miércoles, 16 de febrero de 2011

Así relegué a Dios fuera del mundo

Tomada de elmundo.es
SIMONE DE BEAUVOIR
(París,  Francia, 1908-1986)

Pyrrhus et Cinéas
(Fragmento)


Porque el hombre es trascendencia, jamás podrá imaginar un paraíso. El paraíso es el reposo, la trascendencia negada, un estado de cosas ya dado, sin posible superación. Pero en ese caso ¿qué haremos? Para que el aire sea respirable tendrá que dejar paso a las acciones, a los deseos, que a su vez tenemos que superar: tendrá que dejar de ser paraíso. La belleza de la tierra prometida es que ella prometía nuevas promesas. Los paraísos inmóviles no pueden prometer más que un eterno aburrimiento.
 (...)

Si Dios es la infinitud y la plenitud del ser, no hay distancia entre su proyecto y su ser realidad, su voluntad es el fundamento inmóvil de su ser. Lo que quiere se hace, quiere cuanto es... Tal Dios no es una persona singular, es el universal, el todo inmutable y eterno. Y lo universal es silencioso... La perfección de su ser no deja ningún lugar al hombre porque el hombre no podría trascenderse en Dios si Dios ya está todo entero dado. En tal caso el hombre no es más que un accidente indiferente a la realidad del ser; está en la tierra como un explorador perdido en el desierto; puede ir a la derecha o a la izquierda, puede ir a donde quiera; jamás irá a ningún lugar y la arena cubrirá sus huellas.
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Memorias de una joven formal
[Fragmentos]


Me habitué a considerar que mi vida intelectual –encarnada por mi padre- y mi vida espiritual -dirigida por mi madre- eran dos dominios radicalmente heterogéneos, entre los cuales no podía producirse ninguna interferencia. La santidad era de otro orden que la inteligencia; y las cosas humanas no tenían nada que ver con la religión. Así relegué a Dios fuera del mundo.

(...)

La tontería: antaño se la reprochábamos mi hermana y yo a los chicos que nos aburrían; ahora acusábamos a muchas personas mayores, en particular a las señoritas. Los sermones untuosos, las repeticiones solemnes, las grandes palabras, las afectaciones, eso era la tontería; era tonto conceder importancia a nimiedades, empecinarse en usos y costumbres, preferir los lugares comunes, los prejuicios a las evidencias. El colmo de la tontería era creer que nos tragábamos las virtuosas mentiras que nos endilgaban. La tontería nos hacía reír, era uno de los grandes temas de diversión; pero también tenía algo aterrador. Si ella ganara habríamos perdido el derecho a pensar, a burlarnos, a experimentar verdaderos deseos, verdaderos placeres. Había que combatirla o renunciar a vivir.
***
De Una muerte muy dulce
(Fragmentos)

Ver el sexo de mi madre me había producido un shock. Ningún cuerpo existía menos para mí, ni existía más. De niña lo había querido; de adolescente, me había inspirado inquieta repulsión; es clásico y me parecía normal que hubiera conservado ese doble carácter repugnante y sagrado: un tabú (…) Sólo que ese cuerpo, reducido de pronto por esa renuncia a no ser sino un cuerpo, en nada se diferenciaba de un despojo: pobre esqueleto sin defensa, palpado, manipulado por manos profesionales, en el que la vida parecía prolongarse sólo por una estúpida inercia. Para mí, mi madre había existido siempre y nunca había pensado seriamente que algún día la vería desaparecer. Su fin se situaba, como su nacimiento, en un tiempo mítico.

(...)

No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char