martes, 7 de julio de 2009

Los pies de los que bailan


POESÍA ANÓNIMA AFRICANA


"Llora mi corazón", perteneciente a los Kabilia, grupo étnico del este argelino y de lengua beréber:

Llora mi corazón, lo abruman males múltiples
Tijeras lo cortan:
Fiebres, dolores, mal en el costado.
Llora mi corazón, está extraviado
Por la muchacha esbelta como una palmera,
Cuyos cabellos caen sobre su espalda.
Pero tendré pronto mi revancha
y la sorprenderé.
Entonces, cara a cara, nos reconoceremos.
**
"Amante ausente", de los Bantú, conjunto de pueblos del África central:

Las lejanas montañas te ocultan de mí,
Mientras se me enciman las cercanas.
Si yo tuviera un pesado martillo
Para aplastar las montañas cercanas.
Si yo tuviera alas como un pájaro
Para volar sobre aquellas más lejanas.
**
Poema Zulú, pueblo del África del sur:

El cuerpo muere, el alma sigue joven
El alimento servido desgasta la vasija
Ningún leño conserva su corteza cuando envejece
Ningún amante está tranquilo
Mientras llora su rival.
**
"Mozón y el rey de Kore" narra la epopeya de Segú, perteneciente a los Bambara de Malí:

¿Cuántas mujeres enamoradas han desafiado
las tinieblas de la noche, y marchando contra sus deberes,
arrastrando su honor por el barro,
han ido a buscar al hombre de su alma,
el que ellas hubieran querido desposar?
No soy sino una más.
Vengo sin vergüenza a golpear en la puerta de tu corazón.
Ábrela para que yo entre, o hazme apuñalar
Para al menos morir entre tus brazos.
**
“Calzones de viento”; canción en amárico, el idioma más importante de Etiopía. La cantan las mujeres mientras trabajan. En ella se menciona a Gondar, capital de los reyes etíopes y la provincia de Etiopía llamada Shoa:

Calzones de viento y botones de granizo
Ni un terrón de la tierra de Shoa, en Godar nada quedó
Una hiena atada con una correa, llevando un pedazo de carne
en su boca
Un poco de agua en un vaso dejado junto al fuego.
Una porción de agua arrojada al hogar.
Un caballo de niebla y un paso crecido
Inútil para todo, útil para nadie.
¿Por qué estoy enamorada de un hombre como él?
**
Poema Kuba, pueblo del Congo Central, conocido también con el nombre de bakuba:

No hay aguja sin punta penetrante
No hay navaja sin hoja afilada
La muerte llega a nosotros de muchas formas.
Con nuestros pies andamos por la tierra del chivo
Con nuestras manos tocamos el cielo de Dios
Algún día futuro, en el calor del mediodía,
seré llevado en hombros
a través del pueblo de los muertos
Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque,
les temo a sus espinas.
Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque,
le temo al agua que gotea.
Entiérrenme bajo los grandes árboles umbrosos del mercado
Quiero escuchar los tambores tocando
Quiero sentir los pies de los que bailan.
**
Proverbios:

El hombre se hace hombre por los otros (Tsonga).

El hombre paciente sigue cociendo una piedra hasta que bebe su caldo (Peul).

Los hombres mezquinos son tan comunes como los árboles en el bosque (Yoruba).

Cuando no hay ancianos, el pueblo se echa a perder (Yoruba).

El agua del río corre sin oír al hombre que tiene sed (Kikuyu).

La mujer es un agua fresca que mata, un agua poco profunda que ahoga (Peul).

El que quiere miel tiene el coraje de afrontar las abejas (Wolof).


Extraído de enfocarte.com

2 comentarios:

amor y libertad dijo...

fuerza de vida, de vida más real que la nuestra

Irene Gruss dijo...

No sé si es más real; posiblemente, seguramente es otra vida. Gracias por pasar, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char