miércoles, 3 de febrero de 2010

Un rayo de aurora noble


RICARDO GÜIRALDES
(Argentina, 1886-Francia, 1927)


PROA

Hace mar fuerte… fuerte…
Los egocultores decimos así a lo
que nos vence y no es el caso.
El mar arrea cordilleras renovadas,
que columpian al vapor
en cuya proa frenetizo de borrasca.
Busco una metáfora pluriforme
e inmensa; algo como fijar el alma
caótica, que se empenacha de pedrería.
¿Cómo decir? Mar… mar… y mientras
insuflo el cráneo de espacio
para cantarle mi visión, el insolente
me escupió la cara.
***
VERANO

Buenos Aires. Calle Santa Fe en el 900. Diciembre.
La casa abierta, respirando de noche,
todo apagado dentro.
Cielo, implacablemente estrellado, cuyo azul
de zafiro australiano se aleja,
por obra del aturdimiento luminoso que mandan
a los ojos los focos eléctricos.
De tiempo en tiempo, coches pasan,
en rectilíneos destinos.
En la acera de enfrente, una madre aparea
la obesidad de su flácido descanso
a las epidérmicas lasitudes de su hija,
que corre mano distraída sobre su muslo,
apenas suavizado por un batón rosa.
El reflejo de los focos se aplasta,
extendido contra el asfalto.
Caballito, caballito que llevas el fiacre vacío,
pareces un cuento,
infantil,
de madera.
***

Tu serenidad no tocaba siquiera las cúpulas de sus templos.
Así pasaste y viniste hacia nosotros.
***

Mi cuerpo sabe el dolor de la herida y el dolor del placer.
Mi corazón conoce sus propios engaños y la impotencia de los otros.
Mi inteligencia ha caído tantas veces que prefiere quedar de rodillas.
Estoy desnudo como una médula dolorida de encontrarse en contacto descubierto con la vida.
¡Que mis brazos levantados sean la plegaria fuerte que eleva al que pide!
¡Que sobre mi soledad caiga una astilla de
iluminación como sobre el campo un rayo de aurora noble!
***

Y, más bien que juzgar a los otros, limpiarme de mis propias inmundicias.
Si tiendo arriba las manos, cuanto bajo mi gesto suceda, debe ser olvidado.

***
Luna

Luna que haces ulular a los perros y los poetas.
Faro de tiza
astro en camisa.

Disco, casco y guadaña, colgada al hombro de la noche, representante de muerte.
Impotente

intermitente.

Parásito luminoso del sol, chinchorro giratorio de nuestra barca sideral.
Ronda vejiga
pálida miga.

Surtidora de falsas purezas. Frígido ovillo.
Pulcro botón de calzoncillo.

Nadie te teme; todos te quieren. Inofensivo bollo de harina sin importancia.

Blanca jactancia.

Sudario de azoteas. Velador de noctámbulos.
Orgullo hinchado
de trasnochado.

Luna, muerte, maleficio
gorda madama del precipicio.

Ojalá se ahogue dentro de un charco,

tu ojo zarco.

Ángel caído en frialdad, per-in-eternum.
Mundo maldito,
me importa un pito.
******

Le saco orilla a mi vida para arrimarla a tu muerte.
total la vida es la suerte que se da por el retardo
medio haragán de la muerte y yo estoy ya que me ardo
por gritarte fuerte, fuerte ¡bailate un tango, Ricardo!

(Ricardo Güiraldes baila y el ángel del recuerdo lo acompaña
se manda una medialuna y un intenso puente macho
rubricando Buenos Aires de arrabal con Pampa y Tango).

¡Bailate un tango, Ricardo! Miralo a quien te lo grita
pues no es ninguna pavada, ese muchacho es el bardo,
el de La Crencha Engrasada. De la Púa ahora te invita;
¡bailate un tango, Ricardo!

(Ricardo Güiraldes baila saliéndose de la vida...
al bailar lleva dormida como antaño a las mujeres
a la muerte que murmura perdida en el entresueño,
bailate un tango, Ricardo)

Letra: Ulises Petit de Murat.
Música: Juan Darienzo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char