viernes, 21 de octubre de 2011

Debe ser abstracto

Jackson Pollock. Óleo
Wallace Stevens. Notas para una ficción suprema

Debe ser abstracto

I

Empieza, efebo, por percibir la idea
de esta invención, este mundo inventado,
la inconcebible idea del sol.

Debes hacerte de nuevo un hombre ignorante
y ver con ojo ignorante el sol de nuevo
y verlo claramente en la idea de sol.

Nunca supongas que una mente inventora es la fuente
de esta idea ni compongas para esa mente
un voluminoso dueño envuelto en su fuego.

Qué limpio el sol cuando visto en su idea,
lavado en la más remota limipieza de un cielo
que nos ha expulsado con nuestras imágenes....

La muerte de un dios es la muerte de todos.
Yazga el purpúreo Febo en cosecha umbría,
dormite y muera Febo en umbría otoñal,

Febo ha muerto, efebo. Pero Febo fue
un nombre para algo que nunca pudo nombrarse.
Había un proyecto para el sol y lo hay.

Hay un proyecto para el sol. El sol
no debe tener nombre, florecedor de oro, sino ser
en la dificultad de lo que él va a ser.

Trad.: Jesús Vega
***
Debe dar placer

VI

Cuando a la medianoche larga el Canónigo se fue a dormir
y las cosas normales a bostezos se hubieron hecho desaparecer,
la nada era una desnudez, un punto,

más allá del que los hechos no podían progresar como hechos.
Por consiguiente el saber del hombre concibió
una vez más las pálidas iluminaciones de la noche, el oro

por debajo, muy por debajo, de la superficie de
su ojo y audible en la montaña de
su oído, el material mismo de su mente.

De modo que él era las alas ascendientes que veía
e iba sobre ellas por los astros exteriores de las órbitas
descendiendo al lecho de las niñas, sobre el que

yacían. Entonces con enorme patética fuerza
voló directamente a la corona extrema de la noche.
La nada era una desnudez, un punto

más allá del que el pensamiento no podía progresar como pensamiento
Tenía que elegir. Pero no era una elección
entre cosas que se excluyen. No era una elección

entre, sino de. Eligió incluir las cosas
que están una en otra incluidas, el todo,
la complicada, la acumuladora armonía.

Trad.: Jesús Vega 
***
Domingo en la manaña

I

El gusto de la bata, y el café
Muy tarde y las naranjas en una silla al sol,
Y la verde libertad de un papagayo
Sobre un tapete confundido para disipar
El sagrado silencio del antiguo sacrificio
Ella sueña un poco, y siente la oscura
Intrusión de esa antigua catástrofe.
Como una agua tranquila entre las luces del agua
Las ácidas naranjas y las brillantes, verdes alas
Son como partes de fúnebre cortejo,
Serpenteando a través del agua, sin ruido.
El agua es anchurosa, sin ruido,
Aquietada por el paso de sus pies soñadores
Sobre los mares, hacia la silenciosa Palestina,
Reino de la sangre y el sepulcro.
***
II

¿Por qué habría de entregar su bondad a los muertos?
¿Qué es la divinidad si sólo puede
Llegar en silenciosas sombras y en sueño?
¿Acaso no debe encontrar en el gusto por el sol,
En la ácida fruta y en las brillantes, verdes alas, o
En cualquier otro bálsamo o belleza de la tierra,
Cosas para ser celebradas como el pensamiento del cielo?
La Divinidad debe vivir dentro de sí misma:
Pasiones de la lluvia o estados de ánimo con la nieve
    que cae;
Lamentos en soledad o en indómitos
Júbilos cuando reverdece el bosque; emociones
Borrascosas sobre húmedos caminos en noches de otoño;
Todos los placeres y todos los dolores, recordando
La rama del verano y el ramaje invernal.
Éstas son las medidas consagradas a su alma.
***
III

En las nubes tuvo Júpiter su nacimiento inhumano.
Ninguna madre lo amamantó, ninguna tierra grata dio
Señorío a su mítico pensamiento.
Actuó entre nosotros como un rey gruñón y
Magnificente actuaría entre sus siervos,
Hasta que nuestra sangre, mezclándose, virginal,
Con el cielo, trajo tal recompensa al deseo
Que los mismos siervos lo descubrieron en una estrella.
¿Fallará nuestra sangre? ¿O se convertirá en sangre
Del paraíso? ¿y se parecerá la tierra
Al paraíso que conocemos?
Será más amistoso el cielo que ahora,
Una parte de trabajo y una parte de pena,
Y cercano a la gloria el amor perdurable
No esta tristeza indiferente y que divide.

Trad.: Miguel Ángel Flores
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char