sábado, 3 de septiembre de 2011

¿Qué epifanía podría procurarles?

Algo más de TILSA OTTA

(Lima, Perú, 1982)

Como todo da vueltas
puedo hablar siempre de mí
y sabes que estaré hablando de ti
Siempre
todos somos el centro del mundo
Créeme
donde comienzas tú
termino yo.
***
Millones de ladrillos (Compañía Constructora)

Pronunciando una palabra que comienza y termina con T, con el cabello ardiente de rocío y verdadero, los oídos petrificándose con una canción lenta que provenía de mí. Pensaba que la vida comenzaba y terminaba con “t”, que lo único que la hacía reír eran los carnavales donde se suscitaban añoranzas extrañas y dios medía con una regla el paraíso y lo empapelaba con nuestros rostros que no se despegaban jamás.

Había un barco que no podía soportar porque sus turbinas pronunciaban palabras que no comenzaban nunca, y humeantes clamaban: por la rendija de tu ventana me echaré sobre tu cama, regándome como flores. Y brillando por siempre. Con una rosa blanca tatuada en el invierno encogiéndose y gimiendo de placer por considerar que una verdad fue descubierta desde que pronunció te amo con bondad, regándose en la sociedad dócilmente, gritando cosas malas; que califico como malas porque alguna vez alguien mencionó que hay ciertas palabras con las que no hay que sujetarse el cabello.

Yo no era una niña desde el momento en que tú eras un superhéroe. Gestioné todo mi Amor desde que rompiste las reglas con las que dios medía mi habitación y me arrastraste por el suelo dándome a conocer una mejor calidad de vida, vistosa a todas luces, clavada en mi inocencia ilusa que salivaba con demencia. Sólo atinaba a presenciar episodios que nunca comenzaban, suspirando el fin del mundo que abría grietas profundas entre las comunidades indias que eran mis ambiciones, alimentadas de heno, subidas de peso, medidas por dios como una pirámide por construir.

Un paisaje sin retorno, para hacer el Amor como estrellas porno iluminadas de sensaciones que sólo pueden significar Fantasía. Estimulando tu estrella que nunca se apaga. Los niños que han visto ese astro lo aprecian como a un lobo feroz y saben desde la caída que el cielo es el cuerpo agotado de todos los amantes.

Mi aspiración máxima, aunque a nadie interese, era cortar mis cadenas con el alicate de tu boca angulosa y despedirme ya de aquellas reglas de los padres con las que dios golpeaba las manos de los obreros hasta partirlas en millones de ladrillos.

Edifiqué todo mi Amor con palabras que no comenzaban nunca, como “Amor”.

¿Recuerdas cuando empeñaste tu primer beso en una casa de antigüedades y cuando volviste a recogerlo años después era un autoservicio? Esto es como eso. El bus me ha dejado un poco tonta y mientras espero, las vacas mueven la cola tejiendo moscas que morirán tan pronto. Sí, es Amor lo que siento. Lo dudé largamente, las reglas de dios no alcanzarían para medir el tiempo. Hasta que le pregunté al cartero y me dijo que era Amor y que me calle, que era peor que un perro. Y cuando corrí tras él era la felicidad en persona. Lo siento. Déjame ya, sabes que no puedo terminar con esto, es algo que me hace sentir profundamente rosa blanca en el smoking negro de la ciudad y en mis sueños hay templos sin fieles que cantan canciones que no comienzan jamás.
***
S/T

Y seguían la vida y la muerte
recreando la clásica rutina good cop / bad cop.
Aunque atada y exhausta
permanecía altiva,
rebelándome a toda ley
conocida o por desconocer.
Sangre oscura,
que policía bueno retiraba de mi rostro
con su atento pañuelo,
era la única confesión que policía malo
conseguía extraer de mi boca.
¿Qué epifanía podría procurarles?
¿Qué manifestación urge a la suma de todas las partes?
¿Dónde demonios estaba yo?
Desprolija estancia donde la vida y la muerte se dan encuentro,
cuántos días contados en las paredes desvencijadas,
polvo eterno atesorado en cada esquina.
¿Qué centro de detención era aquel?
Good cop y bad cop perseveraban
orbitando incansablemente alrededor de mi silla.
La luz oscilaba en pesadilla.
La vida demandaba la verdad
y me concedía unos sorbos de agua.
La muerte vociferaba en lengua muerta
y escupía sobre mí,
la misma agua debía ser.
Pero ya ignoraba yo todo esto,
en cuanto fijé la mirada
en ese vidrio ilusorio,
serena e impávida,
en el falso espejo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char