero decir es que la poesía tiene un cierto elemento físico. Uno necesita sentir el lapicero -yo escribo con lápiz negro siempre, y de tinta líquida- y papel bond de 80 gramos...

Es un ritual
Así es, es un ritual... y tomando té. Necesito esa cosa física del lapicero y el papel. La computadora es muy fría. Además hay una cosa con la computadora, que te invita de alguna manera a no ser tan responsable con las palabras porque como puedes presionar delete, es fácil borrar, se cambia y entonces sigue la pantalla en limpio. En cambio con un papel no te gustan las tachaduras, entonces tienes que pensar mejor la frase y no escribirla de modo tan rápido como se puede hacer en la computadora.
Me doy cuenta de que cuando escribo en un papel medito, pienso más las frases, las palabras. Por eso pienso que la computadora te invita a no tener tanta responsabilidad con el idioma.

En el caso de la lectura, ¿cree que se da ese mismo sentido?
Sí, igual, yo no puedo leer en computadora, me gasto cartuchos de tinta porque imprimo todo.

Sin embargo internet ha acercado mucho la literatura a los lectores.
Pero todo se puede imprimir. Ahora yo entro mucho a las webs de literatura, de poesía. Son un recurso importante para democratizar, la literatura en este caso. Yo mismo quiero hacer en estos días mi página web.

Existen varias dedicadas a usted...
Sí, pero yo no las he hecho. (risas)

No son oficiales, digamos.
Saben, yo no entro a Google a ver mi nombre. Quiero hacer una mía muy discreta, hacer una selección de mis poemas, algunas notas críticas, pequeñas biografías y una fotito, porque el público quiere conocer la cara. El año pasado (2004) me invitaron a Villa El Salvador porque fue la semana cultural. En el auditorio había muchos alumnos que tenían impresos poemas míos, obviamente sacados de la web, y me di cuenta que de otro modo ellos no hubieran tenido acceso a esos poemas. Entonces me vine con la idea ya desde el año pasado de hacer mi web.

¿Y ya lo han pirateado?
No, poesía no se piratea (risas). Se vende pero no tanto.

Pero La piedra alada ¿cómo se ha vendido tanto en España?, ¿a qué se debe?
Yo estuve hace poco en Estados Unidos con mi editor Manuel Borraz, el de Pretextos, una editorial muy importante en España y le dije: "dime, ¿por qué mi libro se ha vendido tanto?" (ya se agotó la edición). Y me dijo: "la verdad, es que los lectores son muy extraños. Lo que sí te puedo decir es que lo han comprado básicamente los jóvenes".

Y en el Perú, ¿quiénes han sido sus lectores más frecuentes?
Los jóvenes también. No sé por qué los jóvenes me quieren un poco, son básicamente estudiantes universitarios. Algo les diré pues, que ellos esperan que diga.

Me llamó mucho la atención lo que dijo de La piedra alada, que cree que más que las personas que llevan un recuerdo de nosotros, sean los objetos los que tengan esa conexión.
Claro, yo empecé escribiendo el poemario La piedra alada a partir de un poema donde recordé que en Laredo, en medio del río, había una piedra que parecía una mujer agachada y se me ocurrió que podría haber sido mi madre, porque mi madre en ese mismo río cazaba camarones con mi padre, y nosotros nos íbamos a bañar; y para descansar subíamos a esa piedra.
Eso es lo que recordé, esa imagen, y a partir de ahí se me ocurrió el poema (como digo, los poemas están fuera). Entonces pensé que tal vez mi infancia la guarde esa piedra, ya que mi madre ya no, porque ella ya falleció, ya no recuerda. Entonces esa piedra que todavía sigue en el río me guarda, es la piedra memoria. La relación que tenemos con la naturaleza no creo que sea tan volátil.

Ello de alguna manera es darles cierto animismo a los objetos, a la naturaleza...
Yo soy animista. Hace 20 años padecí de una enfermedad muy dura, me salvé, pero en medio de esa enfermedad yo me hice medio animista, y como pensaba que posiblemente me podía morir, dije "quiero quedar". Quedar significa trascender. Ya que mi fe en Dios no era tan fuerte, comencé a pensar en quedar en las piedras, en las montañas, en los ríos, y me hice algo animista sin querer, casi por desesperación, casi por la necesidad de no aceptar la finitud, de no aceptar la muerte, que algo se quede de mí en este mundo todavía.

En El huso de la palabra hay una sección llamada "Krankenhaus", que en alemán quiere decir hospital. Usted menciona en una entrevista, recordando cómo se sentía en ese momento, que la poesía no consuela, ¿sigue sintiendo así?
No, he cambiado de opinión. Sí consuela y es terapéutica. En ese momento cuando estaba enfermo no recurría a mis propios poemas, menos a escribir porque no se puede escribir en medio de una depresión, pero sí por ejemplo leía a César Vallejo. Hay un poema que me lo sabía de memoria que tiene esa frase de "quiero vivir aunque sea de barriga", me parece un llamado, un clamor. Eso me consolaba. Si alguna vez dije que no consuela ahora me rectifico. Sí consuela, y en los momentos más extremos y angustiantes que he tenido en mi vida he tratado de escribir aunque no publicara esos poemas. Me servían como terapia.

Es como una necesidad, como una fuerza interna que necesita plasmarse.
Sí, yo tengo un amigo historiador muy importante acá que escribió poemas cuando su padre estaba agonizando; en ese momento extremo sintió la necesidad de escribir.
La inspiración de alguna manera es jugar a inventarse un momento extremo, no necesariamente dramático, puede ser hasta místico. Ese es un poco el momento bonito en el que uno entra y es posible escribir mejor el poema. Hay un impulso natural a escribir cuando se viven situaciones así, a expresar, a decir...

En una entrevista con Décimo Círculo, Giovanna Pollarollo nos decía que ella no dedica su tiempo totalmente a escribir, que es uno de sus oficios. En su caso, ¿qué tanto espacio ocupa la poesía?
Cada vez más. Antes hubiera dicho lo que dijo Giovanna, pero ahora cada vez la poesía ocupa un espacio mayor, tal vez sea porque yo mismo ahora soy ya un adulto mayor. Hay como una urgencia, de si viene la pelona no nos encuentre con cosas por hacer, con proyectos no realizados, y yo todavía tengo un montón de proyectos por hacer. El próximo año (2006) publico mi obra reunida en España y México.

Una vez le preguntaron si sentía alguna responsabilidad al escribir, y dijo que era la responsabilidad de escribir algo bello.
Sí, y sigo pensando igual. Escribir es algo tan íntimo, es una experiencia tan personal que otra persona no lo va a hacer. Entonces es algo que tú haces y que tratas de que sea bello. La función social de la poesía es poner un objeto bello allí. La poesía es finalmente un objeto, un objeto de palabras.

No hay moralejas en la poesía
No, la moraleja malogra la literatura. Lo que debe tener la poesía es una ética; el poeta transmite una ética ante la vida, una forma de ver la vida.

Ahora, usted ha tenido un largo período de no publicar.
Sí, años...

¿Y qué caracterizó a ese período? ¿Se estaba preparando para publicar como ahora?
Comencé a vivir una vida familiar muy intensa, trabajos, y la poesía como que se fue quedando. No fue una decepción frente a la poesía, seguí creyendo, seguí leyendo mucho, pero me dediqué más al trabajo y a la vida familiar. Después retomé la poesía. Me separé y la retomé (risas).

Un revivir
Ajá, y ahora escribo mucho y muy seguido, casi todos los días, pero no todos los poemas que uno escribe los publica. La gran mayoría se rompen.

Y otros se quedan ahí
Se quedan los que pueden reciclarse después. Puede quedar una frase, dos frases, en un poema más largo después. Ahí se quedan como ideas.

(Fuente: Página web Décimo Círculo, 2005. Entrevista de Harumi Nako y Beatriz Torres)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char