martes, 8 de junio de 2010

Yo, Piatock, vi muchas cosas en mi vida


ALBERTO SZPUNBERG
(Buenos Aires, Argentina, 1940)


El mar, yo sólo dije el mar, pero igual tiemblo:
todos estos bosques también pudieron haber sido o serán
barcos crujientes que con las velas hinchadas dejan
estelas, jarcias, banderas, gallardetes, esloras, grumetes,
medusas y brújulas inquietantes sobre el mar,
¿el mar? ¿por qué yo sólo dije el mar cuando sólo
bastaría con poder mirarse a los ojos y decir
naturalmente “bitácora” o simplemente “equinoccio”
o apasionadamente “Perla de Labuán” o “altos
sureste” y dar vuelta la página o, escuchame, “hacia
las rompientes empujan los vientos que soplan
implacables a estribor”?
pero tanta belleza se me confunde finalmente con ella,
ella que salía del mar como un animal fantástico.

Fragmento de Luces que a lo lejos

***
LA ENCENDIDA CALMA

I

Cegados de saliva y lluvia, sudorosos,
¿sos vos la mañana ese hilo amarillento,
esa costura hilvanada con prisa, azarosa,
sobre un cielo para siempre desgarrado?

Entre las plantas aún es de noche
para los labios
húmedos
de rocío.
***

Vuelven, se van pero vuelven, caen al mar pero se elevan por los cielos, son nuestra sombra, y se expanden de noche pero, al mediodía, se agazapan bajo nuestros pies y, cuanto más los pisoteamos, más se aferran a nuestro desprecio y por la noche vuelven: a qué, me pregunto, si el cielo, desencajado, se detiene en esos ojos que, abiertos para siempre, lo contemplan desde abajo: ni él ni nadie entiende qué son esos cuencos vacíos, abandonados por la marea en la playa con todo un gesto de puntual desmesura, extrañas caracolas orladas de espumas y arenas y algas y rumores en las que anida el rocío y crece la niebla y se cuela la lluvia pero donde, vaya a saber por qué, nunca se detienen a beber los cormoranes: espanta que no cese el murmullo de chillidos salobres y graznidos caídos de un vuelo salvaje y gritos ahogados y llantos de madre, que nunca, allá lejos, “¿lejos de dónde?”, terminan de saciar la sed.
FRAGMENTO DE NOTAS AL PIE DE NADA NI DE NADIE (BAJO LA LUNA)
***
SU FUEGO EN LA TIBIEZA

Todo el poder nace de un sueño y de la punta de una flecha
y entre página y página cabe toda la espesura del mundo:
los caballos cruzan los ríos y los montes como si fueran capítulos de un libro
y en medio del combate se abre camino un suave prado
donde el otoño, más allá de los hombres caídos,
más allá de los aceros mellados, empalidece delicadamente el pasto
y ruboriza de amor las mejillas:
todas las ramas del bosque se unen para albergar esta pasión,
todos los arroyos espejan la luz para que llegue hasta el fondo:
entre los árboles aún está el niño que expropia y se enamora y se desangra
y una lluvia de flechas asegura la victoria, implacable como el tiempo,
más terca que la bota que ahora patea el estante.
***
HABLA PIATOCK

Yo, Piatock, vi muchas cosas en mi vida:
en vísperas del día más terrible de todos los días, asistí al
parto de un cordero de dos cabezas:
con la una asentía, con la otra negaba, pero en sus cuatro
ojos brillaba
la misma única mirada de los que de una u otra forma van a
morir.
Yo sentí que los cuatros ojos me miraban
y aún humedece mis ojos la misma única mirada.
***
EL CABALISTA ANDANTE DESCIFRA LA PIEDRA DE LA LOCURA

“A veces, incluso en medio de una mirada, tropiezo de
golpe con la palabra piedra y me desvío dos sílabas del
camino: la erre es pétrea, y si no fuese por la tibieza de
la mano que escribe suave musgo, oh, suave musgo
entre las grietas de la piedras, el desconcierto del
corazón sería suficiente como para perderme en la
locura: entonces me inclino y cierro los ojos y aun algo
de piedad siempre se encuentra entre las sílabas más
duras, y es más lapidaria la escondida mano que escribe
la palabra piedra que el que la arroja, especialmente si
lo hace al centro infinito del agua, para que las ondas se
extiendan y desborde de una vez por todas la fuente
de las lágrimas.”
***
EL CABALISTA DE LA SUBLIME ALARMA CONVOCA A LOS 36 JUSTOS

En definitiva, más allá de las contingencias personales,
untarse –aunque sea con manteca- es sobre todo la u,
que siempre es oscura turba taciturna y nocturna, y
piedra es la drástica práctica tétrica dialéctica sílaba que
remata la palabra piedra, pero yo, que nunca unté a
nadie ni tropecé jamás con ninguna palabra, salvo
conmigo mismo, yo soy, como todos, la palabra misma,
tan a menos venida últimamente por el asco, los gritos,
las toses, los misiles, los vómitos, las órdenes, aunque
salvada en un suspiro libera del pánico la sílaba pan y
crujiente la expone a la asamblea:

Primer versículo: proletarios del mundo, ¿cómo serán
canto del cantar de los cantares las palabras rosa
entre los espinos sin pétalos ni abejas ni tallo ni aroma
ni Amada que huele a su Amado ni alma que habla la
palabra que ama?

Segundo versículo: el día más terrible de los días, un 24 de
marzo de 1976, por ejemplo, ¿cómo ayunar si la palabra
pan tiene una sílaba menos que la palabra hambre y que
la palabra piedra y si la sola sílaba que podría llenar
tanto vacío es 30.000 veces innombrable?

Tercer versículo y ya termino: ¿qué hacer de nosotros una
vez que la palabra promesa ya ha sido pronunciada y
hace tanto que esperamos?
***
NAIDE ES MÁS QUE NAIDE RESPONDE
A DON NADIE

a Luis Luchi

El mundo es su palacio y Él reina sobre todos pero todos
somos hombres de palacio: Piatock es hombre de
palacio, su caballo es hombre de palacio, nadie, el que
no es, es hombre de palacio, y el don nadie, el que será,
también es hombre de palacio, hay grandes caminos que
llevan a Moscú o Krivosoiovo o Parque Chas, hay
caminos menores que, por ejemplo, van de Berdichev a
Buenos Aires o el Masnou, hay senderos que atraviesan
el bosque, hay atajos que burlan los senderos que
atraviesan el bosque, y hay pasadizos secretos entre
letra y letra que recorren todo el inmenso mundo, y todo
el inmenso mundo es su palacio, y el quejido de sus
infinitas puertas es nuestro quejido, y el crujir de sus
maderas son nuestros huesos, y sus largos pasillos nos
llevan adonde nos llevan, y todos los que vamos y
venimos somos hombres de palacio que vamos y
venimos, y hasta el Zar de todas la Rusias, maldito sea
su nombre, con su Palacio de Invierno que pronto será
nuestro y antes dejará de serlo, también él es hombre de
palacio, y hasta el tendero que nos desnuda con sus telas
es hombre de palacio,
pero, de pronto, alguien enciende el fuego y se refriega las
manos, otro alza la copa y canta, los demás bailan y
bailan y se abren las ventanas y es primavera y, bajo la
lluvia, el palacio, de punta a punta, es barro y vuelve
al barro y el barro huele a nosotros, los que creamos el
mundo con nuestras manos como si fuese un palacio,
incluso a riesgo de que alguien, Dios no lo quiera,
confunda el aire con el andamio
aunque ya no nos pagan, por cierto, los accidentes de
trabajo ni las horas extras.
**
De La academia de Piatock (Caracas, Venezuela: el perro y la rana, 2008)
Foto tomada de elortiba.com

4 comentarios:

Valeria dijo...

Excelentes textos Irene. Como siempre un placer volver a leer al Maestro Szpunberg. Gracias! Valeria

Irene Gruss dijo...

Valeria, gracias al maestro y a usted, Irene

Ana dijo...

Buenísimos Irene!! Gracias!!! Me había quedado con muchas ganas de leer después de la lectura del jueves pasado, qu estuvo hermosa
Disfruté mucho tus textos, los de Mercedes y esta maravilla de poeta que es este hombre, así como se presenta calladito y humilde, detrás de sus textos. Me conmueve y me enseña.
besos, gracias, te quiero!!

Irene Gruss dijo...

Bueno, graaaaaciaaaaas, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char