miércoles, 20 de enero de 2010

¿Pasaré por el ojo de la aguja?


GRISELDA GARCÍA
(Buenos Aires, Argentina, 1979)


Mínimas rocas
despeñándose
por la garganta:

el monje traga saliva
***
II

Aún no he visto nada, dice.
Le pido que lo sepa todo.
Nunca creí que pasaría

por el ojo de la aguja.

Nada que hacer
con el rojo que escapa.
Un mal movimiento
arruina años de práctica.
***
III

Una nube celeste
cubre el ojo de la anciana.
Lava mi herida
con azúcar blanco
que detiene el rojo.
Actúa por presencia
actúa por contacto
Toca y regala dones.
Asiente, y cada inclinación
de su cuello
es una estrella que se enciende.
La sabia de la flor de mil pétalos
sabe sin necesidad de preguntar.
Nodriza de luz:
¿pasaré por el ojo de la aguja?

Algo se abre paso
y busca salirme.
***

Viaje en ascensor
con los números entre pisos
desdibujados
como paisaje
y evitando la mirada del espejo.

Todo se limita a un ceño fruncido
y una pizca de horror en el rictus.

Anciano, cruzame en tu barca;
ahogarme no sería apropiado
en esta noche tan bella.

Camino cuidándome de no pisar
las serpientes que alfombran la ciudad,
siguiendo el reguero de sangre
que desaparecerá al llegar al hospital.

Crezco, pero para adentro.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char