jueves, 14 de enero de 2010

Todo está como conviene

Paavo Haavikko
(Finlandia, 1931–2008)

El palacio de invierno
(fragmento)

Forjo imágenes en la plata,
una al lado de la otra,
de modo que de ella hablan las aristas de los tejados
rasgan aves y vientos, la hierba, los pájaros, la nieve
marchan rumbo al norte, muy pocas
son las fábricas una antena, espiral etérea,
o bien oído con dirección al viento, saludos y adiós,
un árbol, un árbol y un árbol,
ésta es una canción:
No logro ver el verde hasta que explosiona
y la primavera ha regresado,
el ave probó cantar y su voz se trabó se trabó,
la hierba inerme y una casa y en la casa
un hombre y una mujer,
un niño y un anciano nueve desgarros en el alma.
El sombrero giratorio de la chimenea y tres colores:
verde, negro y gris, la nieve fundente, el bosque,
los juncales, los botes y el río.
El abeto, el pino, el abedul,
los alisos, el sauce,
aquí la nuez crece del tamaño de un árbol.
Y la primavera ha regresado.
Durante largas semanas una mujer
respira hacia ella y exclama:
he nacido, soy una muchacha
y salgo sola y juego en frente de la casa.
Aves de madera con el pico enhiesto
y la primavera, todo lo que llego a decir
es que tanto en otoño como en primavera
las paredes se descascaran,
y la nieve, las aves y hierba
marchan rumbo al norte vuelven y
pasan por delante de nosotros
y las nubes se descascaran en el cielo,
y nadie llama calvo al sol,
¿mencioné ya que los árboles
y las ramas de los árboles,
y que el sauce arbustero y la nuez crecen aquí?
El andén de la estación florecía.
Al pasar por allí, el mundo colgaba de los pies,
sucesivamente, primero de uno y luego del otro,
y el pilar, desde la cornisa hasta el piso,
pendía como grueso cordón: esta blanca ciudad
es la escritura erguida de los arquitectos.
¿Cómo insertar aquí una pequeña conversación?
Ésta: Y el invierno llegó al auto blindado,
se instaló, se quedó por un tiempo y se marchó,
por aquí pasaron la nieve, las aves y la hierba,
y el invierno dejó los chanclos despanzurrados:
partió rumbo al norte,
¿acaso es uno de los que franquearon los Alpes?
No, no se trata de Aníbal.
Entonces, ¿es un elefante? No, no es un auto.
Pero ¿dónde está Aníbal?
No, no está de viaje.
Podéis sujetar con las dos manos
vuestros sombreros, si así lo queréis,
el viento tomó las aves, el mar se hincha,
los árboles enralecen,

O sea:
La parte antigua (1754-1762) es el Palacio de Invierno
y todo está como conviene,
el techo, el piso y
las paredes cubiertas con altas criaturas:
Venus, Júpiter y las mujeres de una cosecha generosa.
Aún puede verse que en el río
Beresina cayeron las cabezas y sombreros de muchos,
que la batalla de Borodino fue una victoria;
lo digo debajo de mis cabellos.
***

El vino escribe en verdad mejor que yo
en la botella vive un espíritu furioso
ves
ahí en el estante hay una fila de libros, grandes nombres
que él ha creado,
te ayuda
a tirar
de la noche
si quiere
así, cuando no queda ya mucho de ti
no mucho
¿ves cómo empieza a escribir?
Traducción: Francisco Uriz
***
Cómo me gusta el desinterés, llegar a todo desde él y salir de todo con él, porque en el desinterés se disfruta de lo que nos rodea, de lo que nos contiene y de lo que nos ata sin buscar una finalidad. Ahí es donde radica el valor del desinterés, en que no conlleva esa carga de rigor y voluntad con la que se acomenten las acciones o cosas con vocación de finalizarlas.

El mundo sucede, sucede el hombre, deviene inexorable la naturaleza y hay cosas que permanecen y otras que mutan... y yo mirando con desinterés, chupando el néctar de lo que me resulta superior y desdeñando lo que me parece inferior, sin otorgarles importancia ni al paso ni a lo que promete no perecer.

Todo sigue y seguirá cuando yo no lo mire... o nada existe ni aún posando mi mirada sobre ello. ¿A qué, entonces, hacer un esfuerzo que no sea de placer por las cosas y los seres? Sólo en gozarlo todo con desinterés veo un buen proyecto de vida... de vida satisfactoria que se enreda en un bucle de lo inacabado.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char