domingo, 10 de mayo de 2009

Daba frío en la espalda


María Bashkirtseff
(Rusia, 1858-1884)


"Si no vivo lo suficiente para ser ilustre, este diario interesará a los naturalistas; siempre es curiosa la vida de una mujer, día por día, sin afectación, como si nadie en el mundo debiera jamás leerla y al mismo tiempo con la intención de ser leída; estoy segura de que me encontrarán simpática... y digo todo. Si no, ¿para qué? Por lo demás, verán bien que digo todo..."

"¡Dios mío! ¡Qué hermosa voz la mía! Era poderosa, dramática, subyugante; daba frío en la espalda. ¡Y ahora nada, ni siquiera con qué hablar!"

"Hay una cosa verdaderamente hermosa: es la desaparición absoluta de la mujer delante de la superioridad del hombre amado; debe ser el goce más grande de amor propio que puede experimentar una mujer superior."

"Estoy en una edad en la que se encuentra placer hasta en morir. Me parece que nadie ama todo tanto como yo: artes, música, pintura, libros, sociedad, vestidos, lujo, ruido, calma, tristeza, melancolía, farsa, amor, ruido, sol; todas las estaciones, todos los estados atmosféricos, las tranquilas llanuras de Rusia y las montañas que rodean a Nápoles; la nieve en invierno, las lluvias en otoño, la primavera y sus locuras, los tranquilos días de verano y las bellas noches con estrellas que brillan..., admiro y amo todo. Todo se presenta para mí bajo aspectos interesantes o sublimes; quisiera ver todo. abarcarlo todo, fundirme con todo y morir; y, ya que es necesario, morir dentro de dos o de treinta años, morir en éxtasis para experimentar ese último misterio, ese fin de todo... o ese comienzo divino".

“Esto es lo que siempre me ha aterrado. Vivir, tener tanta ambición, sufrir, llorar, combatir, y al fin el olvido…. Como si yo nunca hubiese existido.”

“A los 22 seré célebre o moriré.”

“Dicen que la mujer más poética es la rubia; pero asevero, al contrario, que es la mujer materialista por excelencia. Mirad ese pelo dorado, esos labios color de sangre, esos ojos grises, ese cuerpo rosado que pintó el Tiziano tan admirablemente, y decidme qué se les viene a la mente. Y de hecho, la Venus pagana y la Magdalena cristiana son ambas rubias. Mientras que la morena, que es un sinsentido, como el hombre rubio-la mujer morena, con sus ojos aterciopelados y sus mejillas de marfil, puede permanecer pura y divina.” (26-5-1876)

"!Ah, nosotros que hemos leído a Balzac y leemos a Zola, qué placeres de observación poseemos!” (14-2-1882)

"Pero si no soy nada, si no debo ser nada, ¿por qué esos sueños de gloria desde que tengo uso de razón?"


Nota: Además del ruso y francés, que conocía desde la cuna,habla inglés, alemán, italiano, griego y latín. También muestra gran interés por la música, para la cual estaba especialmente dotada, llega a tocar el arpa y el piano. Aprende a bailar el ballet clásico de los grandes compositores rusos y su prodigiosa voz de mezzosoprano la anima a probar suerte en el mundo de la ópera.
A los diecinueve años, cuando una tuberculosis ya irreversible trunca sus proyectos como cantante, decide trasladarse con su familia a París e iniciar allí su carrera en las bellas artes. Alterna sus clases en la Academia del maestro Rodolphe Julian (uno de los pocos establecimientos en que aceptaban estudiantes femeninas) con visitas a balnearios curativos donde encontrar remedio al mal que la va consumiendo. Se dedica a la pintura. La mayor parte de sus telas y cartones ha sido destruida por los nazis. Muere a los 26 años.


Diario de mi vida. Bashkirtseff Marie, traducción de María Elena Ramos Mejía, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1948.
Traducción de José M. Ramos González
L'atelier Julian. Obra de Marie Bashkirtseff, 1881. Óleo sobre tela, 145 x 185 cm. Museo de Bellas Artes de Dnipropetrovsk, Ucrania.

2 comentarios:

huggh dijo...

que material magnífico... (leo con interés el texto de las rubias... ah...)- gracias y saludos, h

Irene Gruss dijo...

Vea y lea, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char