martes, 2 de agosto de 2011

Considera nuestras hambres de sonido

Tomada de http://www.festpoesiarosario.com.ar/
ELENA ANNIBALI

(Oncativo, Córdoba, 1978)

Antígona
Baja la voz, Ismene, que amanece.

Ambas sabemos lo que significa:
yo saldré de esta casa en ruinas,
descalza,
con el mustio seno trasluciéndose
a través de la negra túnica;
Saldré pisando los tiernos caracoles de la huerta,
el espectro gravoso de los guardias,
la maleza atónita de los jardines.

Saldré, de cualquier modo, a hacer lo mío:
apartar los cuervos,
enterrar a los hombres,
ahorcarme con el lazo de la cintura
que, de tan usado,
no asegura la muerte de nadie.

Ya no es, hermana, adolescente mi carne,
y no es, mi temperamento, tan dócil,
ni Hemón tan hermoso,
ni la línea de las tragedias tan puras.

Es ésta una farsa repetida hasta el asco,
un carrusel de los parques fantasmas.
Le regalo a otra, Ismene,
este papel gastado.
***
250810


no, mi casa no se derrumbó,
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno

todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo

éramos o somos
el pan corruptible

por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto

feroz, el ojo eligió
al Imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando

somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida

pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas

llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne

de ángel se pone el patio

detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón

hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?
***
Invocación tercera

Considera nuestras hambres de sonido, fémina etrusca.
Tú, apparizione, lanzada a la tierra, mírame:
a mí, que me puse en la boca el vientre oscuro de la cigarra,
que vertí en mi cabeza la verde conciencia del sapo en la charca,
yo que estuve esperándote, Madre, en medio de augurios
que algunas antenas emitían tristes,
como destellos.
He cruzado el campo para verte pasar, montando, iluminada,
he cruzado, herida de soledad y espanto,
para verte, Regina, con tu aura de neones.

No sé si tu patria es la Jerusalem o el Infierno,
pero traes un fuego aparte,
y mis huesos exhalan un olor a hongo y humedades,
porque se cumple en mí lo de todo mortal:
el deseo, la furia, la nostalgia, el desencanto.

Por eso abrázame como a una niña cautiva,
y dame la palabra que abra el mundo,
como un damasco pletórico en su edad,
como las negras rosas, a la hora de los crepúsculos.
***
hiroshima


paul w. tibbets pensó en lo innumerable que se volvería agosto
si lo dejaba crecer
desarrollarse
soportar el vapor inusual de los damascos
los graves gestos de los transportadores de agua
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de honshu

paul w. tibbets concluía
si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa
puede que mañana caigan dos o tres imperios
y acariciaba los perros de uranio

los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8.05
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido algo respiraba dentro del estómago del enola gay
algo que era un dragón de mil cabezas y una
agitándose multiplicándose
ahogándose muy dentro de sí
asfixiado de fuego

entonces algo remoto
ocurría en un extremo de la isla
un pájaro sacudiendo el plumaje brillante
sobre el hondo silencio
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo
y a las 8.10 wong nacía
wong que era pálido y tenía dos manos
y lloraba de veras sobre la cama de hospital
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche
luego los cereales giraban con el viento
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra
algo de girasol y azucena teñían los jardines
a pesar de la sangre y los desperdicios
de los soldados americanos que morían con una muerte japonesa
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera
y algo llegaba al borde de su gestación
little boy naciendo como wong
aunque del otro lado de wong
la parte negra de la vida
la que caía a las 8.15
la que formaba la rosa negra de los tiempos
la que arrasaba con el aire a través del aire
la enorme lágrima
en rosa en negro en rosa
hiroshima muriendo
hiroshima grave oscura aullando al cielo
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char