jueves, 20 de enero de 2011

La esperanza y la miseria

Más poemas de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Buenos Aires, Argentina, 1905-1974)


EL VISITANTE
"El poeta es un espía de dios."
William Shakespeare

Cuando el invierno vele los fantasmas azules
de la niebla en el barrio
y ya sean memoria la mudanza, el entierro del gorrión,
el domingo,
y los libros se callen en las estanterías
para que vuelva sin temor el grillo
del hogar, fugitivo de un distante verano,
preguntará al olvido
dónde se oculta el espía del tiempo,
en qué relojería, en qué almanaque,
en qué caja de música
abandonada por un niño
y junto a cuál de las sutiles ventanas del crepúsculo
donde sólo hacia adentro puede asomarse uno
la saudade construye sus delicados puentes,
y desde qué clavel del aire
o qué alga marina, o qué arpa de Harpo Marx
apareciendo en un desván, de súbito,
el porvenir –que es poeta– nos mira.
***
EL ENTIERRO DE LA GAVIOTA

¡SALUD las viejas barcas! Deja el crimen que el ciego
relata junto al órgano con arañas dormidas.
Ya está podrida, muerta, la pobre estrangulada.
Eh, tú, dile al patrón que venga con nosotros.

¿Dónde enterrarla, en qué fina tumba del aire?
Ella, que amó partidas y retornos y tuvo
esa delicadeza de morir en la proa
donde los mascarones cayeron para siempre.

Allí donde están ellos descansando, entumidos,
verdes, hinchados, rígidos, de pie, como los ángeles.
En el fondo del mar donde está la botella
con el mensaje último, de misteriosa cifra.
***
Blues de la bohardilla

Estoy solo en mi cuarto y por eso viene la fiebre verde a devorarme.
Cómo te diré mi más bello poema, oh, pequeña amiga,
qué hará mi corazón tan solo.
Los tejados deslizan hasta el suelo musgo y cantos de pájaros.
Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
Las lavanderas inclinadas en las bateas y los chiquillos mocosos que crecerán sin cultura.
Los obreros que vuelven de los talleres sólo recuerdan ruidos.
El rumor de la ciudad achicado, perdido en el rumor de las alcantarillas.
El muro del asilo fresco y sonoro, y dos árboles, y dos ventanas y dos luces y dos vientos y dos pesos. Solamente dos pesos.
Y el reloj que no quiere detenerse para aguardarte y sigue palpitando el tiempo.
Y los libros ya manoseados llenos del drama que superamos.
Y los retratos, otras tantas muertes colgadas.
Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
Y el penúltimo cigarrillo que arrojamos sin sentir por el ojo de buey de la soledad.
Y el trepidar del tren asombrando la entraña de la tierra.
Un grupo de croatas ha invadido la zona del Bertchold en busca de oro.
Los hombres dentro del túnel buscan el oro que nace sucio y socavan la sociedad cuya base no podrá ser el sucio dinero.
Los cadáveres marchan con una linterna en la frente.
Así murió el padre de Catalina.
Un hilo de sangre le salía de la boca al asesino.
Nada se sabe del submarino hundido.
Señores profesores: la economía política es también poesía.
Piensa que en el fondo de los mares andaba y apenas salía a flote para ver con su único ojo terrible los navíos a la distancia.
Piensa que fue afilado y sereno y tuvo gracia de perfectos tornillos.
74 hombres están agonizando dentro del submarino.
A la hora de cerrar esta edición.
A semejante profundidad no llegarán los buzos, el cable de oxígeno, el discurso del Almirante, los sollozos de los parientes, los nombres de las tabernas, las mujerzuelas de los muelles, el hinchado vientre del puerto, nuestro viejo amigo.
Paciencia.
Ayer enterraron al tercer pistolero muerto.
Es tiempo de ocuparse del hombre.
De Dios nos ocuparemos más tarde.
Y cada uno puede cultivarlo a su hora.
¡Viva Nicolás Lenin!
A los 15 años me decidí por la aventura y soy en potencia el más grande de los aventureros.
***
Los seis hermanos rápidos dedos en el gatillo

"Los Genna, cuyo nombre suena como
un zumbido agónico…"
Fred Pasley

Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
—Earl Himie Weiss no pudo llevarlos a dar una vuelta—
oían cantar a Sam Samoots Amatuma ¨guantes de seda¨
—Sam Samoots qué bien cantaba guantes de seda en el alma.
En la taberna de los Cuatro 2 y "de parte de Al",
una sonrisa le regalaban en cada tiro
y para el alba del mostrador cerveza y éter
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
—muerte de orilla, ventana pronta, noche de duelo—
con la mirada le decretaban la sepultura
—aquellos tiempos de los O’Banion, de los Aiello—
Y eran los días larga aventura sobre el acero,
altos camiones, puertas cerradas y canastillos.

Alegres flores, naipes quebrados, nieve en la calle
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
sentimentales bandoneonistas de las terceras
fichas pesadas de barberías y de prisiones,
ágiles piernas en las batidas y en las ruletas,
funambulismos, magia fullera, clima de circo,
 y amores fáciles en las riberas de los domingos
y cuchicheos bajo las luces de los garajes
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.

Pero Sam Samoots murió fregándose ajo y cantando,
Al está preso, Joe Howard duerme como los niños
y ya están muertos, las manos juntas, los ojos blancos
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Sí, camaradas, y los entierros fueron suntuosos
y ángeles negros revolotearon sobre las tumbas
y ya están muertos, los ojos blancos, las manos juntas
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
***
BLUES DE LA ISLA DE PAPEETE

No sé por qué una estatua musgosa, rota con un hilo
de agua verde en la podrida piedra; no sé por qué
me ha hecho recordar Papeete, adonde van a refugiarse
los fracasados de la aventura, la resaca...
¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?
Le diré que detrás de la estatua rota hay chimeneas,
usinas, niños que juegan en las rampas y desocupados
al pie de las cocinitas.
Le diré que delante de la estatua rota se extiende la rambla salada
de todos los vientos y el mar abierto de todos los caminos.
¿En que pueblo, en qué ciudad azul y olvidada, en qué ciudad
con corazón de isla he visto la estatua rota que me hizo
recordar Papeete?
¿Cuándo he visto Papeete yo, recortado en un muro sonoro,
bajo la lluvia intermitente y huidiza de los ukeleles?
Charles Simonds acaba de servirme un “Mint juleps” y luego
me tomaré un “Tom Collins”.
¿A dónde van las cartas perdidas, las fotografías de estrellas
desaparecidas, los gritos de tantos niños abandonados,
las voces desatadas de tantos imposibles amores?
¿Por qué encuentro tantos subpaisajes, tantos submundos
y nadie quiere creerme y nadie me hace caso mientras
en el Dispensario gritan las parturientas?
Si yo te llevara conmigo, si te dijera: Mira. Quizá tú, espantada,
exclamarías: “¡Madre, el vecino del segundo se ha vuelto loco!”.
Y soy tan humano, impresionable y terrible como un niño.
Cuidando y observando siempre las vidas y las muertes de los otros;
sin cuidar de mi vida y de mi muerte.
Porque cada uno lleva su vida y su muerte consigo.
¡Lejana luna de maremoto! Sería lindo ser poeta para cantarla.
Sólo he podido verla desde un ojo de buey, porque yo estaba
en el sueño.
Y todos estamos presos en el sueño.
Y todos somos el sueño de Dios. Él nos está soñando y nosotros
creemos que verdaderamente vivimos. (Qué hermosa idea
se me ha ocurrido, pero sin duda falsa, tan falsa como mi viaje
a la isla de Papeete.)
Porque cada uno es real.
Porque el alma, los sueños, el clima humano, son realidad.
Porque cada uno lleva su vida y su muerte consigo
y eso es también hermoso.
***
El poeta murió al amanecer

Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas: la esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y su obra,
escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera
y como hombre de su tiempo que era
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del Café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro:
tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

2 comentarios:

Pedro Donangelo dijo...

Giramos para un lado, para el otro, pensamos que sí, deicidmos que no. Elegimos modos de decir, descartamos otros, pero siempre volvemos al Maestro.

Irene Gruss dijo...

Así suele ser. Gracias por la visita, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char