martes, 4 de mayo de 2010

Pa' ladrarte, me agazapo


ENRIQUE CADÍCAMO
(Luján, Buenos Aires, Argentina, 1900– Buenos Aires, 1999)



Adiós

Che, Carola, disculpame si te mando estos trapitos.
Vos sabés, sin grupo, vieja, cómo soy de cumplidor...
Los mandé lavar primero pa' mandártelos limpitos...
Ahí tenés tu poyerita, tu samica con moñitos,
tu piyama espamentoso y tu suéter sobrador.

Lo olvidaste en el apuro de batirte en retirada,
esa tarde que resuelto lo fajastes a mi amor...
Yo que estaba palpitando desde enfrente la largada,
al junarte que salías de apurón y embagayada,
me escondí, te lo confieso, de vergüenza y de dolor.

Pronto supe tu guarida, me lo dijo una fulana
y es por eso que hoy te mando lo que ayer se te olvidó...
Yo no sé si te hará falta el piyama o la sotana,
pero sólo sé decirte que aunque estés hoy en bacana,
cuando lleguen estas pilchas te toqués el corazón.

Desde toda mi amargura, pa' ladrarte, me agazapo,
un rechifle de amurado me trabaja en el melón...
Yo me he sido en esta vida malandrín, carrero y guapo,
hoy me está golpeando el cuore como garganta de sapo
al pensar que te piantaste como se pianta un ladrón...

Al principio, te lo juro que pensé en darte la biaba,
pero luego poco a poco le di al guiye marcha atrás.
Era darte demasiado y eso a vos no te importaba
y mamao, volando bajo, casi cuando me entregaba,
como el tango de Lomuto yo te dije: Nunca más...

Divertite, che Carola... Meté ruido y espamento...
Si podés fajate un viaje, vos que soñás con París...
Pero atento pelandruna, andá amarrocando vento,
no vaya a ser que te pase como a aquel santo del cuento,
que, de tanto andar yirando, al final quedó en chasis...
***

1 comentario:

huggh dijo...

grande, grande!

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char