domingo, 24 de enero de 2010

Pensaba en una orquesta de cuerdas


IGOR STRAVINSKI
(Rusia, 1882–EE.UU., 1971)


"... la gente quiere buscar siempre en la música cosas que nada tienen que ver con ella, lo importante para ellos es saber qué expresa y lo que el autor tenía en su mente cuando la componía. No llegan a comprender que la música sea un fin en sí, independientemente de lo que pueda sugerir. De otro modo, la música no les interesa más que en tanto aborda categorías de cosas que están fuera de ella, pero que les evocan sensaciones familiares. La mayor parte de la gente ama la música porque cuentan con encontrar en ella emociones tales como la alegría, el dolor, la tristeza, una evocación de la naturaleza, un tema de ensueño o también el olvido de una vida prosaica. Buscan en ella una droga, un doping. Poco importa que esta manera de comprenderla esté expresada directamente o a través de un velo de sensaciones artificiales. Poco valdría la música si estuviese destinada a eso."
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Cuando le preguntaron si pensaba en Grecia al escribir Apolo y las musas, Stravinski respondió con sequedad: "No. Pensaba en una orquesta de cuerdas".
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Stravinski se refirió en Crónicas de mi vida a la conexión que hubo entre el Dúo Concertante y la lectura del libro de su amigo Charles-Albert Cingria sobre Petrarca. Atendía allí el escritor a la necesidad de reglas cuanto más estrictas mejor, para el lirismo. Una cosa es la facultad para ser lírico, que existe siempre, y otra la capacidad de expresarlo, la cual depende de una cierta artesanía y composición que ha de ser aprendida y practicada.
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Viena ha dejado en mí un amargo recuerdo. Me sorprendió enormemente la hostilidad con que la orquesta acogió los ensayos de la música de Petroushka. Nunca me ocurrió nada semejante en ningún otro país. Reconozco que en aquella época algunos fragmentos de mi música no eran fáciles de aprender de entrada por parte de una orquesta tan conservadora como la de Viena. Pero nunca imaginé que su odio alcanzara los límites de sabotear manifiestamente los ensayos y de proferir a voz en grito injurias tan groseras como: Schmutzige Musik! (¡Música de mierda!). Por lo demás, esta hostilidad fue compartida por toda la administración, aunque estaba especialmente dirigida hacia el gerente de la Hofoper, un prusiano, pues fue él quien invitó a Diaguilev y a su compañía. Eso hizo estallar la rabia y los celos del Ballet Imperial vienés. Además, los rusos, en esa época, no contaban con el apoyo de Austria porque la situación política era ya muy tensa. No obstante, la representación de Petroushka concluyó sin grandes protestas e incluso con un cierto éxito, a pesar de los gustos y costumbres caducas de los vieneses. Para mi sorpresa, un operario del teatro, cuya función era la de bajar y subir el telón, me dejó un recuerdo reconfortante. Yo me encontraba casualmente a su lado. Afligido por la decepción de la orquesta, este gentil hombre, con patillas al estilo Francisco José, posó su mano en mi hombro y me dijo: No esté tan triste. Hace cincuenta años que estoy aquí. No es la primera vez que esto ocurre. Con Tristán... pasó lo mismo.
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El poeta y amigo Paul Valéry, que lo ayudó a perfilar el texto definitivo, decía de él que “era tan inteligente que carecía de vanidad”.
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“Estimo que se me ha considerado erróneamente como un revolucionario. (…) la novedad de La Consagración... no residía en la escritura, en la instrumentación, en el aparato técnico de la obra, sino en la entidad musical.”
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Aunque Stravinski elude, en ocasiones, la pura anécdota y se ampara en su mala memoria o en lo harto conocido de algunos acontecimientos para obviar episodios de su vida perso­nal y su carrera -tal es el caso del estreno de La consagración de la primavera en París en 1913-, sin embargo, no faltan valiosas con sideraciones artísticas de todo tipo. Dos son las víctimas del rigor del compositor: Nijinski y Wagner. Tras asistir, en 1912 a la representación de Parsifal en Bayreuth, Stravinski reniega de «la estúpida y sacrílega concepción del arte como religión».
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Igor Stravinski: Crónicas de mi vida (1935); Poétique musicale sous forme de six leçons (1942).

2 comentarios:

huggh dijo...

ja!... pero no desafinaba un poquito?... humor aparte gracias por este post... saludos Irene!

Irene Gruss dijo...

¡Peor, tocaba sin el instrumento!, gracias, don, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char