domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Hurgas en el barro, viejo corazón, qué estás haciendo aquí?

Tomada de syracusa.com
W.D. SNODGRASS
William De Witt Snodgrass
(Wilkinsburg, Pennsylvania, EE.UU., 1926-2009)


La ciénaga

Contiendas y nenúfares
se aquietan en las pesadas aguas;
una treintena de ranas
saltan a cada paso que das;
el vientre de un pez resplandece
confundido entre los podridos troncos.

Allá cerca de las rocas grisáceas
ratas almizcleras se sumergen y giran.
Saliendo de su contorno de limo
una negra babosa de agua se arrastra
invertida sobre la superficie
hacia aquel alimento que ha de elegir.

Tú alzas los ojos; mientras caminas
el sol se estremece y cae preso
en el cerco de cañas de los árboles,
entre sus tallos muertos.
¿Hurgas en el barro, viejo corazón,
qué estás haciendo aquí?
***
Búhos


Detente; los grandes búhos cornados
están llamando desde los límites del bosque; escucha.
Aquí, el oscuro macho, bajo
y bramante, estremece al valle entero.
Allá, la hembra, alta y clara, resolviéndose
restaura el silencio.
Los helados bosques penetran
en su respiración, lenta, acechante, y ahora la de ambos
se acopla, cercana a la armonía.

Éstas son las peores noches del año,
el hielo cristaliza las ramas más altas,
la nieve vieja yace en lo profundo del suelo,
y hay nieve en los nidos que los halcones de cola roja
se adueñaron.
Nada atraviesa la costra del suelo.
Ninguna ardilla, ningún conejo o huella de roedor.
Ningún cuervo tiene crías que robar.
En estas noches el aire de acero retumba
como rejas de prisión, vacío y negro
como el interior de tu pecho.

Ahora los grandes búhos ganan
el aire, los llamados del macho ganan
en profundidad y resonancia, toman
un áspero nido, toman a su pareja
y, extendiendo las largas alas, emprenden
el vuelo, sin dejarse guiar y apartados, su voz se entrecruza
para calibrar la ciega sinapsis
sobre las blancas y muertas llanuras;
el muerto, negro boscaje, donde ellos inician
sondeos sobre lo que no corre prisa, sondeándose
el uno al otro, y cada uno a sí mismo.

De If birds build with your hair
Traducción de Dana Gelinas
***
7

Aquí en el áspero polvo
está nuestro terreno de juego.
Te alzo en tu columpio y debo
empujarte a lo lejos,
verte retornar de nuevo,
darte impulso de nuevo, luego
esperar tranquilo hasta que vuelvas.
Tú, aunque ascendías
más alto, más allá de mí, a lo lejos,
caerás de vuelta a mí con estruendo.
Mal centavo, péndulo,
mantienes mi ritmo constante

para balancearte en el azulado julio
donde gordos jilgueros vuelan
sobre el deslumbrante, fecundo
alcance de nuestras crecientes caídas.
Ahora nueva vez, en este segundo,
te sostengo entre mis manos.

De La aguja del corazón
Traducido por Giselle Rodríguez y Frank Báez
***
Una casa bajo llave


Al conducir de regreso y cruzar la colina,
la casa todavía
entre los árboles, siempre pensaba
—temor del tonto—
que podía haberse prendido
fuego, que alguien pudo haber entrado a robar.
Como si las cosas aquí
fueran demasiado buenas. A pesar de esto, siempre la encontramos
bien cerrada, sana y salva.
Alguna vez mencioné eso, bromeando:
Sin duda hablábamos
de lo absurdo
que era sentir el riguroso celo de dios
por nuestra buena fortuna. Desde la granja
contigua, nuestros vecinos no veían llegar daño
alguno hacia las cosas que aquí cuidábamos.
¿Qué tanto temíamos?
Tal vez si hubiera pensado: todas
esas cosas se pudren, caen
—graneros, casas, muebles.
nosotros dos somos más fuertes juntos
que separados; hemos crecido juntos. Todo lo que tenemos
puede quemarse; sabemos lo que es valioso— pero qué
idea. No dijimos nada.
La casa aún está de pie, bajo llave, como se mantuvo
intacta durante dos años
enteros después de que te fuiste.
Algunas cosas se escabulleron. Algo quedó
para que yo regrese a veces. El robo
y el vandalismo lo hicimos nosotros.
Debimos suponerlo.

Traducción : Lillian van den Broeck
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char