viernes, 24 de febrero de 2012

No suenan más pobres sino más claros

DENISE LEVERTOV, otro poema


Un árbol habla de Orfeo

Alba blanca. Quietud. Cuando el murmullo empezó
creí que era el viento marino, que llegaba a nuestro valle con rumores
de sal, de horizontes sin árboles. Pero la niebla blanca
no se agitó; las hojas de mis hermanos permanecieron extendidas
inmóviles.
Pero el murmullo se acercó más, y entonces
mis propias ramas externas comenzaron a estremecerse, casi como si
un fuego ardiera por debajo, demasiado cerca, y retorciera y secara
sus puntas.
Mas yo no temía, sólo
estaba profundamente alerta.

Fui quien primero lo vio, pues crecí
en el pasto de la ladera, más allá de la floresta.
Era un hombre, según parecía: los dos
tallos balanceándose, el tronco corto, las dos
ramas—brazos, flexibles, con cinco varas cada una,
sin hojas en la punta,
y la cabeza coronada de pasto pardo u oro,
portando un rostro no como el rostro afilado de un pájaro
sino como el de una flor.
Llevaba un haz de
ramas curvas, cortadas aún verdes,
guías de parra firmemente tensadas a lo ancho. De ahí,
cuando lo tocaba, y de su voz
que a diferencia de la voz del viento no necesitaba de nuestras
hojas y ramas para completar su sonido,
venía el murmullo.
Pero ya no era un murmullo (se había acercado y
detenido en mi primera sombra) era una ola que me bañaba
como si la lluvia
se levantara y me envolviera
en vez de caer.
Y lo que sentí ya no fue un zumbido seco:
Yo parecía cantar mientras él cantaba, parecía saber
lo que sabe la alondra; toda mi savia
se elevaba hacia el sol que para entonces
había subido, la niebla ascendía, el pasto
se secaba, pero mis raíces sentían que la música las humedecía
en lo hondo de la tierra.
Se acercó todavía más, se apoyó en mi tronco:
la corteza tembló como una hoja aún doblada.
¡Música! Ni una rama mía dejaba de
temblar de gozo y de miedo.
Luego al cantar
ya no eran sólo sonidos los que hacían la música:
hablaba, y mientras ningún árbol escuchaba, yo escuché, y el lenguaje
penetró en mis raíces
desde la tierra,
en mi corteza
desde aire,
en los poros de mis brotes más verdes
suavemente como rocío
y no había palabra que él cantara cuyo significado yo desconociera.
Habló de viajes,
de donde el sol y la luna van mientras nosotros permanecemos
de pie en la oscuridad,
de un viaje a la tierra que soñaba hacer algún día
más hondo que las raíces...
Habló de los sueños del hombre, de las guerras, pasiones, pesares,
y yo, un árbol, entendí las palabras —ah, parecía
como si mi gruesa corteza se quebrara como un árbol joven que
crece demasiado rápido en la primavera
cuando lo hiere una helada tardía.
El fuego cantaba,
aquel que los árboles temen, y yo, árbol, gozaba en sus llamas.
Brotes nuevos despuntaron aunque era pleno verano.
Como si su lira (ahora sabía su nombre)
fuera fuego y nieve a la vez, sus cuerdas se inflamaban
hasta alcanzar mi copa.
Fui semilla de nuevo
Fui helecho en el lodo.
Fui carbón.
Y en el corazón de mi madera
(tan cerca estuve de volverme hombre o dios)
había una especie de silencio, una especie de enfermedad,
algo parecido a lo que los hombres llaman tedio,
algo
(el poema descendió una escala, un arroyo sobre piedras)
que da frío a la vela
en medio de su ardor, dijo.
Fue entonces,
en el esplendor de su poder que
me alcanzó y cambió
cuando pensé que caería extendido,
que el cantor comenzó
a dejarme. Lentamente
abandonó mi sombra meridiana
hacia la luz franca,
las palabras saltando y bailando sobre sus hombros
una vez más
curva fluvial de los tonos de la lira volviéndose
lentamente otra vez
murmullo.
Y yo
aterrado
pero sin dudar lo
que debía hacer
angustiado, a prisa,
desencajé de la tierra raíz tras raíz,
el suelo alzándose y agrietándose, el musgo haciéndose pedazos
y detrás de mí, los otros: mis hermanos
olvidados desde el alba. En la floresta
ellos también habían oído,
y arrancaban sus raíces con dolor
después de mil años de capas de hojas muertas,
haciendo rodar las rocas,
huyendo de
sus
profundidades.
Se hubiera podido pensar que perderíamos el sonido de la lira,
del canto
tan terribles eran los sonidos de la tormenta, allí donde no había tormenta
ni viento sino la embestida de nuestras
ramas moviéndose, de nuestros troncos luchando con el aire.
¡Pero la música!
La música nos alcanzó.
Torpemente,
tropezando con nuestras propias raíces,
haciendo crujir nuestras hojas
en respuesta,
nos movimos, lo seguimos.

El día entero lo seguimos, arriba y abajo, de la colina.
Aprendimos a bailar,
pues se detenía allí donde el terreno era plano,
y las palabras que dijo
nos enseñaron a saltar y a curvarnos hacia adentro y hacia afuera
alrededor uno del otro en figuras que el compás de la lira diseñaba.
El cantor
rió hasta las lágrimas al vernos, tan contento estaba.
Al anochecer
vinimos a este lugar en el que estoy parado, a esta loma
con su arboleda ancestral que era entonces simple pasto.
Con la última luz de ese día su canto se volvió
despedida.
Silenció nuestro anhelo.
Cantando sumergió en la tierra nuestras raíces secas de sol,
las regó: toda la noche llovió música tan callada
que casi no podíamos
oírla en la
oscuridad sin luna.
Con el alba se fue.
Hemos permanecido aquí desde entonces,
en nuestra nueva vida.
Hemos esperado.
No regresa.
Se dice que hizo su viaje hacia la tierra, y perdió
lo que buscaba.
Se dice que lo talaron
y cortaron sus miembros para leña.
Y se dice
que su cabeza todavía cantaba y que fue arrastrada por el mar cantando.
Quizá no vuelva.
Pero lo que hemos vivido
vuelve a nosotros.
Vemos más.
Sentimos mientras nuestros anillos crecen,
que algo levanta nuestras ramas, y empuja nuestras puntas más
distantes
aún más lejos.
El viento, los pájaros,
no suenan más pobres sino más claros,
recordando nuestra agonía, y la forma en que bailamos.
¡La música!


Traducción de Patricia Gola
**
Imagen: Frida Kahlo, Raíces
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char