viernes, 20 de febrero de 2009

Lawrence

Lawrence decide ir a rescatar a un hombre que se ha perdido en el desierto, aun cuando los propios beduinos le dicen que es una locura y que «estaba escrito» que ese hombre debía morir. Se produce una elipsis después de que Lawrence parte y vemos a un muchacho observando la desnuda extensión del desierto: entonces ve algo en el horizonte, un punto que el espectador es incapaz de distinguir, pero el tema del desierto es introducido en la cítara, suavemente. La música va creciendo en intensidad y el tema es ejecutado con tempo de allegro en perfecta consonancia con el traveling que sigue el camello del muchacho lanzado al galope para encontrarse con el jinete que viene: para el espectador es obvio que es Lawrence y que ha logrado su objetivo. Un gran plano general culmina el crescendo musical cuando los jinetes se reúnen, y el tema reaparece cuando Lawrence llega como un héroe al campamento y espeta su memorable frase: «Nada está escrito». A partir de ese momento, Lawrence es parte del desierto, lo ha vencido y su tesón y voluntad ya no son la de un arrogante oficial británico sino la de un hombre plenamente entre¬gado a la causa beduina.

Extraído de Content Film.
La elección de este comentario es adrede, porque si no hay música dónde está la gracia.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char