miércoles, 29 de diciembre de 2010

Romance anónimo

Romance de Abenámar y el rey don Juan



El 1º de julio de 1431, las tropas de Juan II de Castilla vencen a las del reino de Gharnata [Granada], muy cerca de la capital.
Juan II, sorprendido por la imagen de la ciudad, conversa tras la batalla con Yusuf Abenalmao, uno de los pretendientes al trono nazarí, con quien los castellanos pretenden introducir más división en el reino.


«Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había.
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida;
moro que en tal signo nace,
no debe decir mentira.»

Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:

«No te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva.

Siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía.

Por tanto pregunta, rey,
que la verdad te diría.
«Yo te agradezco, Abenámar,
aquesta tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucen!
«El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita;
los otros los Alijares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.»
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:

«Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
daréte en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.»
«Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.»
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Tomado de http://www.arrakis.es/
Imagen: Puerta de León
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char