domingo, 15 de mayo de 2011

Porque casi todo es otra cosa

MARÍA MORENO
sobre GONZALO ROJAS
(Fragmento)
(...)
Del surrealismo le queda a Gonzalo Rojas, para nombrar la mujer, el abuso de la metáfora floral con insistencia en la rosa –”el primero que comparó a la mujer con una rosa fue un genio, él último un imbécil”, decía Paul Éluard– ...o (agregamos) un surrealista. Tiene también el buñuelesco fetichismo del pie (“..., pies/castísimos con uñas pintadas/por el rey...”, “bonitos pies de lujo bajo los dos/zapatos áureos...”, “... y esos zapatos verdes, altos...” pero muy atemperado y, quizá más atento al pie en cuanto contacto terrestre que al zapato como objeto de voyeur.

*
Al igual que en Breton, La Mujer es una sola que las funde a todas “... porque estoy condenado siempre a una/a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. Y las palabras cubren, al igual que Don Juan, a la mujer Única en todas, pero una por una. Y, si para mostrar a la Unica, Gonzalo Rojas pone en posesivo a todas en una serie necesariamente incompleta, sugiere la llegada hasta la mismísima Eva por la pasión de nombrar “..., te dijera española/mía, francesa mía, inglesa, ragazza,/nórdica boreal, espuma/de la diáspora del Génesis... ¿Qué más/te dijera por dentro?//griega,/mi egipcia, romana/por el mármol?/¿fenicia,/cartaginesa, o loca, locamente andaluza/en el arco de morir/con todos los pétalos abiertos/tensa/la cítara de Dios, en la danza/del fornicio?” “te quedas honda pensando pensamientos por/los milenios que hablan fenicio, etrusco, maya en/ti, mi una única...”.
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La Mujer como archivo de lenguas muertas, La Mujer transcivilización, La Mujer poseída “por un coito profundamente marcado por milenarios” como dictaba Joyce Mansour, no es nunca una Venus opulenta –como una escultura de Niki de Saint Phalle– y cuando se canta a sus senos es más a su leche venidera y a su pezón masticable que a la gloria de su exceso: “Mi posesa flaca de anca,/mi esdrújula bellísima de 50 kilos”. Acostarla es poseerla pero sobre todo fundirla a la silueta de Chile.
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SEMILLA Y PIEDRA

Hay una única figura en la poesía de Gonzalo Rojas: el elogio redoblado del origen y la variación de este instante mítico. Por eso desnacer es su verbo favorito, el que habla de una condición necesaria para volver a escribir y a escribir sobre el parto que no se reduce nunca al de un ser humano. Sueño de ser feto y feto con la madre adentro de todas las cosas, de una panza destiladora de panzas hasta la eternidad, de la revolución por un fornicio que lejos de proyectarse al futuro consistirá en ir para atrás hasta que vuelva a hablarse etrusco en todas las playas del mundo y los continentes se unan para que otra vez la Antártida vuelva a entrar en Chile.
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Las metáforas que envuelven el sueño de la vuelta al seno materno son abrumadoras y tan explícitas que debe buscarse en ellas un fantasma masculino fundamental que pone límites a una originalidad que sólo atina a decir vientre, raíz, semilla.
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Gonzalo Rojas cree en el poder de las palabras en una eterna cita de hágase la luz. Quizá pueda ponerse en duda que su poesía sea erótica en cuanto es genital y deifica la reproducción en todas sus formas. Y el Eros que canta no escapa nunca a la cuenta fatal del fluido de sangre que señala el desperdicio del semen fecundante: “¡Borges,/Publio Ovidio!, nada: lo cierto es que no hay nada, salvo/cada 28, sangre/de parir y ese es el juego...” “y no lo besa con beso de hembra/que brama, hasta la otra/gran fecha ensangrentada y/tántrica”.
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El poeta siempre cuenta una historia de putas que se vuelve siniestra: cuando tiene veintidós años y cumple el culto ritual de la hombría en un prostíbulo de la calle San Pablo en donde tiene su preferida, sube las escaleras y descubre que están velándola.
“Pasábamos por ti como las olas/todos los que te amábamos. Dormíamos con tu cuerpo sagrado/Salíamos de ti paridos nuevamente/por el placer, al mundo...
“No he podido saciarme nunca en nadie/porque yo iba subiendo, devorado/por el deseo oscuro de tu cuerpo/cuando te hallé acostada boca arriba...”

El horror de estos versos magníficos de La miseria del hombre es por el semen múltiple arrastrado a la muerte, frío y estéril en la fatalidad biológica que irrumpe en la prostitución sagrada; el cadáver es por definición lo ininsuflable y condición mítica del hacer nacer una y otra vez por la palabra.
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En el año 2002 Gonzalo Rojas va con una amiga a Cafarnaum, donde Cristo hizo su primer milagro –otra vez la búsqueda de lo primero–. Dice que ésa es una dama con la que puede pasearse por las lenguas, del inglés al francés y del francés al italiano, amistad gustosa ya que tal vez pueda llamarla “francesa mía, inglesa, ragazza”.
Y la dama tiene ganas de hacer pis. Y como dos que se aman siempre hablan una lengua que no se entiende, el poeta le dice en medio de los otros turistas “vaya, hija, y mee encima de esas piedras que allí todas las piedras son sagradas”.
“–¿Entonces hay que mear en lo sagrado? –le pregunta Mariano Peyrou de La dama duende y él contesta:
–Hay que mear en la verdad. Es terrible.

La piedra que sólo puede reproducirse por desmoronamiento pero autosuficiente en su duración, sin necesidad de semilla, fuego o neuma, es el límite del poeta sembrador que aún amenaza con espurrear su semen sobre las muchachas. Hacer de la piedra sagrada un toilette de damas es como resucitar a los muertos o soñar como Gonzalo Rojas: “...Ay, cuerpo, quién/fuera eternamente cuerpo”.

Si puede decirse que al leer la Biblia en tiempo presente Dios parece una cuestión de audio, el estéreo poético ha ido desencarnando en la poesía de Gonzalo Rojas de Dios a Moisés y de Moisés a uno del rebaño, de la personificación a la persona del que puede reírse como un fauno. Su voz, al hacer poses ante el micrófono hasta hipnotizar a la audiencia, distrae de su cuerpo, al fijar la atención en sus labios movedizos, lo corre de los avatares de la vejez. Es como si en esa boca todavía colorida el tiempo hubiera dejado una síntesis de su carne bajo la forma de esa señal parlante de una lascivia con tropos.

También la boca de Sartre lo sobrevivía en su cuerpo de feo jugoso, la de Diego Rivera en su tajo de sapo encallado antes del príncipe.
Porque el cuento que habla de la metamorfosis del sapo en príncipe miente. Su pretendida moraleja de adecuación, al volver humano lo animal y hacerlo entrar en la heráldica, la heterosexualidad y lo obvio, mata la carne. Porque el príncipe es un puritano vaciado del erotismo que quedó en el sapo, en su gran boca de la que él sabe hacer salir, como un mago, una lengua que enrolla. Si el sapo es verde como los chistes, en el príncipe que viene de ser sapo lo que queda verde es la carne.
Gonzalo Rojas es nuestro sapo sagrado. Entre la máquina coital de Masters y Johnson, la erección química y la orgía en Red: un antídoto de charca que canta. Se dice que Gonzalo Rojas es machista, ¿cómo sería una poesía no machista? ¿Una que cantara a una Nadja militante de los derechos humanos, a una lacaniana de mathema y escisión en Caracas, a una bioquímica que ha descubierto el mecanismo para la creación de un potente insecticida eco-compatible? Usando la edad como quería Ovidio –”debe usarse la edad pues la edad es propensa”– Gonzalo Rojas ha llegado a la mujer moderna y ha escrito el más bello poema de amor de sapo en retirada (que no en merma): “La desabrida”. Allí caen las metáforas germinantes, la rosa imbécil, Moisés se ha sentado. Queda la pamplina de la mujer como sorda a los enigmas pero que los oye los oye, la ser, la ser y la más ser. Tiempo, Nieve y Luna que sube al Acrópolis pero no ve a Píndaro. Gonzalo Rojas pronuncia “fármaca”, “electrónico”, dice (¡horror!) “No le transe a la depre”. Los atributos ya no son las ubres, el rouge y los zapatos sino el volante y la tele, el tabaco y el enfisema, los hijos como “infantofijaciones”. Al final, y como para limpiarse los labios, una reverencia a Breton: “La belleza será convulsa o no será”. La Unica, esta vez puesta bajo el nombre de Oriana, es la mujer venidera, nacida de la lava retórica para dar una vuelta completa y dejar de ser llamada y llamar (“la/que ese martes de mi muerte llamará...”, porque el jueves está ocupado por Vallejo).
*
¿No es mejor vivir en Oriana que en un paper? ¿Dejar la Cartera de Defensa por el adjetivo cartaginesa? ¿Ser la cuentamundo y no la sacacuentas? Luego de que Oriana llame, vayamos todas –venecianas finísimas, yeguas del faraón, cortesanas rifadas en Tiro (son algunas de las metáforas de Rojas para las mujeres)– hasta la alegre lápida de quien tanta carne supo ser (o decir ser, es lo mismo), nuestros puchos prendidos en los labios, el revoltijo del bolso colgando de los hombros, con sus valium bipartitos, sus fotos de infanto-fijaciones, el vibrador a pila y el móvil por el que Oriana nos indica el camino. Y copiemos el gesto aquel de Gonzalo Rojas ante la tumba de Ezra Pound para decir ¡Arrivederci Migliori Fabro (sabo sacro)!: nos vemos.

Fragmento de un ensayo publicado poco antes de la muerte del poeta en Teoría de la Noche, editada por la Universidad Diego Portales.
Fuente: Página /12, 13/05/011
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La desabrida

por Gonzalo Rojas

a veces me gustaban
pavorosamente las feas

I
1. Ahora ahí los ojos, los dos ojos de Oriana
esquiza y órfica, la nariz
de hembra hembra, la boca:
osoris en la lengua madre de cuya vulva genitiva vino el
nombre
de Oriana, las orejas
sigilosas que oyeron y callaron los enigmas, el ángulo
facial, el pelo
bellamente tomado hacia atrás, sin olvidar sus manos
fuertes y arteriales de remera de lujo en la carretera y esa
gracia
cartaginesa, finamente veneciana, cortando pericoloso el oleaje
contra el infortunio torrencial, ahora
y en la hora de mi muerte Oriana.
2. ahí, traslúcida, con además
sus cuarenta y nueve que me son
flexiblemente diecinueve por lo fenomenal
del espinazo y qué me importan las estrellas
si no hay más estrella que Oriana, ahora ahí
con su decoro y esa sua eleganza, por decirlo en italiano,
adentro
de la turbulencia del mosquerío que será siempre la
ordinariez, llámese
casamiento o cuento de burdel, con chancro y todo, y rencor,
y pestilencia seca del rencor,
3. (¡cólera, a callar!), y otra cosa menos abyecta: ni soy
Heathcliff feo como soy ni ella Catherine
Earnshaw pero el espejo
es el espejo y Cumbres Borrascosas sigue siendo el
único
éxtasis: o vivir
muerto de amor o marcharse del planeta. De ahí
que todo sea Oriana: el tiempo
que apenas dura tres segundos sea Oriana. La luna
sobre la nieve sea Oriana, Dios
mismo que me oye sea Oriana,
4. solo que hoy no está. A veces
está pero no está, no ha venido, no ha
llamado por el teléfono, no anda
por aquí, estará fumando qué sé yo uno de esos 50
cigarrillos en los que le gusta arder, total
le gusta arder y que más da, se nace para pudrirse, o
para preferiblemente quemarse, ella se quema
y la amo en su humo de Concepción a Chillán de
Chile, ¡los pavorosos cien kilómetros
cuchilleramente cortantes!, me
atengo entonces a su figura que no hay, y es un
viernes
por ejemplo de algún agosto
que no hay y la constelación de los violines
de Brahms puede más que la lluvia, y el caso
es que el mismísimo Pound la hubiera adorado, por
loca la hubiera idolatrado a esta Oriana
de Orion en un sollozo
seco de hombre la hubiera cuando no hay
Rapallo, la
hubiera cuando no hay, y
sigue la lluvia, y las
espinas, y
además está sucio este compact, no suena,
porque el zumbido mismo no suena, o
suena al revés, o
porque casi todo es otra cosa y
el pordiosero soy yo, y qué voy a hacer
con tanto libro, con
tanta casa hueca sin ella y esta música
que no suena.
Llamará,
el día de mi muerte llamará.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char