sábado, 30 de julio de 2016

Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 1905-Ídem, 1974)

Raúl González Tuñón, un poeta entre el lupanar y la insurrección
Por Jorge Aulicino

¿Quién creen que era Raúl González Tuñón? ¿Era en realidad un santo laico, como lo recordamos muchos? ¿Era el primer poeta comunista de la Argentina? Tuñón nació hace 100 años (fue el 29 de marzo de 1905, en la calle Saavedra) y su propio mundo lo asaltó pronto. A los 21 años, en algún lugar de la ciudad y alguna noche, el poeta que acababa de nacer con El violín del diablo bajo el brazo recibía el chicotazo cálido y sarcástico de Roberto Arlt: "¡Tuñón, el poeta de las putas, de los ladrones y del puerto!" ("¿Un puerto? Yo he conocido un puerto. Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto", respondería, y descubriría, años después, pobre, ligero y resplandeciente, acodado en una mesa de un café del Barrio Latino). No faltaba mucho para que cualquier otro pudiera saludarlo, diciendo: "¡Tuñón, el que blindó la rosa!" En 1933 estaba en España, cuando estalló un levantamiento minero en Asturias. Allí nació La rosa blindada, que con La calle del agujero en la media, escrito en París, permiten que Tuñón sea reverenciado en dos altares: como santo patrón de los lupanares y como arcángel de la insurrección.

Ese poeta que iba y venía entre un mundo ancho y ajeno que se agotaba y renacía en cada puerto y el mundo de la lucha social, los héroes antiburgueses y los obreros armados —o dicho de otro modo, el de los aventureros y los ladrones y el de la revolución organizada—, mal pudo ser entendido por quienes esperaban de él que se decidiera por la revolución o por la lírica fantasmagórica de los circos, de los cafetines y los reservados. La aparente ambigüedad de su figura, que era sutileza no más, lo privó de los laureles del estalinismo vernáculo y le deparó mal disimuladas muestras de desprecio, en otros ambientes, por su poesía política.

Hay un problema. Las revoluciones no las hacen los ladrones, y menos los que imaginó Tuñón. Y tampoco los revolucionarios son los santos inocentes que él cantaba. Apostaba en cambio a que, sin saberlo, ellos fueran los únicos que pudieran dar sentido a la palabra capitalismo: elogió los torturados mostradores donde "obreros y ladrones hablan de cosas importantes".

Tuñón era puro en el bien y era puro en el mal. No debió distinguir él mismo, como lo hizo, entre poemas "líricos" y poemas "civiles". Era el soñador que soñaba ambos. Estaba del lado de los ladrones porque se mueven en otra planimetría. A la ciudad que teje las relaciones de clase tanto como los amores prefería verla privada de fronteras. Nocturna, por ejemplo, con las ventanas iluminadas que sólo miran "los ladrones y los hombres de frac"; o como una selva virgen ("nos afeitamos todos los días, todos los días entramos a la ciudad como a un túnel luminoso, seguros de encontrar la aventura"). Por lo demás, la vida "es de los millonarios, de los atletas, de los perfumistas, de los aviadores, de los contrabandistas, de los escribanos". Definitivamente, la vida no era de Tuñón, de su extraño personaje al que llamó Juancito Caminador (traducción de Johnny Walker, la marca de un whisky cuya etiqueta lo había inspirado), quien quería deslizarse "con suavidad y desenvoltura de fumador de opio".

Así pues, si se deplora que el comunista escribiera poemas intimistas o de los bajos fondos, valdría la pena reparar en que su lirismo no excluía la violencia, incluso en la intimidad de las callejuelas de París ("El ciego está cantando. Te digo: ¡amo la guerra!"); y si se deplora su socialismo militante, observar que no dejaba de ser ese mismo lírico demoníaco cuando, en la revuelta, "la ametralladora bailarina lanza sus abanicos de metralla". Era el mismo Johnny Walker, sí, sin duda, el que escribía a los hermanos Genna (de los tiempos de Al, te regalaban una sonrisa con un tiro) y a Buenaventura Durruti, jefe anarquista durante la Guerra Civil española.

La fugacidad brillante de la vida lo hirió e incitó. Era la saudade de tiempos no ocurridos, tiempos del porvenir náufragos en el pasado, lo que inspiraba su poesía más visionaria que humana. Escribía de modo tan natural como su sonrisa luminosa y discreta. "Quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra". Como si no bastara la palabra bonita y hubiera que conocer para decir otra vez: "algo ha muerto". 

Fuente: clarin.com, 2005
***
Nostalgia-Devenir-Soledad-Multitud

                 Soledad, multitud, términos iguales
                     para el poeta altivo y fecundo.
                                        Charles Baudelaire


Por momentos en días graves pero no solemnes
vuelvo los ojos a las madres nutricias, viejas fuentes,
y avanzo hacia la verde frescura de las nuevas.
Estoy solo en la calle y rodeado de gentes
en el patio de adentro de la intimidad.
Entre la multitud camino y escapo a ella cuando sueño
o cuando miro, lánguidas, pasar las bajas nubes.

Si, señor Rilke, el creador es un solitario,
pero sólo en el acto de crear, ya se lo dije.
Antes -usted lo supo en un instante intenso-
suele andar, si es auténtico, contemplando los mundos,
en el barro, en la estrella, en la sangre, en el hombre
y en el rumor espeso que viene del Mercado.
***
El destino que mira como espía del tiempo

Un espía del tiempo es el destino
-no el poeta, que éste es el gran espiado
y es, dijo Schiller, el que llegó tarde
a la Repartición de la Tierra.

Torre de Dios, Darío a su vez lo llamó,
pero desde su altura no hemos visto a Dios
ni en el Chaco Boreal de incendiados fortines
con olor a petróleo, a mariposas secas, a madres que agotaron
las lágrimas y el grito
ni cuando silenciaron a los niños de Guernica
ni en la atroz agonía en los hornos de Auschwitz
ni entre el ruido y el humo del napalm en Vietnam.

Y ese espía del tiempo en fin, conoce historia
como nadie, la sigue desde lejos; nadie desmentirá
cuando todo se ordene y llegue el gran balance
los testimonios que captaron sus miradas profundas
como pozos de sombra con estrellas,
como enterradas lámparas bajo barcos hundidos,
como voces más graves que el secreto remoto
de los stradivarius:
su enorme asombro y su perplejidad.

De El rumbo de las islas perdidas. Libros de Tierra Firme, colección de poesía Todos Bailan, Buenos Aires, 1994. 
***
Katherine Mansfield

...Y que el aire perfume su cabellera clara.
Allí donde discurren las memorias perdidas,
las voces olvidadas y los paseos errantes.
La muerte, distraída, que resucita rosas.

El Gran Meaulnes la hubiera amado.

Antón Chejov, padre de la nostalgia y la dulce ironía,
a través de lejanos anteojos de bruma
la contempla en el tiempo de un otoño evadido.

Su vida fue un poema lánguido y penetrante.
Y, como todos los poetas muertos,
cada vez que alguien sueña ella retorna.
Y vuelve a irse cuando muere un sueño.


De "Sólo unos cuantos nombres de la larga memoria", Demanda contra el olvido, Ediciones La Rosa Blindada, Buenos Aires (1963), tercera edición, 2006.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char