domingo, 13 de septiembre de 2009

Esa clara resonancia



ISOLDA:

Cuan dulce y suave sonríe, sus ojos

se entreabren con ternura...

¡Mirad, amigos!¿No lo veis?...

¡Cómo resplandece con luz creciente!

Cómo se alza rodeado de estrellas.

¿No lo veis? ¡Cómo se inflama su corazón animoso!

Augustos suspiros hinchan su pecho.

Y de sus labios deleitosos y suaves

fluye un hálito dulce y puro.

¡Amigos, miradlo! ¿No lo percibís? ¿No lo veis?

¿Tan sólo yo oigo esa voz

llena de maravillosa suavidad,

que cual delicioso lamento

todo lo revela en su consuelo tierno?

Es cual melodía que al partir de él,

me penetra resonando en mí, sus ecos deliciosos.

Esa clara resonancia que me circunda

¿es la ondulación de blandas brisas?

¿Son olas de aromas embriagadores?

¡Cómo se dilatan y me envuelven!

¿Debo aspirarlas? ¿Debo percibirlas?

¿Debo beber o sumergirme?

¿O fundirme en sus dulces fragancias?

En el fluctuante torrente,

en la resonancia armoniosa,

en el infinito hálito del alma universal,

en el gran Todo...

perderse, sumergirse...

sin conciencia...

¡supremo deleite!
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char