sábado, 1 de octubre de 2011

Mares que ladraban como focas

DYLAN THOMAS
(Swansea, Gales, 1914-
Nueva York, 1953)




Manifiesto poético


«Usted quiere saber por qué y cómo empecé a escribir poesía y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron e influyeron en mí.


Para responder a la primera parte de esta pregunta diría que en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras.


Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras.


Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenían una importancia muy secundaria: lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo.


Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído: los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana.


No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaban las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaba en mis oídos; me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos.


Me doy cuenta de que quizás, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear mi memoria.


Me enamoré inmediatamente -ésta es la única expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras.


Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles. y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podían existir para mí.


Allí estaban, aparentemente inertes, hechas sólo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas todas las demás abstracciones Imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestras vidas efímeras.


De ellas surgían ]os transportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente de ]a tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era deliciosamente divertido por si mismo, en aquella época casi olvidada me parecían mucho más divertidos la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las Palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban.


Era la época de la Inocencia; las palabras estallaban sobre mí, despojadas de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas con el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. Hacían sus propias asociaciones originales a medida que surgían y brillaban.


Las palabras "Cabalga en un caballito de madera hasta Banbury Cross" (Ride a cock hurse to Banbury Cross), aunque entonces no sabía que era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Banbury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John Donne:


"Ve a recoger una estrella errante. Fecunda una raíz de mandrágora"
(Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root),


que tampoco entendí cuando leí por primera vez. Y a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que supe que debía vivir con ellas y en ellas siempre.


Sabía, en verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más. Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; qué haría con esas palabras, cómo iba a usarlas, qué diría a través de ellas, surgiría más tarde. Sabía que tenía que conocerlas mas intimamente en todas sus formas y maneras, sus altibajos, partes y cambios, sus necesidades y exigencias.


Temo que estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta escribir sobre las palabras, porque entonces uso palabras malas, equivocadas, anticuadas y fofas. Me gusta tratar las palabras como el artesano trata la madera, la piedra o lo que sea, tallarlas, labrarlas, moldearlas, cepillarlas y pulirlas para convertirlas en diseño, secuencias, esculturas, fugas de sonido que expresen algún impulso lírico, alguna duda o convicción espiritual, alguna verdad vagamente entrevista que tenga que alcanzar y comprender.


Cuando era muy niño y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes que nunca hacía, empecé a diferenciar una clase de escritura de otra, una clase de bondad, una clase de maldad.


Mi primera y mayor libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera. Leía indiscriminadamente, todo ojos. No había soñado que en el mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiesen ocurrir cosas semejantes y también tanta charlatanería, tales tormentas de arena y tales ráfagas heladas de palabras, tales latigazos a la charlatanería, una paz tan tambaleante, una risa tan enorme, tantas y tan brillantes luces enceguecedoras que se abrían paso a través de los sentidos recién despiertos y se diseminaban por todas las páginas en un millón de añicos y pedazos que eran todos palabras, palabras, palabras, cada una de las cuales estaba viva para siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz. (Debo tratar de que estas notas supuestamente útiles no sean tan confusas como mis poemas).


Escribí infinitas imitaciones, aunque no las consideraba imitaciones sino más bien cosas maravillosamente originales, como huevos puestos por tigres. Eran imitaciones de lo que estuviera leyendo en ese momento: Sir Thomas Browne, de Quincey, Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la Baronesa Orczy, Marlowe, Chums, los imaginistas, la Biblia, Poe, Keats, Lawrence, los Anónimos y Shakespeare. Como ve, un conjunto variado y que recuerdo al azar.


Mi mano inexperta ensayó todas ]as formas poéticas. ¿Cómo podía aprender los trucos del oficio sin practicarlos yo mismo? No me interesa de dónde se extraen las imágenes a un poema; si se quieren se pueden sacar del océano más recóndito del yo oculto; pero antes de Ilegar al papel deben atravesar todos los procesos racionales del intelecto.


Los surrealistas, por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente como emergen del caos; no las estructuran ni las ordenan; para ellos el caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente presuntuoso; los surrealistas se imaginan que cualquier cosa que rastrean en sus subconscientes y pongan en palabras o en colores debe ser, esencialmente, de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de las artes del poeta es la de tornar comprensible y articular lo que puede emerger de fuentes subconscientes; uno de los usos mayores y más importantes del intelecto es el de seleccionar de entre la masa amorfa de imágenes subconscientes aquellas que mejor favorezcan su finalidad imaginativa, que es escribir el mejor poema posible.
***
De Bajo el bosque de leche
(fragmento)
Comedia para Voces


                 Primera voz
El Capitan Cat, junto a su ventana abierta de par en par, al sol y al mar por donde navegó hace tiempo cuando sus ojos eran celestes y brillantes, dormita y viaja. Con aros y balanceo de cubierta, con "Amo a Rosie Provet" tatuado en la barriga, arma alborotos de botellas rotas en la nieba y la babel de los bares, en los oscuros muelles, parrandea con un rebaño de mujerzuelas en cada pícaro puerto y se enreda y zambulle con los ahogados y muertos de abultado pecho. Llora mientras duerme y navega.


                  Segunda voz
Entre todas, recuerda con especial cariño una voz mientras sus sueños se le vuelcan encima. Es la de aquella perezosa y temprana Rosie, vestida por el oro de su pelo, compartida con Tom-Fred, el burrero, y muchos otros lobos de mar, que cercana y nítida le habla desde el dormitorio de sus cenizas. En ese puerto y asilo, docenas de flotas han fondeado para el breve cielo de una noche, pero ella sólo le habla al adormilado Capitán Cat. Señora Probert...
           
                 Rosie Probert
del Callejón del Pato, Jack. Grazna dos veces y pregunta por Rosie


                Segunda voz
...es el gran amor de su vida marina en la que hubo mujeres en cardumen.


                 Rosie Probert (suavemente:)
¿Dime qué mares has visto,
Tom Cat, Tom Cat,
en tus días navegantes;
dime qué monstruos marinos
había en las verdes olas
cuando tú eras mi dueño
hace tanto, tanto tiempo?


              Capitan Cat
Te diré la verdad: mares
que ladraban como focas
mares azules y verdes,
mares cubiertos de anguilas
y tritones y ballenas.


            Rosie Probert
¿Cuáles mares navegaste,
viejo ballenero, cuando,
sobre las olas grasientas
que hay entre Frisco y Gales,
tú eras mi comandante?


            Capitan Cat
¡Que me muera si no es cierto!,
putita de su Tom Cat,
mi Rosita marinera,
tu, mi amor y mi alegría,
tú, la siempre llevadera,
la única novia mía:
mares verdes como arvejas,
mares que se deslizaban,
con cisnes entre las olas,
en la luna de las focas.


            Rosie Probert
¿Cuáles mares te mecían,
mi timonel, mi grumete,
mi marido favorito,
hambriento y de botas altas,
mi pato, mi ballenero,
mi querido, mi pichón,
mi confite marinero,
con mi nombre en la barriga,
en tus días de muchacho
hace tanto, tanto tiempo?


        Capitan Cat
Yo no te diré mentiras:
el único mar que he visto
es aquel mar de columpio
que juntos nos hamacaba.
Acuéstate, ponte cómoda,
quiero irme a pique en tus muslos.


          Rosie Probert
Llama con dos golpes fuertes
en la puerta de mi tumba
y pregunta por Rosie.


         Capitán Cat
Rosie Probert.


          Rosie Probert
Recuérdala.
Ella se está olvidando.
Hasta la tierra que llenó su boca
se está desvaneciendo.
Recuérdame.
Has entrado en mi olvido.
Me voy hacia lo oscuro de lo oscuro por siempre.
Ya me he olvidado hasta de que he nacido.
***
De un programa radial


 "¿Funciona este micrófono?, es uno de mis temores hablar a un micrófono que no funcione, y aquí estoy, vocalizando en el vacío... ¡Ni un alma me escucha!, uno de esos sueños kafkianos que le ocurren a todo el mundo,  ¿podéis oír algo, o grito?, ¡No pueden! ¡Lo sabía!, sabía que estaba destinado a ocurrir algún día. Bueno, esto no es una lección, sólo una lectura de poemas... (¿pueden oírme?, ¿está funcionando esta maldita cosa?, ¿se supone que debe funcionar?; de acuerdo, voy a hablar para que todo el mundo me pueda oír sin el micrófono, vamos a hacerlo sin estos malditos aparatos) -aplausos-.


         Esto es una lectura de poemas con algunos breves comentarios entremedio, que de todas maneras podrían no ser necesarios. Hay suficiente teoría poética ocurriendo aquí para que les dure por todas vuestras vidas, pero no queréis eso de mí. Tal vez podría manejar apropiadamente... preferiría manejar inapropiadamente una lección sobre poesía pero yo leo sólo los poemas que a mí me gustan, y no digo que sean buenos, lo cual significa por supuesto que tengo que leer muchos que no me gustan antes de encontrar los que me gustan, y cuando encuentro los que me gustan lo único que puedo decir es: aquí están. Todo lo que puedo hacer es leerlos en voz alta, para mí mismo o para cualquiera arrinconado voluntariamente como lo están ustedes... Voy a leer algunos poemas de Yeats, Hardy, Auden, los he elegido porque son directos y claros (espero que hayan sido oídos), y gradualmente iré descendiendo en mí mismo... -risas-, e incluso mi madre no podía decir que mi mente estuviera lúcida, y cuando digo incluso quiero decir especialmente mi madre -risas-. De paso, espero que nadie se vaya... y,  por favor, que nadie haga ninguna pregunta. No me importaría contestar, pero no puedo. Inclusive a tan simples preguntas como: ¿cuál es la relación entre la poesía, la sociedad... y la era pre-hidrógena? -risas-. Me gustaría ser capaz de responder preguntas fluidamente, ser capaz de hablar con brillantez, templadamente -risas-, pero, tan pronto como comienzo, tan pronto como... fantasmalmente, inarticuladamente atascado me lanzo a mí mismo en una frase que sé que no podré terminar nunca (como esta frase que ni siquiera he hecho) -risas-.


         Me descubro pensando en otras respuestas a otras preguntas, inclusive más interesantes que las preguntas supuestamente en discusión, de tal materia eh... Rilke y el patrón oro; Charles Morgan (novelista inglés, autor de “Retrato de un espejo”), mi personaje favorito de ficción -risas-; si cada hermafrodita o esquizofrénico ¿qué mitad les gusta? -risas-; o la influencia de W. C. Fields sobre Virginia Woolf -risas-..."
**
Imagen: Joan Miró

2 comentarios:

Pedro Donangelo dijo...

Las palabras según DT: no sólo una lectura placentera, imprescindible

Irene Gruss dijo...

Gracias, Emma y Pedro, por su visita; Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char