jueves, 4 de febrero de 2010

¡Dadme la lira, dádmela!


Anacreónticas

ANACREONTE
(Grecia, 570 a.C.-478 a.C)
(Fragmentos)


Dadme la lira de Homero, pero sin cuerdas teñidas de sangre;
traedme las copas sobre las cuales reine la ley del
(festín;
traédmelas; mezclaré en ellas el vino, siguiendo las reglas
consagradas; quiero embriagarme, bailar y jugar un rato;
quiero entonar el canto báquico sobre la lira con mi voz más
fuerte. Dadme la lira de Homero, pero sin sus cuerdas manchadas
de sangre.
Los caballos llevan en sus costados una marca
(impresa al fuego.
Los partos son fáciles de reconocer por su tiara. Yo, por mi parte,
se descubrir enseguida a los amantes. Llevan, en el fondo del
alma, una marca muy leve.
Ea, muchacho, tráenos una jarra para bebérnosla de
un trago sirviéndonos
diez medidas de agua y de vino cinco cazos para que
yo pueda otra vez divertirme
sin barbarie.
Ea, otra vez, no sigamos de este modo, entre pito y gritos bebiendo
como los escitas, sino entre bellos cantos bebiendo
(con moderación.
Otra vez Eros de cabellos de oro me alcanza con su pelota purpúrea y me
invita a jugar con una muchacha de sandalias
(multicolores. Pero ella, como es de
la bella isla de Lesbos, desprecia mis cabellos
(porque son blancos y abre su
boca en busca de otros.
A Cleóbulo amo, por Cleóbulo enloquezco, a Cleó
(bulo vuelvo mi mirada.
De nuevo amo y no amo, estoy loco y no estoy loco.
Canosas están mis sienes, blanca mi cabeza; ha
huido de mí la juventud
graciosa, están viejos mis dientes, y de la dulce vida
(me queda ya poco tiempo.
Por eso lloro muchas veces, temeroso del Tártaro.
(Pues es terrible el abismo de
Hades y dolorosa la bajada hasta él; es bien cierto
(que el que baja no sube.
***
SAFO de Mitilene
(Lesbos, siglo VII a.C.),


VAMOS, DIVINA LIRA…

Vamos, divina lira,
hazte parlera para mí.

Fragmento 103 D. Traducción de Carlos García Gual.
***
RUBÉN DARÍO
(Nicaragua, 1867-1916)

Mientras tenéis, ¡oh negros corazones!,

Mientras tenéis, ¡oh negros corazones!
conciliábulos de odio y de miseria,
el órgano de amor niega sus sones.

Cantad, oíd: "La vida es dulce y seria".
Para ti, pensador meditabundo,
pálido de sentirte tan divino,
es más hostil la parte agria del mundo.

Pero tu carne es pan, tu sangre es vino.
Dejad pasar la noche de la cena
-¡Oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!-y
la pasión del vulgo que condena.

Un gran Apocalipsis horas futuras llena.
¡Ya surgirá vuestro Pegaso blanco!
***
MARIANO JOSÉ DE LARRA
(España,1809-1837)

Toma esa sucia plata,
toma, platero, ese oro,
y en el ferrado yunque
suena el martillo tosco.
Cansa el metal
sonante, y al golpe ponderoso
la denegrida fragua
retumbe en ecos broncos.
No con pesada mano
de un casco fragoroso
ni de bruñida cota
dibujes los contornos
donde Mavorte fiero
con el semblante torvo
anime a la refriega
sanguinario loco.
Hazme, platero, un vaso
cóncavo, igual, redondo,
donde beber yo pueda
del jugo más sabroso;
del que nos dan las uvas
en el templado otoño,
y sobre todo hazlo
cuanto pudieres hondo.
Con el buril esculpe
en su luciente dorso
no de feroz guerrero
el atezado rostro.
Ni el brazo peregrino
del extranjero corso,
en Austerlitz y en Lodi
y en Jena victorioso.
Ni el rayo que obediente,
presagiador de lloro,
llena a su voz terrible
de espanto el orbe todo.
Ni el bronce ya homicida
que con fragor sonoro
muerte despide y luto
entre el ardido plomo.
Ni el mentecato grave
que en el papel añoso
mentidos bienes busca
bajo su antiguo polvo.
Graba mi rostro alegre
vertiendo risa y gozo
al delicado aspecto
del jerezano mosto.
Y a Baco el rubio grano
pisando allí afanoso,
sacando del racimo
el zumo blanco y rojo.
Y amor también que juegue
con pámpanos hojosos
y entre la cepa umbría
se esconda con su dolo.
Y allí Célida hermosa
vertiendo vino en torno,
y alma prestando y fuego,
y vida al cuadro todo.
Burlando ya mis penas,
secando ya mi lloro,
o ardiendo en puras llamas
a los robustos mozos.
Y así de honores tantos
si le fabricas pronto,
te llenen los mortales
de tu vivir celosos;
como abundantes tragos
con el tazón lustroso
del tinto Valdepeñas
he de vaciar beodo.

Abril 1829
***
JOSE MARÍA HEREDIA
(Cuba, 1803–1839)


NIÁGARA

Dadme mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida y agitada
arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz…! Niágara undoso,
sola tu faz sublime ya podría
tornarme el don divino que ensañada
me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, acalla
tu trueno aterrador; disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan,
y déjame mirar tu faz serena,
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte; siempre
lo común y mezquino desdeñando,
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé; vi el Océano
azotado del austro proceloso
combatir mi bajel, y ante mis plantas
sus abismos abrir, y amé el peligro
y sus iras amé; mas su fiereza
en mi alma no dejara
la profunda impresión que tu grandeza.
Corres sereno y majestuoso, y luego,
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino, irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la sirte rugiente
la aterradora faz? El alma mía
en vagos pensamientos se confunde
al contemplar la férvida corriente,
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde oscuro
del precipicio altísimo; mil olas,
cual pensamiento rápidas pasando,
chocan y se enfurecen,
y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
y entre espuma y fragor desaparecen.
Mas llegas, saltan. El abismo horrendo
devora los torrentes despeñados
crúzanse en él mil iris, y asordados
vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
rómpese el agua y salta, y una nube
de revueltos vapores
cubre el abismo en remolinos, sube,
gira en torno, al cielo
cual pirámide inmensa se levanta,
y por sobre los bosques que le cercan
al solitario cazador espanta.
Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista,
con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, crecen,
y al soplo de la brisa del Océano
bajo un cielo purísimo se mecen?
Este recuerdo a mi pesar me viene…
Nada, ¡oh Niágara!, falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma y mirto, y delicada rosa,
muelle placer inspiren y ocio blando
en frívolo jardín; a ti la suerte
guarda más digno objeto y más sublime.
El alma libre, generosa y fuerte
viene, te ve, se asombra,
menosprecia los frívolos deleites
y aun se siente elevar cuando te nombra.
¡Dios, Dios de la verdad!, en otros climas
vi monstruos execrables
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impío,
los campos inundar con sangre y llanto
de hermanos atizar la infanda guerra
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte,
vi mentidos filósofos, que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte,
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso siempre te buscó mi mente
en la sublime soledad; ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta inmensidad que me circunda,
y tu profunda voz baja a mi seno
de este raudal en el eterno trueno.
¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista mi ánimo enajena
y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
hace que al recibirte
no rebose en la tierra el Océano?
Abrió el Señor su mano omnipotente,
cubrió su faz de nubes agitadas,
dio su voz a tus aguas despeñadas
y ornó con su arco tu terrible frente.
Miro tus aguas que incansables corren,
como el largo torrente de los siglos
rueda en la eternidad: así del hombre
pasan volando los floridos días
y despierta el dolor... ¡Ay!, ya agotada
siento mi juventud, mi faz marchita,
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente de dolor nublada.
Nunca tanto sentí como este día
mi mísero aislamiento, mi abandono,
mi lamentable desamor… ¿Podría
un alma apasionada y borrascosa
sin amor ser feliz…? ¡Oh! ¡Si una hermosa
digna de mí me amase
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y mi andar solitario acompañase!
¡Cuál gozara al mirar su faz cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla en mis amantes brazos…!
¡Delirios de virtud…! ¡Ay!, desterrado,
sin patria, sin amores,
sólo miro ante mí llanto y dolores.
¡Niágara poderoso!
Oye mi última voz; en pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! Pueda, piadoso,
al contemplar su faz algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía.
Y yo, al hundirse el sol en Occidente,
vuele gozoso do el Creador me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama
alce en las nubes la radiosa frente.

4 comentarios:

sibila dijo...

bien, bien. lindo talle especial.
gracias, irene.

Irene Gruss dijo...

Gracias, Sibila, Irene

mariano alejandro dijo...

Irene he vuelto de Valparaiso. Tengo blog . Abrazo enorme.

Irene Gruss dijo...

Mariano, bienvenido de ah, Valparaíso, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char