martes, 29 de junio de 2010

Elegíaca, fina

IRMA PEIRANO
Irma María Tersilia Peirano
(Chiavari, Italia, 1917-Buenos Aires, Argentina, 1965)



Afuera hay un mundo de voz ordinaria
apenas separado de mí por las persianas.
Adentro hay un mundo de voz dolorida,
elegíaca, fina.

Tengo dos oídos para repartir entre uno y otro mundo;
pero un sentimiento. Sólo uno.

Que siga la bulla afuera, que siga la bulla burda.
¿Qué le importa a mi oído? El sentido es una cosa estúpida.

¡Ah! (pero en secreto): el oído a salvo
parece un milagro.
***
CONTEMPLATIVA

El mundo espectral. En torno llueve
y siega el viento el cuerpo menudísimo
de las gotas de agua.

Me apuñala los ojos abstraídos
el naranja veloz de los relámpagos.
¿La misma lluvia miras? ¿La misma luz te hiere?
¿Sientes el mismo frío?

Tiene esta vida oscura
la luminosidad del desvarío.
***
Reflexión para una edad


Desde el más absoluto silencio,
desde un silencio de rama desnuda,
desde un silencio de tronco caído,
desde un musgoso silencio de piedra,
desde un frío silencio de llovizna,
desde un silencio de grietas desoladas,
desde un silencio silenciosamente
sobrevenido no se sabe cuándo,
aconteciendo no se sabe cómo,
dado a permanecer, dado a rodearnos,
a intervenirnos hasta el esqueleto
por la fina hendidura de los poros.
Desde un silencio deshumanizado,
desde un silencio atroz, nunca entrevisto,
se podría decir desde un silencio
hecho con la mordaza del silencio.
Desde la supraesencia del silencio,
Llega el invierno.
***
Corpus

Ocurre a veces mirar, en un tobillo
delgado y trasparente, la rama de una vena,
la sangre compulsada igual que nuestra sangre
expresando lo íntimo de nuestro pensamiento.
Miramos entonces, como por vez primera,
esa revelación de lo nuestro
partiendo de otro cuerpo.

Con la misma viva, cálida temperatura
con que avanzamos a través de los días,
avanzan a semejanza nuestra,
desconocidos hermanos
tenidos por ajenos, separados,
suponiendo lo extraño
donde estaba lo propio.

Tú, que mueves por la ciudad tu paso,
que agitas caminando tus manos
–cinco, diez dedos uniformes, copiados de los míos–
eres tanto yo misma como yo soy tu mismo.
La verdad es directa como la luz del sol
cayendo sobre hombres y cosas,
Similar es el paso, similar el aliento,
la forma –plena forma ciñendo los sentidos–
también es similar, de similar destino.

En lo poroso de tu piel penetro y me penetras,
en lo vital de tu sangre vives y me alimentas.

Mi criatura, mi igual, espejo de mi tiempo
en mi mismo dolor y con mi mismo anhelo.
***
De Mi parábola (autobiografía)

"Nunca será esto una autobiografía, pero valga para la circunstancia. Para extraer mi biografía sería preciso el invento sobre mis acontecimientos iniciales y no sería honrado. Sé que quiero ir, como la parábola, de lo exterior a lo interior, aún contra mí, si fuera necesario, por que el sueño del hombre descansa bajo la tierra en tanto que, arriba, nos deslumbran los aires."

Tomada de la revista Paraná -No. 3-Verano 1941.


Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char