martes, 3 de enero de 2012

¿Estiércol?, ¿rosa?

GIORGIO CAPRONI

(Livorno, Italia, 1912 –Roma, id., 1990)


ALZANDO LOS OJOS

Llena el aire un hormigueo
de puntos negros

¿Pájaros ?
¿Cartas rasgadas?
¿O —quizás— harapos dispersos
(los últimos) de Dios?...

Versión de Edgardo Dobry
***
CONDICIÓN


Un hombre solo,
encerrado solo en una habitación.
Con todas sus razones
con todos sus desaciertos.
Solo en una habitación vacía,
hablando. Con los muertos.

Versión: s/d
***
ERÁLDICA


Amor, qué herido está
el siglo, y qué solos estamos
-tú, yo- en lo gríseo
que no tiene nombre. Acabado
ya el tiempo del ruiseñor
y del león. El blasón
está roto. El unicornio
huella no ha dejado
en el suelo: la Sombra está en el corazón.

Versión: s/d
***
La presa

La presa que se muerde
la cola...

La presa
que en torbellino se hace presa
de sí misma...

La presa átona
e inestable...

La presa
que sobre el agua friable
del monte (sobre la cubierta
rajada del lago) dispara
vítrea en el ojo y -negra-
vuelve ciega la mira...

La presa que se entrampa
en lo vacuo...

La pantera
nebulosa (felis
nebulosa) que atrae
a quien la rechaza, y acierta
a quien la desafía...

La presa
monstruosa...

La presa
que continuamente se suicida
continuamente dispara
a su sombra (y yerra)...

La presa
(¿estiércol?, ¿rosa?)
que todos tenemos en el pecho, y ni siquiera
las fiebres de diciembre (los campos
muertos de agosto) ponen
a tiro...

La presa
evanescente...

La presa
mansa y atroz
(¡vívida!) que a la hora
de ganar (la hora
de la pérdida) aparece
(se embosca) en nuestra voz...

Versión: Jorge Aulicino
***
ITINERARIO


Sacré-Coeur Blanche, a pie.
Los gorriones que se despiojan
—frenéticos— en las aceras.
***
CIVILIZACIÓN

Saint-Germain-des-Prés.
La cabezota de bronce
—entre los laureles— de Apollinaire.
Un negro con dos americanos.
El prohibido el paso
—incluso con correa— a los perros.

Tomados de http://javiergalarzants.blogspot.com/
Imagen: La caza del ciervo. Iglesia de San Baudelio de Berlanga (Soria, S. XII)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char