lunes, 7 de diciembre de 2009

Vimos todo casi con luz de fósforo


MAROSA DI GIORGIO
(Uruguay, 1932-2004)


Mi alma es un vampiro grueso

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de sólo una. La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.
***
A la hora en que los robles se cierran dulcemente, y estoy en el hogar junto a las abuelas, las madres, las otras mujeres; y ellas hablan de años remotos, de cosas que ya parecen de polvo; y me da miedo, y me parece que esa noche sí va a venir el labriego maldito, el asesino, el ladrón que nos va a despojar de todo, y huyo hacia el jardín y ya están las animalejas de subtierra ¿yo digo?, ellas tan hermosas, con sus caras lisas, de alabrtro, sus manos agudas, finas, casi humanas, a veces, hasta con anillos. Avanzan por senderos, diestramente.

Asaltan la violeta mejor, la que tiene un grano de sal, la celedonia que humea como una masita con miel, el canastillo de los huevos de mariposa ¿oh, titilantes?

Actúan con tanta certeza.

Una vez mi madre dio caza a una, la mató, la aderezó, la puso en mitad de la noche, de la cena, y ella conservaba una vida levísima, una muerte casi irreal; parecía huída de un banquete fúnebre, de la caja de un muerto maravilloso. La devorábamos y estaba como viva.

El anillo que yo ahora uso era de ella.
***
9

El invierno es una casa cerrada, sin pintar. Es un altar boca abajo. El descenso a los infiernos. No la habitual honguera, sino el piso fracturado; los tablones rotos, llevan a otro piso igual, y a otro.
Ése desciende a los infiernos con un vestido rojo que tiene ala. No sé quién es. Ya bajaron dos o tres. Para siempre, jamás.
En cada puerta sale y crece el lirio blanco; una mano de adentro, por una hendija, lo saca y lo pone en la olla. Él hierve en el frío, se esponja como nieve. Por un rato hay hilachas blancas por todo el cuarto.
Dentro de la cama yo ofrezco mi ostra, pequeña, oval, ribeteada de coral, por donde Juan lleva y hunde su puñal. Que me parte en dos. Después, yo lo abrazo. Como si no me hubiera querido matar.
***
10

Dijo: -Vengo de Lhasa y de Altai.
Era de noche y en el humo de la cocina se balanceaban los murciélagos de siempre.
Se quitó el manto estrellado y quedó con ropa de lana negra.
El manto fue al suelo y era de tela tan liviana que se arrolló y se achicó pareciendo sólo un puntito, una luciérnaga.
Miró bien donde se quedaba ese punto y guardó en la memoria.
-¿Siguen acá?
-Pero, si es la primera vez que nos ve. No vino nunca, no estuvo.
Le explicamos lo que había detrás de la casa.
Quiso ir y fuimos. Pero, olvidamos el farol.
A la débil luz de las estrellas estaba el enramado y abajo cerdos y pavos, graznando semidormidos.
Un hombre rígido como una estatua parecía estar cuidando.
Vimos todo casi con luz de fósforo.
Esos animales eran como gruesos pecados. Carnales. Capitales.
Retrocedíamos con un poco de miedo. Pasamos de nuevo el jardín de azucenas. Los pecados quedaron gruesos y movientes.
Dentro de la cocina buscó en el suelo, el manto. Seguía del tamaño de una luciérnaga. Al colocárselo se desenrolló y brilló, grande como una sábana.
Tuvo prisa por irse, ansiedad, como si le fuéramos a cerrar la puerta.
***
15

En octubre, noviembre, se abre el "jazmín del cielo". Así, todo queda azul. Celeste. Y comienzan las representaciones, las comedias. Ya, no nos llaman por nuestros nombres, sino "Santa Amelia", "Santa Isabel". A lo sumo, "Estrella". Al pasar, a cada uno, dicen en voz baja, "Estrella". Y vamos entre los aparadores y los otros muebles, mostrando alas y coronas. Mi madre espía lo que yo recito, y mi prima toca en el piano algo que es siempre, igual. Cumplimos un extraño argumento que abarca toda la casa y el jardín.
Entonces, las criadas laboran recatadamente. Y las gallinas, también, se dan cuenta, y van al bosquecillo, y ponen sus huevos sin anunciarlos.
***

1 comentario:

Arlane dijo...

leer a Marosa es como estar soñando

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char