viernes, 22 de julio de 2011

Éste es el rostro de Dios

Tomada de honorarte.com.ar
Un poema de ENRIQUE SOLINAS
(Buenos Aires, Argentina, 1969)

El Rostro de Dios
a mi madre, in memoriam

Esa mujer
extendida hasta nunca debajo de la sábana
no muestra signos de respiración.
Apenas es el resto de una imagen,
el personaje principal en bastidores
no disponible para despedidas.
Hacia los costados,
sus brazos se alargan y tocan el infinito.
Las manos se apoyan en oriente y occidente
sin ganas ya,
sin intención.

Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.

Si la mujer sonríe es porque sabe algo
que nunca terminó de decir.
Si la mujer sonríe
es porque nos ha engañado
y nunca sabremos el motivo.
Pasa el tiempo como la vida pasa,
como pasa lo bello y lo triste.
Luego la abrirán en dos
para saber la causa de su fallecimiento.
Luego,
su rostro cambiará y será otra,
alguien desconocido.

Ahora sé que éste es el rostro de Dios:
una mujer que se va y la mosca que sonríe,
compartiendo la misma despedida.
Tan sólo nos queda
cubrir el cuerpo de la desesperanza
y contemplar el aire de la noche,
fatal y divino.

5 comentarios:

  1. me gusta... y no lo conocía. gracias!!!

    ResponderEliminar
  2. No hay por qué. Salud, Irene

    ResponderEliminar
  3. Hola, Irene,
    más que agradecido,
    te mando un abrazo grande!

    Las palabras nunca podrán transmitir
    la admiración y el afecto que siento
    por vos.

    Enrique

    ResponderEliminar
  4. Enrique, la agradecida soy yo. Un abrazo, Irene

    ResponderEliminar
  5. Muy lindo! Me gustó mucho el ritmo y las imágenes.

    (MxCvr, www.maximocover.blogspot.com)

    ResponderEliminar

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char