miércoles, 22 de julio de 2009

Lentitud de quien persigue


Algunos pocos poemas
de REYNALDO JIMÉNEZ
y una entrevista
(Perú, 1959; reside en Buenos Aires, Argentina, desde 1963)


RETORNO EN CAÍDA DE LA CENIZA AL HUESO,
soltar la guerra quiero: adonde vaya, al paso
en los recuerdos sale, lapsos, sarros de nadie.

dejar atrás todo dominio sin que la súplica
estados de su espuela rija nuestras sangres
mezcladas con tamices hijas de la hoguera.

pero en reinos del tributo una matriz sigue vedada:
ante el propio iluminado, abismo su mirada, dios
de sí absorbe ausencia, ración de alerta cada día.

en campo de minas de un minotauro tropecé, de ira
mostré el colmillo o el escudo. su pupila de anciano
simia era además la de una niña de un año.

con vergüenza pánica escurrí entre los puestos
del mercado: así como el big bang sin el espasmo
no sería, años luz eyaculan, el eco de pasos hace al recinto,

el gesto al destino: la resonancia en el acto, hueca
permanece, lentitud de quien persigue: la duda nada
sin el doloroso dorso del don de parir sabiéndolo:

¡bendita ira que despiertas, en tanto hachazo
de certeza! aún innómine el desierto en que no supe
ante la sacra flora prosternar, guirnalda de apenas ojos

aplacara al Tirano que roe, inseguro comedor
de sus miembros: “cuánto más he de perderte,
paciencia, en la santísima batalla que acapara!”.

pero sumido igual, en ileso hechizo
de costumbres, esta danza
trazo, muerdo el freno.
***
Regreso del pródigo

Atravesar las circunstancias del orbe alrededor
en su infinita lumbre encinta, y a cada recodo dar
tres pasos de cangrejo y retraer las pinzas al contacto
del más afilado cardumen del espejo, para entrar
en la parte más quieta del jardín, adonde el día
brilla, ángel de perseguidas cabelleras,
líquen ante la espera de la fértil espesura
o dama nuba con la danza a flor de piel
hasta este solo punto instante irrepetible.

No he sido sino hijo, y apenas puente entre abras
asustadas a manera de ínfimos venados
en la sangre, al estar tanto así como en la duda
o su resina de harta
o su ensarte primitivo tambor que devora.
Si calandrias y lechuzas se han volado
del cerco aparente en la perdida calle
adonde sigo de pie cómo se sigue despierto,
como se sigue perdiendo de vista el trueno
vuelto presencia por el eco.

Ignoro a qué regreso; sólo ignoro. Salgo
de la entraña del ancestro, de quien llevo rostros
superpuestos y enmascaro
con sus otras faces eclipses desiguales
e imanto la plegaria de un niño al desmadre.
Desplegado cuero de anta envolvente y estrellar,
su noche involucra altísimas copas con la ciega
esfera cuyo poder habla raíces del oír
y escucha en el plexo el ara concéntrica.

Atención de la espera, sin más
pregunta que la piel abierta.

Otro hambre desolla en las hogueras
familiares, la noche aún prescinde
de su exploradora
mirada, el conteo de las horas acumula
resabios de resaca y tras la lámina
del saqueo lúcido aparece el cuerpo
de los dioses en la diosa.

Pero han volado; los puentes han volado.
Del estro las alas y los puentes y las flores.
Montañas y montañas para apenas extraer
la pepita sola de ausencia, diamante
del fruto que aguza el sentido hacia su hueso
hecho de ríos
al concurrir a un abismo.

Y este abismo se desprende de los muelles,
con las partículas del diálogo entre
trasfondos que no obedecen,
caras cartas marcadas a su orilla
se desplazan en naves que no ves,
pues el abrazo de amor perdura oculto
más allá y en los amantes,
mariposa de ambos vueltos otros.

Madrigueras,
voces en los roces de las luces.

El oro de desnudez florece
a la vista y hace agua
a la boca que desea, presa
de esa pregunta primera
del amante del día por fin a solas
con su diamante, su mortal
alegría.
***

LO INEXACTO
(fragmento)

a Carlos Riccardo

¿A qué llaman muerte; a qué risa? Todavía el cosquilleo. Disuelta la espalda, el reojo hacia el aire abismal, la mano menos humana. La portadora era el contacto, que se precia de hacerse una vez y otra inaferrable. ¿A qué llamo? —remito al ojo que esculpe disolvencia. ¿A evidencia rasgada, nunca harta, limítrofe alegría de morder trofeos?
voy atravesando el miraje
mortalmente lúcido no sé de qué sería dueño
si no del parpadeo que se evade por la herida
al despertar
se conoce entremezclar así las pausas
del día mientras escurre sobre la mesa
las cuatro patas de la cama la compañía del boscaje
allá él el vidrio si él no suelta a él
atravesado soy la ría y subes misma contigo
al espeso campo de sonido que se cruza
sobre la piel o contra el hueso-luz del que surgen
tus otros cuerpos eclipsando el movimiento
se desconoce es un decir hasta que algas
del pensamiento quedan flotar sin permanencia
para alegría del plancton primordial que está en tu
piel y que al tocarlo evoca esta frescura acre
ácido de lamerte pruebo y te visito de sedas
serpentinas que evaporan madrépora
envuelta en la espesura habitante suelta
en el espacio de mirarte la inquietud
con que deliran las cosas a su dicha
***

ding-a-ling
(Fragmento)

tercia este abismo que no cuadra
ni cuaja demasiado el buen
azote del poniente, al deponer
a las mareas, que llegan, de súbito
dorsales a la fiesta y arman estro-
picio brutalmente cual si fieras,
mientras roe un solo punto de cabeza
en el martillo drástico que hunde
en la espesura lumbre, al sur del más
allá donde se esconde la íntima
rosa pánica del cuerpo que a esa llama
un tanto ciega del instante responde,
polvillo atómico antes o después
de fijarse en la revuelta.
porque se trata de un volver, eso
no duda, y se confisca al cuello
de la pregunta que salpica un ojo
con espuma del costado ajena,
asemeja a un payador desposeído,
harto de radar unos suplicios
ínfimos, la floja lucha contra el muro
de impenetrable lamentar, madre-
selva el untado cuero, en celo
sacrificial el tenue
corazón de las mesuras
al viento, guirnalda para orar.
pero tanto no alcanza ni gradúa
al micrón de la onda innómine,
ni al pase del asunto en paralelas
dejándose vías desleer, en la
promesa que apoya
en la mesa el codo y tras
la aspereza de lodo entera
de la pereza con que
reza, porque
bosteza dulcemente, es
un trámite entre gente que
pendiente al parecer perece,
gemina el trasluz a ritmo soul
en toda cosa.

***
Entrevista realizada en España, con motivo de la presentación, de la mano de la editorial Masmédula, de su libro La curva del eco, 2008.

Revista GQ -Comparado con la poesía cosmética que tanto prolifera, de mera vocación estética, La curva del eco es una lectura, digamos, "difícil". ¿Eres consciente? ¿Te preocupa?
Reynaldo Jiménez -Desconozco en detalle la poesía actual en España pero lo que suelo encontrar en la poesía latinoamericana que se publica hoy, es cierto descuido de las formas. No sé si a eso te refieres con poesía cosmética, porque lo que veo es menos la atención a las formas que una especie de obsesión por "decir toda la verdad". Esto no siempre resulta en mayor conciencia de la materia verbal como el elemento que corporiza los fraseos y las imágenes. Las formas que hacen a la composición del poema se ven por lo general desatendidas en pro de urgencias autoexpresivas. Lo veo como recaída en un pseudo romanticismo, ahora alicaído por falta de conciencia de sus medios y tradiciones. Y sobre todo en relación a los aportes movilizadores de las vanguardias del siglo XX, así como en vistas al conocimiento ‹camino abierto y por ende siempre explorable de las funciones arcaicas de la poesía. En cuanto a la quizá demostrable dificultad de mi poesía en algunas instancias (juro en todo caso que no es adrede) no me queda sino abrigarme al amparo de Lezama, quien ha dicho Sólo lo difícil es estimulante. Admito con ternura y estremecimiento su desafiante matiz.
GQ -Utilizas la voz poética como una herramienta de exploración, interior y exterior. ¿Es una percepción acertada?
RJ -Sí. Creo en la gestación de una lengua poética como una posibilidad de exploración interna, espiritual. Y en ese ahondamiento, sin embargo, reconozco también la insurgencia de la búsqueda exterior, es decir la indagación por un sentido en el mundo.
GQ -La primera parte de tu libro parece un intento de aprehender lo vivido, de convertir el pasado en una experiencia utilizable y de convertir esa experiencia en conocimiento. Y la segunda parte parece servirse de ese conocimiento adquirido para (re)definir el "yo", para declararte tú mismo.
¿Es esa la función de la poesía: definirse a través del mundo y definir el mundo a través de uno?
RJ -No veo tan tajante esa división del libro en dos partes. Gradualmente –ya que se fue escribiendo a lo largo de diez años– noté al momento de ensamblarlo que se trata de varios libros, breves casi todos, excepto dos poemas extensos compuestos de diversos "cantos" cada uno. Veo La curva del eco como una baraja para distintos juegos. Éstos ya dependerían de la voluntad imaginaria y el ánimo de cada cual. El libro empieza con una visión en sobrevuelo del planeta y luego de varias estancias ‹en la soledad, en la pregunta por la segunda persona, en la tensión con la especie, en los vínculos con los diversos reinos de la realidad‹ desemboca en la imagen del estanque y los renacuajos, en el poema final. Planetas y burbujas. La función posible de la poesía a la que suscribo indudablemente participa de esa dialéctica entre Uno y Múltiple. Entre Alguien, Nadie y Quién.
GQ -El sujeto (el gramatical) más usado en la primera parte es "tú", y en la segunda, "yo". ¿Interactuar con el otro es lo que llena de sentido lo que uno es?
RJ -No hay reserva de identidad en esos pronombres. Hay en cambio deslizamientos del ser o del "poder ser". Vacilaciones, saltos mortales. Incluso ornamentos pero a la manera de entrelazos mántricos, provocadores de resonancias más que de emociones separativas. Algo también de aquello tan vívido de Brian Eno y sus estrategias oblicuas. Escribir un poema es componer una pieza: en esa dinámica se insertan los pronombres. Son y no son entes "reales".
Corresponden y no corresponden a una realidad previa (o posterior). Espero contribuir en alguna medida a ampliar la realidad en vez de "expresarla" (valga esto para lo personal como para lo social). Claro que interactuar es lo que aporta sentido ‹aunque quizá nunca lo colme a ese Quién que "uno es". Pero la poesía constituye una tremenda desmentida de toda identidad que se pretenda fija o definitiva. Siendo la poesía un pensar en devenir, a través de una configuración expresiva mediante la materia verbal en pro de la continua gestación de una lengua poética (una lengua otra, un pajarístico según sugiere el poeta chileno Juan Luis Martínez), la poesía pertenece, con todo, a la mera inspiración del lector. Que es una capacidad que se cultiva. Al autor sólo le queda la circunstancial pero fundamental tarea de aproximar, mezclar, componer, propiciar algo que no se completará nunca del todo. Y que por eso propone -exige- múltiples lecturas. La poesía puede ser un proyecto inagotable: un antiproyecto. Una chispa de utopía en tanto impulso hacia lo desconocido.
GQ -¿Cuánto de intencionada y de "automática" tiene la subversión del orden sintáctico preestablecido del lenguaje en tu poesía? ¿Cuánta reescritura tiene La curva del eco?
RJ -Creo en la poesía automática –tan despreciada hoy por los aparentes racionalismos de turno– como efecto-causa de inspiración. En tal sentido sería, contra lo que suele adjudicársele, una forma de desautomatización.
Esto implica por supuesto reconsiderar el aporte del surrealismo, no como un acervo de vanguardismo a la carta, sino como parte de un recorrido cuya radical apertura continúa en sus comienzos. Más acá de cualquier tic o tara residual. Por otra parte, no me propongo subvertir ninguna forma establecida sino que me sirvo de la recombinación un poco sincrética, un poco brutal, siempre intuitiva -de "oído"- de tantos recursos y posibilidades que son de la humanidad y que están en verdad al alcance de cualquiera. No me asusta trabajar con lo que ya existe, a partir de su conocimiento, sin la obsesión por la originalidad. Sobre todo desde América, conflictiva y contrastante, violenta y profunda, dolorosa y gozosa. Las formas se determinan, en tal sentido, por su propio movimiento. No por un afán de subversión sino de precisión. Quizá en plena distracción general establecida como una serie asfixiante de protocolos, códigos de exclusión, pactos de lectura, interpretación de los hechos, etc., el intento de precisar algunos matices nada más o cierta delicadeza puedan percibirse como subversión. Pero es tan fuerte este deseo de precisar en el matiz, es decir precisar para la multidimensión, de percatación compartida de lo sincrónico y simultáneo en el sentido (y el sentido mismo como un intento) que no puedo sino arriesgar un trazado incorporativo en la escritura. Esto es: que, tal como acontece con la pintura en acuarela, todas las capas de reescritura vayan dejando su plano o su estrato de impregnación en ese organismo total (y tonal) del poema, el cual no puede sino abarcar todas esas transparencias y tachaduras.
De todas maneras en La curva del eco hay poemas labrados bajo un impulso de reescritura inagotable y otros que luego de un proceso de incubación salieron de un saque y ya no pude modificarlos. Mi sistema de corrección de textos es simple pero insistente: releo y releo hasta que las formas resisten la relectura desde una intensidad homogénea, una fluidez. No siempre me agradan los resultados. No es infrecuente el arrastre manierista, lo bizarro, la anamorfosis, cierta deformación en la que algo indómito se posa veloz o se precipita. En semejante reconocimiento del oído interno la expresión alcanza, de vez en cuando, la elasticidad o la cartilaginosidad suficientes como para mantenerse en estado de pensar-en-devenir. Ninguna expansión del "personaje" del autor. Ninguna escena. Ningún discurso "acerca de". Sólo aquellos núcleos de sentido que no terminan nunca de decir, entera resonancia. Deseo escribir poemas que se vertebren únicamente por esos matices, sin el residuo de palabras fantasmas ni sintaxis aduaneras. Que cobren nitidez de ser a ser, más acá de nuestros núcleos conscientes o adormecidos. ¿Pero no será eso ya telepatía?
GQ -¿Revisitaste el libro para esta edición española? De ser así, ¿qué sentiste; te reconociste tigre sin ser tigre diez años después?
RJ -Lo releí. Intenté modificar algunas cosas pero no pude. Siento la pátina del tiempo como un aura favorable. Releerlo ahora me impulsó a escribir cosas nuevas y en eso estoy. Transito una serie de piezas para ser leídas con la otra voz. La diversidad de tonos de La curva del eco me devuelve en estos días una agradable sensación de apertura a esas nuevas indagaciones. Por lo cual me siento agradecido.
GQ -La ciudad en la que vives, Buenos Aires, no está especialmente reconciliada con la naturaleza, pero en tu poesía la naturaleza es un referente muy importante. ¿Por qué es así?
RJ -Buenos Aires no es la más reconciliada ni la más disociada con la naturaleza. Aunque es demasiado cruel el vecinazgo general: una de las pasiones de muchos habitantes de esta ciudad es la poda de árboles sin ton ni son. Pareciera que cunde el temor a convivir con seres de mayor tamaño que el del protagonista homínido. Resultado: muñones en los árboles que hablan de las mutilaciones acometidas sistemáticamente sobre el espíritu comunal. En cuanto a lo que escribo en particular diría que, en un balance de propuesta arbitraria, hay más de "naturaleza" que de "cultura". Es decir: pesa más en mí la presencia contundente de lo orgánico en todos sus niveles y dimensiones que, por ejemplo, la exigencia de rendimiento significante o comprensibilidad confirmadora típicas de una cultura. Concibo al poema como un organismo. De ahí la afinidad vibratoria, directa, con la multiplicidad de los seres vivos y sus metamorfosis.
GQ -Paulo Leminski, Alice Ruiz, Caymmi, Itamar Assumpçao, Jorge Mautner, Arrigo Barnabé, Waly Salomao, Jards Macalé, Arnaldo Antunes, Jussara Silveira y un largo etcétera de poetas y músicos, así como tus experiencias directas en ese campo, me hacen preguntarte si la poesía se expande o se constriñe cuando interactúa con la música.
RJ -Además de la decisiva luz de Paulo Leminski, sobre todo, añadiría personalmente a tu lista a Caetano Veloso, un gran posibilitador, un chamán urbano, un conector de mundos. Su poesía, capaz de moverse con elegancia y crudeza en varios planos a la vez -es decir su música inteligente- ha sido una marca desde mi adolescencia y un estímulo siempre. Ahora bien, creo que la poesía se expande o se constriñe según las combinatorias. La música y la poesía no vienen separadas, surgen de la misma fuente, junto a la danza, la representación de imágenes, el sueño, la magia en todo sentido, y convergen con la lucha diaria en el plano que sea. A veces la presencia física de los instrumentos limita la cantidad de palabras de un texto que va a ser performado pero estimula en esa restricción una amplitud, una mayor densidad de contenidos. En todo caso es un placer y un enorme desafío colocar la voz como soporte a un poema, sobre todo sin ser cantor, desplegarse entre esos campos en movimiento que encarnan los sonidos y sus planos de resonancia corporal. En cuanto al trabajo performático, me interesa apelar somática y simbólicamente a lo que el poeta argentino Miguel Ángel Bustos llamó concavidad interior. Es imprescindible para ello partir de la noción del cuerpo como instrumento primordial.
GQ -Aun reconociendo los grandes hallazgos de esta "pareja de hecho", ¿crees que la poesía corre el peligro de frivolizarse cuando se música?
RJ -Depende de qué poema y en manos y oídos de quién. Además no debiéramos guardarle desconfianza a ciertas aparentes frivolidades. Cultivemos el permiso para probar, combinar elementos, jugar sin premedir tanto los resultados. La apertura sensible sería el mejor aliado para la disponibilidad poética, provenga el flechazo de donde provenga.
GQ -Además, como sé que eres un buen conocedor de Brasil y sus artes, me gustaría saber tu opinión sobre ellos; en concreto, si crees que hay una idiosincrasia brasileña que explique la proliferación de tan enormes poetas, músicos... artistas.
RJ -Brasil es más que un país. Es un continente. Incluye muchas idiosincrasias.
He ahí su riqueza. Todo es multifacético allí. Los demás latinoamericanos recién estamos "descubriendo" Brasil. Nunca terminaremos de hacerlo. Me gustaría viajar más y recorrerlo mejor, sobre todo la región de Recife, Bahía, que aún no he visitado. Es la región donde se brinda una poderosísima reserva de espiritualidad. Pero pensemos nomás en la Amazonia (que conozco más del lado peruano): la cantidad de animales y plantas, la cantidad de universos ahí congregados. Toda esa latencia. Toda esa prehistoria.
GQ -Eres traductor de algunos poetas brasileños, ¿qué te atrae de ellos, si es que hay algo en concreto que les pueda hacer ser concebidos como unidad?
RJ -Me acerco a cada autor por distintos motivos. La base común es mi necesidad de leerlos mejor. Por eso el impulso de "traerlos" a nuestro idioma.
Últimamente tuve la dicha de traducir algunos poemas de Haroldo de Campos para una antología que prepara Andrés Fisher y que se edita en estos días en Madrid. Puedo decir que ha sido hasta ahora mi mejor experiencia en cuanto a traducir o, como decía el propio Haroldo, transcrear. Entré en una especie de trance de una semana meditando esos poemas, sobre todo algunas de sus Galaxias.
GQ -¿Qué esperas del lector español que se acerque a La curva del eco? ¿Es en algún grado previsible lo que un libro de poesía tan audaz puede hacer en la cabeza de un lector desconocido?
RJ -Receptividad. Sobriedad. Capacidad de alucinar con el lenguaje. Paciencia.
Son las cosas que esperaría, como siempre. Ignoro qué pueda suceder con ese lector desconocido aunque sin duda lo presiento.
GQ -¿Qué te parece que Masmédula apueste por La curva del eco para su presentación en sociedad? ¿Son las editoriales independientes, con su falta de ánimo de lucro, el hábitat natural de la poesía?
RJ -Estoy muy feliz con la iniciativa de Masmédula. Siento afinidad con el proyecto editorial y sobre todo con quienes lo llevan adelante, Izaskun e Iván. Hace años que mantenemos un intercambio de energías. Sinceramente me han dado una sorpresa maravillosa el día que me propusieron, con un tacto y una calidez especiales, publicar algo mío. Les propuse reeditar La curva del eco, en particular porque siendo una apuesta poética fuerte a la vez casi no ha circulado, pues la primera edición fue muy acotada. Parte de la afinidad con Masmédula (cuyo nombre remarca la presencia fundacional de Oliverio Girondo, poeta celebratorio si los hay) tiene que ver con la independencia a que se refiere la pregunta. Lo independiente de las pequeñas editoriales reside en cubrir esa necesidad de poesía que no depende del mercado ni de las modas intelectuales. El aporte de las editoriales independientes es, justo por eso, invalorable. Además, el lector no es público, no se masifica nunca, su acción es de un compromiso electivo insobornable, es donación de su intimidad. El lector es quien da la pauta para esa "independencia" que las editoriales captan, asumen y hacen circular. El panorama más intenso de lo que se escribe hoy (incluyo a América) puede percibirse sin duda en estos sellos editoriales y no en los catálogos de la vastedad mercadotécnica.
Abren a la experimentación. Tienen y transmiten el olor de la vida.

Por Max Ron
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char