sábado, 14 de marzo de 2009

El viejo fauno


LA FORNICACIÓN ES UN PÁJARO LÚGUBRE
de Abelardo Castillo
(Fragmento)

A Henry Miller,
in memorian

(...)
Y ahora, por favor, silencio.

Debí vivir cuarenta y cinco años para comprender el sentido cabal de las palabras: hacer el amor. Yo recuerdo que de chico, en los libros, hacer el amor significaba otra cosa. Hacer el amor era hablar de amor, cortejar. Todo cambia, por supuesto. Ya a los ocho años yo descubrí, sin demasiado dolor, que hay que estar preparado para despertarse, cada mañana, en una casa que no es más la nuestra, ni volverá a serlo nunca. De esa época, creo, viene mi confianza en las palabras y mi amor por los viejos libros. Los libros, para mí, eran el bosque sagrado donde las cosas sucedían sin pasar por el tiempo, eran como remansos de la realidad. Pudo desaparecer Troya, podían haberse podrido los barcos y los hombres que la asolaron y la defendieron, podía el bronce de la que fue una espada haberse ido degradando hasta este adorno de bibelot en esta pieza de hotel, pero siempre quedaba un lugar donde unos versos rearmaban el intacto escudo de Ulises, la frente de Helena, el mar color de vino. Mi madre no estaba, mi padre dejaría de cuidar sus rosas algún día, yo mismo me iba a ir; pero quedaban para siempre ese arco que seguía siendo tensado por un rey, y la flecha que atraviesa el ojo de las hachas. Las palabras no podían corromperse; no eran cosas. Las palabras eran el origen y el espejo de las cosas. Después crecí. Y un día, ante mi asombro, una muchacha tan joven como Agustina le estaba susurrando a un muchacho que era yo algo que él no entendía. Esa noche, Bender durmió solo. Pero desde esa noche “hacer el amor” significó brutalmente acostarse con una mujer. Confieso que me sentí ofendido. Era, me pareció, un abuso del lenguaje. Después seguí creciendo. Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué, rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solitariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor. Yo creo que las mujeres lo saben, y por eso a veces fijan con desconsuelo su mirada en mi bragueta, como desde lejos, con los mismos ojos milenarios que tenía mamá cuando planchaba y yo jugaba a descuartizarme o a ser el señor Valdemar derretido, y cuando les pregunto qué pasa, ellas dicen que a los tipos como Bender habría que cortarles la cuestión con una lata oxidada. No sé, a lo mejor todas las mujeres saben todo y es cierto nomás que los hombres somos seres inferiores e incompletos. De cualquier modo, algo descubrió Bender la tarde del 10 de junio de 1980; algo empiezo yo a descubrir ahora. Mientras voy doblando dulcemente hacia atrás el cuerpo de Agustina y me oigo decirle que no hable, que no piense, mientras la tiendo muy suavemente como a un objeto muy frágil sobre el brillante acolchado azul de la cama donde su cuerpo titila como una constelación que hubiera adoptado la forma de una mujer, he comenzado a develar el verdadero sentido de las palabras hacer el amor. Hacer el amor, amarlo, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo, es desafiar nuevamente a Dios. El árbol vedado del remoto monte del Abuelo, antes que ningún otro conocimiento, enseñaba esa peligrosa sabiduría, y es así que todavía hay un ángel castrado entre las plantas amenazando los genitales de los hombres con una espada de fuego. Hacer el amor es robarle la mujer a Dios. Porque para armar el amor y habitarlo, hay, antes, que crear a la mujer, hacerla. La mujer es una casa construida según la lenta albañilería de algún hombre. No me apures, Agustina, no te apures, esto que se está haciendo como un dibujo bajo la lluvia tiene sus leyes y sus ritmos, no es el amor, pero hay que escandirlo amorosamente como un verso. El amor no puede hacerse en unas horas, como yo creía, ni en semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho, sin saber cómo se hace, hay muchachas y muchachos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga, sin abrir una ventana, hay generaciones y pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos hasta lo blando de los huesos, sin darles tiempo a reunir los materiales de hacer el amor, ahora mismo, mientras mi boca en tu oreja y tu boca de ahogada en mi cuello y mi mano subiendo por los contornos de médano de su cuerpo, hay, sobre la húmeda y eléctrica piedra lustral de un sótano, en una cárcel, una adolescente roja que ya no va a temblar nunca con el temblor que ahora percibo bajo mis dedos como una caliente arena fina por la que pasara un río subterráneo. Vientres pateados, sexos deshechos, martirizadas bocas de dientes rotos, Agustina, ruinas nupciales, pedazos de parejas muertas que nunca van a sentir lo que por primera vez estás sintiendo ahora, este miedo dulce de ir cayendo hacia el centro de vos misma que hace rodar de un lado a otro en la oscuridad tu cabeza sobre la almohada, que te hace decir qué, qué me pasa, manos mutiladas que estuvieron vivas y que ya no encontrarán lo que tu mano, de pronto inexperta, busca entre mis piernas, hombres que tuvieron piernas y un sexo para usar entre las piernas, matas de cabello de mujer que no llenarán nunca el puño de un varón, puños de varón que nunca más empujarán con dulce brutalidad la cabeza de una muchacha hasta la consentida sumisión, hasta la ambigua servidumbre que sólo la hembra del varón aprende, que no conocen las bestias ni los ángeles, pero que Agustina ahora no acepta, de rodillas sobre la alfombra y con las manos juntas como una mantis religiosa, volviendo a sacudir de un lado a otro la cabeza como si rezara, apretando los dientes acaso por el súbito horror de querer arrancarme el sexo de las entrañas, por primera vez no acepta, mientras Bender de pie sonríe y acaricia con cuidado y suavidad su cuello, como quien amansa un animalito cerril, le cubre dulcemente las orejas con las manos, se arrodilla junto a ella y le besa las lágrimas, la distrae, y como si jugara la va tendiendo sobre el piso y la abre como a un cauce mientras Agustina murmura por qué acá, por qué así, y él le dice que se calle, que no hay que pensar, que escuche, que escuche cómo cae la lluvia.

La del alba sería cuando Bender, mustio y desmejorado, se paró frente a un bar de la calle Pozos. Solo con su alma. Sigue lloviendo. Es una mañana gris como la que, hace cuatrocientos años, le inspiró a don Pedro de Mendoza la gigantesca broma de llamarle Buenos Aires a este pantano. Las gacelas del Valle de Nourjahad no tenían los ojos más grandes que Agustina esta mañana. Cuando lo miró por última vez, sin saberlo. Dos sonámbulos maelström violetas donde naufragará, uno de estos días, el corazón desarbolado de un adolescente que me llamará viejo verde. Debo constatar, en casa, si aún me queda algo sólido en la delicada bolsa del escroto. Me he pasado exactamente medio día en la cama. Doce horas. Irreparable pérdida. Homúnculos que podrían haber repoblado la Tierra, en caso de necesidad. Bender, frente a esa puerta. Con el dinero justo para beberse un whisky matutino, medicinal y acaso póstumo, o para tomarse un taxi hasta Parque Centenario. Entro y abro el diario. Pero antes de abrir el diario veo lo que veo. Un joven matrimonio, enfrente. Llevan canastitos, sillas plegables, bidones. Veo dos bicicletas, una con sidecar. Esos dos no creen en la llovizna, van de picnic. Es feriado y tienen perro. Ponen dos niñas en el sidecar. Bender recuerda algo que le atañe. ¿Le atañe? O a lo mejor allá enfrente no llovizna, allá, en el mundo real. Un whisky doble, dice Bender. Murió a los 88 años, dice el diario. Allá están, desde hace veinticuatro horas, el titular, la noticia y la fotografía. Bender mira la cara del viejo, sus ojos de fauno, su boca sensual. Esa expresión divertida y maligna. Bender mira ahora su gran frente ascética, rapada, austera como un domo. Frente de lama tibetano. Esa cabeza y esos labios deben de haber combatido duro por apoderarse de su alma. Hay caras que no son caras, son campos de batalla. En la vereda de enfrente, la pareja que tiene un sol propio para los días de lluvia ha subido a sus bicicletas, el perro mueve la cola. Son salutíferos y a su modo eróticos. Hacen asado en el fondo. Su felicidad es del tamaño de un huevito de paloma, pero ellos la protegen de la lluvia. Y la empollan. Sábados y domingos. Porque así también era el mundo en tiempos de Bender, querido lector.
El viejo fauno lo miraba desde el diario no sin cierta socarronería.
—A tu salud, abuelo —ha dicho Bender alzando el vaso y mirando la cara del viejo—. A tu salud, y cada cual a su manera.
Un gran pájaro negro, arrastrado por la tempestad, entró en el bar. Bender sintió unas uñas clavadas firmemente en su hombro, bebió y miró plegarse en el suelo la sombra de unas alas.

Copy: Abelardo Castillo.
Extraído de: Abanico de Biblioteca Nacional.
Crédito foto: Alejandra López.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char