viernes, 4 de junio de 2010

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir


Yves Bonnefoy
(Tours, Francia, 1923)

Las ranas, la tarde

I

Roncas eran las voces
De las ranas en la tarde
Allá donde el agua del estanque, percolando sin ruido,
Brillaba entre la hierba

Y rojo era el cielo
En los limpios cristales
Todo un río la luna
Sobre el plano terrestre

Tomados o no de nuestras manos,
La misma abundancia.
Abiertos o cerrados nuestros ojos,
La misma luz.
***
II

Se entretenían, en la tarde
Sobre la terraza
De donde partían los caminos, de arena clara,
Del cielo inmesurable

Y tan desnuda ante ellos
Estaba la estrella
Tan próximo estaba su seno
Necesitado de labios

Que ellos se percataban
Que morir es sencillo,
Una rama separada por el oro
Del cuerpo ya maduro.

Una piedra

Mañanas que poseíamos,
Yo recogía las cenizas, llenaba
El balde, lo colocaba sobre la baldosa,
Con él regaba en toda la sala
El olor impenetrable de la menta

Oh recuerdo,
Tus árboles en flor ante el cielo
Se puede creer que nieva
Pero la luz del sol se extiende sobre el camino
El viento de la tarde derramaba su abundancia de chubascos.

Una piedra

Todo era pobre, desnudo, transfigurable
Nuestros muebles eran sencillos como las piedras
Tan sólo amábamos el saliente del muro
Fue ese espigón donde probábamos los mundos.

Desnudos, esa tarde
Los mismos de siempre, como la sed,
La misma tela roja, desgastada
Imagen, pasajera,
Nuestros inicios, nuestras prisas, nuestras confianzas.
***
La lluvia de verano

I

El más querido y no por eso
Menos cruel
De todos nuestros recuerdos, la lluvia de verano
Repentina, breve.

Salíamos, y era estar
En otro mundo
Nuestras bocas se embriagaban
Del olor de la hierba

Tierra
El manto de la lluvia se extendía sobre ti.
Aquello era como el seno
Que hubiese soñado un pintor.
***
II

Y de pronto en el cielo
Percibíamos
Ese oro que la alquimia
Había buscado tanto.

Lo tocábamos, brillante
Sobre las ramas bajas,
De aquello amábamos el gusto
Del agua, sobre nuestros labios.

Y cuando recogíamos
Ramas y hojas secas
Ese humo al final de la tarde, brusco, ese fuego,
Era también el oro.
***
En el mismo río

I
A veces toma el espejo
Entre el cielo y el cuarto
Entre sus manos el mínimo
Sol terrestre.

Y las cosas, los nombres
Es como si
Las voces, las esperanzas se divirtieran
En el mismo río.

Donde se puede soñar
Que las palabras no existen
Aguas debajo de ese río, río de paz,
Demasiado para el mundo,

Y hablar no es más
Que cortar el cuello
Del cordero que, confiado,
Se deja llevar por la palabra.
***
II

Soñar: que la belleza
Sea verdad, la evidencia
Misma, un niño
Que pasa, emocionado, bajo una troja.

Él se levanta y, feliz
De tanta luz,
Estira su mano para agarrar
La roja uva.
***
III

Y más tarde se entiende
Sólo con su voz
Como si anduviese desnudo
Por una playa

Y tuviese un espejo
Donde todo el cielo
Se abriera, a grandes rayos, que colorearan
Toda la tierra.

Él se detiene a veces,
Aquí o allá,
Su pie arrastra, distraídamente,
El agua sobre la arena.
***
PERO QUE SE CALLE ESA QUE VELA

Pero que se calle esa que vela todavía
En el hogar, su rostro caído entre las llamas
Que permanece sentada, careciendo de cuerpo

Que habla de mí con los labios cerrados,
Que se levanta y me llama, careciendo de carne,
Que se aleja abandonando su cuerpo dibujada,

Que ríe siempre, habiendo muerto la risa hace tiempo.
***
LA IMPERFECCIÓN ES LA CIMA

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,
Sucedía que la salvación sólo era posible a ese precio.

Arruinar el rostro desnudo que asciende en el mármol,
Machacar toda forma, toda belleza.

Amar la perfección porque ella es el umbral,
Pero negarla una vez conocida, olvidarla muerta

La imperfección es la cima.

**
Traducción: William Guaregua

2 comentarios:

maria del carmen colombo dijo...

Gracias por subir estos poemas: no los conocía. Un abrazo!

Irene Gruss dijo...

Gracias, Coto; otro para vos, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char