domingo, 12 de marzo de 2017

Así te amo yo a ti, vida enigmática

LOU ANDREAS-SALOMÉ

(Rusia, 1861-1937)


El mundo no te regalará nada, créeme.
Si quieres tener una vida, róbala.
                            Lou Andreas Salomé

Igual que cada amigo ama a su amigo,
así te amo yo a ti, vida enigmática.
Tanto si me haces gritar de gozo que llorar,
tanto si me das penas  o placeres.
Yo te amo en la aflicción y en la alegría.
Y si alguna vez quieres  acabar conmigo,
me arrancaré de tus brazos con dolor
como se arranca el amigo del pecho de su amigo.

Con todas mis fuerzas yo te abrazo.
Deja que en tu llama arda mi espíritu.
Y que en el fragor de la lucha
 encuentre yo la clave al enigma de tu ser.
Quién tuviera siglos para existir, para pensarte.
Abrázame con fuerza entre tus brazos.
 Si no te queda ya felicidad que darme,
de acuerdo, dame ese sufrimiento que aún te queda.

Traducción de Antonio Pau
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Como ya lo dijo Freud también, el amor a los objetos tiene su origen en un exceso de libido que no encuentra donde derramarse, entonces nos precipitamos a los objetos para salir de tal soledad y angustia. Este es un proceso dual de autoafirmación y desintegración del yo, pues en la medida que gana identidad, pierde unidad con el todo: “Sólo con la carga de objeto se destaca la libido como algo para sí, sólo en los contornos del objeto se perfila, por tanto, para nosotros, libidinosamente.”
(...)
“Sigue siendo el narcisismo el punto del que se derivan incluso las elaboraciones más espirituales y universales, él, el nacido del cuerpo, vuelve a tener, aunque de otro modo, un suelo real bajo sus pies: la objetividad es el glorioso fin humano que, en definitiva, le hace señas, al narcisismo como desde los sueños de la infancia, en su condición de Eros transformado y puesto al servicio de la investigación o del progreso, del arte o de la cultura.”

(Andreas-Salomé, El narcisismo como doble dirección, 1921)
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 De su autobiografía:

“En el transcurso de mi vida, el estudio y demás ocasiones me han llevado repetidas veces a terrenos de especialidad filosófica e incluso teológica, que por mi propio impulso me resultaban atractivos. Aquello, sin embargo, no guardó nunca ningún tipo de relación con mi original modo de ser «piadoso», ni a la inversa, con su posterior abandono. Jamás las cosas del pensamiento removieron en mi vieja fe de antes –como si ésta no se hubiera atrevido a inmiscuirse en un «pensamiento adulto»-. En consecuencia todos los campos del pensamiento, también los teológicos, persistieron para mí en el mismo plano de puro interés intelectual […] Dios se había convertido en su vivencia primera y última en todo lo visible. ¿Qué otra cosa podría comparársele como contenido vital?”
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char