lunes, 17 de mayo de 2010

Ruidos de agua


JUAN JOSÉ SAER
(Serodino, Santa Fe, Argentina, 1937-Francia, 2005)

SEÑALES DEL RIO LOT

El azar se transforma
en mundo, y
el mundo
en belleza.
Región
antigua
que acompañabas,
gentil, el tren
en un anochecer
de fin de invierno,
reunida, al fin,
en imagen
por el curso
de tu río. Río,
o signo más bien,
por el que,
como por un lugar,
con delicia,
se atraviesa.
***
RUIDOS DE AGUA

Nadie está, aunque parezca estar, en el mundo.
Como cuando en el agua lisa y resplandeciente
cae una piedra que llena el aire con su eco,
igual el todo, permanencia inmóvil,
se abre y se cierra con cada nudo, fugaz, de acaecer.
Ruidos de agua. Y silencio, después,
en un lugar arcaico y sin orillas.
***
HAIKU

Plantas inmóviles
antes de la tormenta.
Una sola hoja tiembla.
***
MADRIGAL

Pastores,
la estrella
no lleva a nada,
su trayectoria
es azar,
aparición fugitiva
en la manada
de siglos fugitivos,
la cruz,
más tarde,
coincidencia;
pastores
el sol relámpago,
el tiempo entero
suspiro, pastores
lo visible
explosión,
espejismo
el firmamento;
pastores
la propia mano
improbable,
el pensamiento
brisa o fiebre
en el anochecer,
la adoración
error o cálculo
en un establo
vacío.
***
EL CULTO DEL CARGO

Desháganse
de adornos y vestimenta;
desierten
factorías y jardines.
Que un árbol junte la tierra
el cielo; que se entremezclen
sexo y jerarquías:
después de la catástrofe
viene la vuelta de nuestros muertos,
después de la oscuridad, la luz
flamante. Salgamos desde el cero
otra vez, renovados, al infinito.
ime la herrumbre
de este mundo gastado, se quiebran
las estrellas en ruinas,
el aire sucio raspa
pupilas secas
bajo párpados blancos. O el paraíso
o nada: desdeñen
la limosna, el imperio
del siglo, reintroduzcan
el gusto por la abundancia.
Preparen
la desnudez exigente.
Respondan
a la mistificación con silencio.
Acepten
el paso oscuro por el caos.
Abandónense a la inacción.
**
Estos poemas pertenecen a La guitarra en el ropero (1981-1987), última parte de El arte de narrar, Seix Barral, 2000.

Fuente: Clarín, 5 de noviembre de 2000
***

Con el tiempo, si es que estoy viva, tomaré el color de la esterilla del sillón, me iré volviendo amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo.
El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad.

De Sombras sobre vidrio esmerilado

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char