jueves, 7 de octubre de 2010

Un niño, luego un hombre, ahora una pluma

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MARY JO BANG

(Waynesville, Missouri, EE.UU. 1946)


FUISTE ERES ELEGÍA

Frágil como un niño es frágil.
Destinado a no durar siempre.
Destinado a convertirse en otro
para la madre. Aquí estoy
sentada en una silla, pensando
en ti. Pensando
en cómo era
hablar contigo.
Cómo a veces era maravilloso
y otras veces horrible.
Cómo las drogas cuando había drogas
deshacían lo bueno casi por completo
pero no por completo
porque lo bueno siempre podía ser visto
brillar como brilla el lamé
en el escaparate de una tienda
llamada Las Cosas
Hermosas Nunca Duran Siempre.
Te amé. Te amo. Eras.
Y eres. La vida es experiencia.
Así de simple es todo. La experiencia es
la silla en que nos sentamos.
Sentarse. Pensar
en ti donde eres un vacío
que llenar
por la añoranza. Te amaba.
Te amo como amo
todas las cosas hermosas.
La auténtica belleza rara vez es auténtica.
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso. Y
por tu inefable sentido
de la continuidad. Eras. Eres
la cosa más brillante en el escaparate de la tienda,
lo más singular y hermoso que he visto en mi vida.
***
QUÉ HERMOSO

Una lente personal: cristal combando los rayos
que le dieron a una las noticias de aquel día,
repitiendo todos y cada uno de los días,
sólo recuerdas que habitas
un planeta que evoluciona.
Qué hermoso, pensó ella, lo que hace distancia
por agua, la vista desde arriba o lejos.
En el sueño de anoche, volvían de nuevo
al comienzo. Ella era una niña
y él era un niño.
Un avión la apeó y la dejó allí.
Frío blanqueando el blanco cielo más blanco.
Entonces un bisturí la seccionó abriéndola para que el mundo entero
fuera mar.
***
NUNCA MÁS

Adiós a siempre ahora.
Hola al presente vacío y.
Adiós a las orquídeas tejidas
con algo semejante a semillas de malas hierbas.

Hola al día
que vemos fuera a través de
la mancha del enebro
quemado para recordar el momento.

Se acabó el momento de las curas.
Cae una hoja de papel como plomo
de la mesa de árbol del que procede.
Los ojos tienen sus trucos.

El borde del edredón cogido de la mano
se mueve y mueve y mueve.
La mente da vueltas así. Tú
un niño, luego un hombre, ahora una pluma
que atraviesa un fuego fiero
llamado tiempo. El cono de una planta
de un lugar que desconozco
en las llamas altas.

La mente sigue dando vueltas
con la botella taponada, las píldoras
por el suelo, el plato roto
por el suelo, el rostro dormido

en el canastillo de tu primer mes,
el mordisco del perro, la dificultad,
la escalera de un edificio de tres pisos
a los seis años, la inundación

que arrastra todo este te aleja
convirtiendo pensamiento y objeto
en lo que eres. Mi mente taponada.
Una voz, canalizada por una máquina,
a lo largo de un cuerpo sin vida. A lo largo
de un lacerante lapso de tiempo.
***
De Elegía. Traducción y prólogo de Jaime Priede. Bartleby Editores, 2010.
Mary Jo Bang compuso Elegy entre junio de 2004 y junio de 2005, tras la muerte de su hijo por sobredosis.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Aún la reparación en estos versos, duele.
Gracias.
Susana.

Irene Gruss dijo...

No creo que reparen; pero encontré a una buena poeta, más allá de su dolor y del nuestro. Gracias, Irene

Ro dijo...

Es tremendo, desde todo punto de vista.
Gracias.

paula dijo...

no sé hasta qué punto la escritura puede reparar el dolor de lo que se pierde (y no hablo de cualquier pérdida, hablo de esas que son decididamente irreparables), pero a veces, algo de ese dolor puede trasformarse en otra cosa una vez que se deja tocar por la palabra. es un proceso muy arduo, incómodo, pero para algunos, necesario e inevitable...

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char