lunes, 21 de septiembre de 2009

Pronto arreciará la geografía


Un poema de JULIÁN LÓPEZ
(Buenos Aires, Argentina, 1965-)


ALASKA

Fabulosa algarabía de la luz del cielo
un parque de diversiones en el aire,
esta geografía enloquece a las partículas solares
onda que llega del espacio
y que en la estampida contra el hielo
manifiesta lo concreto.
Esto es Alaska.

Soy un geronte en la era del descubrimiento
asisto al espectáculo ante mí
aurora que revela la tierra
encarnada de mi origen.
En tanto el festival celeste es un fulgor
que se proyecta sobre todo
aquí es blanco
de veinte innumerables modos

blanco
lento devenir

y ocultar lo inmenso
bajo la imparcialidad del agua helada.


Es mi canoa la que me trajo
corrompiendo el hielo con su gentil fricción
a través de minimísimas vaginas en la superficie,
mi modesta nave me condujo,
sin mascarón y casi ya sin proa
hacia esta exactitud del mundo.

Pero ahora son los pies los que deben internarse,
más allá de donde alguna vez han ido,
hacia lo cóncavo del palacio polar.
Peces de brazada lenta
boqueando su última tarea,
preferirían el terso frío
a la redondez con que los vestí para el evento.

Ahora toca a este cardumen desoír
las ganas de quedarme,
de ser yo en cuerpo joven
y bordear los fiordos congelados;
príncipe de la caza del salmón
sostenido por antiguos muslos temerarios
en la legada habitación
de una comprensión más vasta.

La faena que me obliga al páramo ártico
es el surco que confirma que estoy fuera,
tras la estela de mi paso se derriten
las terrazas de lo compartido,
una infancia de narices rojas
y bosques áureos en los que aguarda el oso
por los que cruza el casal de lobos endiablados
toda la fauna que resiste al blanco.

Soy un borde móvil que separa mundos
atrás quedan las naciones afligidas por el ritmo,
factoría de estructuras que edifican existencia,
todo es asunto de reproducción:
el pez niño; el pez niño; el pez niño.

Por delante intuyo una armonía que viene a despojarme:
la Piedra Verdadera.
Unas décimas de calor suceden a mi espalda,
supernova que dejo en auxilio a los menores,
los jóvenes que quedaron en resguardo de la hoguera,
esa majestad de la que me desprendo.

Serena valentía de las tribus del iglú
la vejez a la sorda madriguera del témpano,
catedral que aguarda impávida
el arribo del hombre en su última tibieza.

Desde aquí percibo la misión de otro modo,
cumplo el deber de mi comunidad:
ya no hay joven marfil en sus cabales,
es menester ahuyentar
posibles lentitudes al progreso.

Porque en las familias del invierno cada miniatura cuenta,
la vitalidad es un dedal
cualquier gesto es desmesura
¿cómo suspirar siquiera?

No hace falta anticipar la sentencia
el futuro se avecina con una corte de gestos previos
un escándalo en silencio hasta que el hielo atruena.
La puntualidad de las especies,
la migración de las aves,
el mismo sol en su destino hacia los cuatro encajes.
Es así la ley común
parte del acuerdo:
un hombre sin sus dientes tiene que marcharse.

Se aleja entonces
el cuerpo que seré hasta el último minuto,
lo veo andar y parece que me busca
como a un oriente al que referirse.
Para cuando se eche permaneceré erguido:
una celebración de justicia,
lo que obtuve de su parte al momento de llegar.
Será mi ofrenda a ese yo
arrojado desde siempre al mundo de las cosas.

Pronto arreciará la geografía,
mi espalda se arqueará como una cueva,
bahía vertebral para las últimas corrientes cálidas.
Algo de mí se saciará
con el triunfo del cazador de ballenas
cuando constata que las moles han caído en su cerrojo.
De su trepidar se insinuarán estalactitas anilladas,
allí dejaré mis prendas saturnales, una a una,
como un reguero de nostalgia alrededor.

Filos de una ley doble
naturaleza de múltiple intemperie;
¿Es el hombre o el lugar lo que define?
¿Hay distancia entre esos puntos?
¿Y quién mira a quién?
¿Qué se congela?

Levanto la mirada aunque los ojos están quietos,
percibo la unidad de lo que veo dual
y no sé si los pies cincelan el camino
o la huella coagula la estadía.

Voy recto a un invisible murallón inapelable
insisto en la poca trinidad
y por el hábito biográfico del padecimiento
supongo que respecto de este suelo
soy quien porta el don de la extrañeza.

Sin embargo, en este punto exacto
ambos conformamos algo, la experiencia absoluta:
Paisaje Humanidad.

Cuenco del extremo norte de la Tierra,
aquí lumière impacta
y desgarra la cúpula
con un hormigueo de gotitas tornasol
plumas de un vapor configurado.
Esa calamidad es causa del encuentro;
lo etéreo, lo tosco: su engendro.

(El magnífico espectáculo de la luz
en este sitio,
al trayecto final
de quien ya no desgarra
el bocado con sus dientes.
Instante en que el mundo particular
se vacía en el cielo inmenso:
ataúd boreal del demasiado viejo.)

El sitio del origen y del fin
ataviado con las leyes de su pueblo.

4 comentarios:

Ana dijo...

Qué hermoso Irene. Julián lee justo este jueves próximo en Fedro!.
Un abrazo grandote

ficcionalista! dijo...

Julián es uno de mis poetas preferidos. Además de ser un ser maravilloso.
Gracias por compartir estos versos.

Irene Gruss dijo...

Gracias por pasar, Ana y Ficcionalista. Mi saludo, Irene

EmmaPeel dijo...

Julián no sólo es un gran pueta sino también una gran persona (una combinación inusual jijiji)

Saludos

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char