martes, 25 de enero de 2011

Agua y teoría

Otros poemas de ALBERTO MUÑOZ

(Buenos Aires, Argentina, 1951)

Mirar a un león cautivo

Estás ahí, como una enorme bolsa de dinero, entre la indulgencia y los regalos que Dios te ha dado para alegrar tu círculo pavoroso.
Preparan una foto con África de fondo: son niños japoneses de visita en nuestro país.
Ninguno de los niños tiene actitud de cazador. El fondo africano está pintado por ellos y desearían un rugido, pero tu cuerpo inmóvil descansa y sueña. Sus gestos exagerados son para provocarte el rugido ¡qué mejor entrega escolar que tu amenaza sobre el decorado de témperas! pero se resignan; nada habrá de mover tu ejemplo rubio y fáustico. Cae una piedra cerca de tu hocico. Los niños japoneses miran al agresor, es un hombre cualquiera, alguien que ha querido colaborar con la fotografía. Levantas tu cabeza monumental y nos mirás a todos. Tenemos miedo. Actuando como ese cualquiera, los que presenciamos la escena tomamos piedras del suelo y las arrojamos contra el espantoso decorado africano para que los niños japoneses se vuelvan a Japón y dejen de joder a nuestros leones.
***
Mirar una mosca

Meter una mosca en un frasco, taparlo. Esperar.
Acercar la lupa a la pared de vidrio, anotar todo aquello que presumiblemente pasa por su cabeza: pan, leche, espirales, azúcar, mierda.
Si el insecto palpa la pared vidriosa acercarle estampas que contengan espectáculos del mundo moderno; remover las estampas y anotar en caso de júbilo o decepción.
El envejecimiento de una mosca es apreciable en su sistema óptico, una película viscosa recubre el gran ojo facetado. La mosca del frasco es vieja.
Retirar la tapa del frasco para que el aire se renueve y observar su desvarío: quedarse y participar de los vidrios a los que esta acostumbrada por la complejidad de su sistema visual o huir al mundo que conoce y desconoce.
Opta por lo primero y me da tiempo a buscar una hoja y pinturitas. La dibujo apoyada sobre el vidrio, la trato sin demasiados detalles, un retrato naif. Vuelvo a la libreta y apunto lo nuevo que le pasa por la cabeza: el aluminio es frío, lo nuestro no llega a ser un reino, hoy dormiré sobre un alambre, quisiera morir adentro de este ojo.
Verde el cuerpecito, marrón la cabeza.
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Mirar a un pato a la aguada

Más allá del untuoso plumaje, de sus membranas interdigitales, de los humedales, el ánade real es más fácil de pintar. No pierde ni corrrige la estampa al caminar. Tiene, como todo nadador, el universo habitable en dos medios: agua y teoría.
Sobre una hoja canson blanca puede dibujarse con pincel fino. Aguada para el plumaje, como hacen los orientales. No requiere paisaje ni animal contiguo. Una luna a los lejos puede ayudar, en la medida en que se la pinte no mayor que su ojo.
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Mirar a una vaca

En la hoja, camino al alambrado, va tu cabeza pintada. A tu lado hay un toro y un árbol, eso es todo lo que hay dibujado en mi libreta. Si llueve, dibujo que llueve, y si deja de llover miro tus dominios. Estúpidamente las otras vacas no hacen nada si las borro.
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De El naturalista (Ediciones en Danza, 2010).
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char