martes, 21 de septiembre de 2010

En la habitación vacía se oía una campana

Algo más de LORENZO GARCÍA VEGA
(Jagüey Grande, Cuba, 1926. Reside en Estados Unidos desde finales de la década de 1960)


Sumergido en la esquina de la siesta irrrumpió un toro, corriendo. Pero era raro. Parecía como un gran insecto, hecho con tela de paraguas.
Me embistió. Grité. Me desperté.
Pero ¿existió ese toro, o yo lo inventé como excusa para despertar?
¿Qué vida es la que estoy viviendo?
***

Son los viajes que no supe vivir. Rincones de sombra quedaron, pegados a las paredes de los hoteles donde estuve.
Un zombie, que al ponerlo en el suelo no sabía hacia donde ir.
Mi vida dentro de un quirófano. Titulares, ya borrosos, sobre lamentables zonas en que no supe vivir. Un día Otoñal, con sombras. Ya se perdió. Pero en ese día -¿por qué?- fue como si todo se hubiese descubierto. Pero ¿qué fue lo que se descubrió?
Superpuesto el gran gancho negro, a la pared del hospital.
Graffiti para ser visto por espectros.
Agrandó ese graffiti que acabó de soñar. Después, lo miró.
"Autobús para la memoria". Un título.
La esperanza, en una isla donde no hay nadie.
Al despertar, sueño con papalotes.
Y una cita de Sandor Márai: "Es como la sordera. Como la sordera de alguien que conoce las notas musicales que está tocando, pero que no oye los sonidos".
***
ALARMA

¿Y el público dónde está?
Ranitas cantando, matojos, en la noche de Caracas. Había llovido por la tarde.
Lo que ahí puede estar viviendo es una zona ciencia-ficción: detrás del cuerpo, aunque interior, dentro del cuerpo entonces.
En la habitación vacía se oía una campana.
Leía, en cuero, un libro de poemas. ¿Quién?
Se lleva hasta el final, ¿qué?
Casa grandísima.
Extendidos. Los brazos extendidos. En la habitación vacía se oía una campana. Hay alguna preocupación por el tamaño del pene.
 ¿Tiene, necesariamente, que haber alguien más?
Las ranitas, y las ranitas, cantando. Los matojos estaban llenos de agua. ¿Por qué, seriamente, nunca he pensado en el suicidio? ¿Qué relación pudo haber?
Se estaba en una casa vieja, de madera.
Hoy es 9 de septiembre, y se estuvo en una vieja casa de madera.
En Caracas, cuando estuve en Caracas, fue cuano oí a las ranitas. Cantando, el agua, toda la noche.
Una casa, sabor de madera ahora, en este momento donde no se me ocurre pensar en el suicidio, pero en que no tengo nada que hacer.
Nada que hacer, ni nada que decir.
La comparación era entre el canto de las ranitas y la campana dentro del cuarto vacío. Pero ¿de qué relación se trataba?
La alarma es por mi muerte, pero yo no la acabo de oír.
**
Tomados de su blog Ping-Pong Zuihitsu.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char