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viernes, 20 de abril de 2018

A las siete cuarenta y cinco esta noche es Primavera


FRANCIS SCOTT FITZGERALD

 (St. Paul, Minnesota, EE.UU., 1896–Hollywood, California, 1940)

—Tío Bob, cuando las cosas se complican tanto que no hay solución, ¿usted qué hace?
—Sr. Fitzgerald —me dijo—, cuando las cosas se ponen así, yo trabajo.

Afternoons of an Author, Francis Scott Fitzgerald.
Charles Scribner's Sons, New York,1957
***
Poemas de la era del jazz
CANCIÓN DE PRIMAVERA

Lo que la arranca, si al poeta le da por delirar
cuando las campanas en las arandelas se empiezan a retorcer y las banderas en las grandes losas empiezan a ondear cuando a las siete y cuarenta y cinco esta noche es Primavera los petardos en las cajas de petardos vuelan en pedazos mis propios zapatos me empiezan a apretar vale, esta modesta y humilde pequeña oda va dando bandazos por el papel mientras escribo
  iré a hacer un striptease en el parque
pero, recuerde señora, este importante dato,
pues aunque sea multado por Misseldine por estar en pelotas
con todo, a las siete cuarenta y cinco esta noche es Primavera.

Visor. Edición bilingüe. Traducción de Jesús Isaías Gómez. Barcelona, 2016.
***
Suave es la noche

"A mí me gusta Francia, donde todo el mundo se cree que es Napoleón. Aquí (en Roma) todo el mundo se cree que es Jesucristo."


Después de comer se sintieron las dos abatidas con el súbito aplanamiento que les entra a los viajeros norteamericanos en lugares apacibles del extranjero. No sentían ningún estímulo, no oían voces que las llamaran del exterior, ni les llegaban de pronto, de otras mentes, fragmentos de sus propios pensamientos. Tanto echaban de menos el clamor del Imperio que tenían la sensación de que en aquel lugar la vida se había detenido.
**

"Las tres mujeres que había en la mesa eran perfectos ejemplos del enorme flujo de la vida norteamericana. Nicole era nieta de un capitalista (...), Mary North era hija de un empapelador y descendiente del presidente Tyler. Rosemary pertenecía a la clase media y su madre la había lanzado a las cumbres inexploradas de Hollywood."
**

"El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto. Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.
A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer.
(...)
¡Ya estoy contigo! Suave es la noche... ... Pero aquí no hay luz, Salvo la que del cielo trae la brisa. Entre tinieblas de verdor y caminos de musgo tortuosos. 
John Keats, Oda a un ruiseñor.

En la apacible costa de la Riviera francesa, a mitad de camino aproximadamente entre Marsella y la frontera con Italia, se alza orgulloso un gran hotel de color rosado.

Suave es la noche Traducción José Luis Piquero. Hermida Editores (1934)
**
El gran Gatsby
1
Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.»

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado mucho más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren enseguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal, y por eso en la universidad se me llegó a acusar injustamente de hacer política, porque estaba al tanto de las penas secretas de jóvenes alborotadores que eran un misterio para otros. Yo no buscaba casi nunca aquellas confidencias: con frecuencia fingía dormir, o estar preocupado, o adoptaba una actitud hostilmente irónica cuando algún signo inconfundible me hacía prever que una revelación de carácter íntimo se perfilaba en el horizonte; porque las confidencias de los jóvenes, o al menos los términos en los que las expresan, suelen ser plagios y estar viciadas por evidentes supresiones. Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita. Todavía temo perderme algo si olvido que, como mi padre sugería de manera un tanto esnob, y yo repito aquí con el mismo espíritu, la conciencia de las normas básicas de conducta se reparte de manera desigual al nacer.

Unas amables palmeras refrescan su fachada ruborosa y ante él se extiende una playa corta y deslumbrante. Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de gente distinguida y de buen tono, pero hace una década se quedaba casi desierto una vez que su clientela inglesa regresaba al norte al llegar abril. Hoy día se amontonan los chalés en los alrededores, pero en la época en que comienza esta historia sólo se podían ver las cúpulas de una docena de villas vetustas pudriéndose como nenúfares entre los frondosos pinares que se extienden desde el Hótel des Étrangers, propiedad de Gausse, hasta Cannes, a ocho kilómetros de distancia.
El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto.
Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.
A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer. Su hermosa frente se abombaba suavemente hasta una línea en que el cabello, que la bordeaba como un escudo heráldico, rompía en caracoles, ondas y volutas de un color rubio ceniza y dorado. Tenía los ojos grandes, expresivos, claros y húmedos, y el color resplandeciente de sus mejillas era auténtico, afloraba a la superficie impulsado por su corazón joven y fuerte. Su cuerpo vacilaba delicadamente en el último límite de la infancia: tenía cerca de dieciocho años y estaba casi desarrollada del todo, pero seguía conservando la frescura de la primera edad.
Al surgir por debajo de ellas el mar y el cielo como una línea fina y cálida, la madre dijo:
-Tengo el presentimiento de que no nos va a gustar este sitio.
-De todos modos, lo que yo quiero es volver a casa -replicó la muchacha.
Hablaban las dos animadamente, pero era evidente iban sin rumbo y ello les fastidiaba. Además, tampoco se trataba de tomar un rumbo cualquiera."
**
“Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía —o parecía ofrecerse— al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor”

El gran Gatsby. Alianza Editorial. 1924
Traducción de Rafael Ruiz de la Cuesta

domingo, 3 de mayo de 2015

Barcos contra la corriente

FRANCIS SCOTT FITZGERALD 

(EE.UU., 1896-1940)

EL GRAN GATSBY
(Fragmentos)

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” –fueron sus palabras– “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.
**
Casi en la mitad del camino entre West Egg y Nueva York la carretera se une con la carrilera y corre a su lado durante un cuarto de milla, como huyendo de cierta desolada área de tierra. Es un valle de cenizas, una granja fantástica donde las cenizas crecen, como el trigo, en cerros, colina, y grotescos jardines: un valle donde las cenizas toman la forma de casas, chimeneas y humo en ascenso, e incluso, con un esfuerzo trascendente, la de hombres grises que se mueven envueltos en la niebla, a punto de desplomarse y a través de la polvorienta atmósfera. De vez en cuando una hilera de autos grises pasa reptando a largo de un sendero invisible, emite un traqueteo fantasmagórico y se detiene, acto seguido unos hombres grises como la ceniza se trepan con palas plomizas y agitan una nube impenetrable que tapa su oscura operación a la vista.
Pero encima de la tierra gris y de los espasmos del polvo desolado que todo el tiempo flota sobre ella, se pueden percibir, al cabo de un momento, los ojos del T.J. Eckleburg. Los ojos del T.J. Eckleburg son azules, y gigantescos, con retinas que miden una yarda. No se asoman desde rostro alguno sino tras un par de enormes anteojos amarillos, posándose sobre una nariz inexistente. Es evidente que el oculista chiflado y guasón los colocó allí a fin de aumentar su clientela del sector de Queens, y después se hundió en la ceguera eterna, los olvidó o se mudó. Pero sus ojos, un poco desteñidos por tantos días al sol y al agua sin recibir pintura, cavilan sobre el solemne basurero.
Por uno de los lados el valle de las cenizas limita con un riachuelo fétido, y cuando se abre el puente levadizo para que pasen las barcazas, los pasajeros de los trenes que esperan pueden observar la deprimente escena, a veces hasta por media hora. Siempre es necesario hacer un alto allí, por lo menos de un minuto.
**
Creo que fue el tercer día cuando llegó de un pueblo de Minnesota un telegrama firmado por Henry C. Gatz. Sólo decía que el remitente iba a salir de inmediato que se pospusiera el funeral hasta su llegada.
Era del padre de Gatsby, un anciano solemne, totalmente indefenso y apabullado, envuelto en un abrigo largo y barato a pesar del cálido día septembrino. Tenía los ojos siempre húmedos por la emoción, y cuando le recibí el maletín y la sombrilla de las manos, comenzó a halarse tan seguido la barba gris y rala que casi no logro quitarle el abrigo. Viéndolo a punto de desplomarse lo llevé al salón de música, donde lo hice sentar mientras enviaba por algo para comer. Pero no quería nada, y el vaso de leche se le derramaba en la mano temblorosa.
–Lo leí en el periódico de Chicago –dijo–. Salió todo en el periódico de Chicago. De inmediato me vine para acá.
–Yo no sabía cómo localizarlo a usted.
Sus ojos, sin fijarse en nada, se movían todo el tiempo por el cuarto.
–Fue un loco –dijo–; tuvo que haber estado loco.
–¿No quisiera tomar un poco de café? –le insistí.
–No quiero nada. Ya estoy bien, señor...
–Carraway.
–Bien, ya me siento mejor. ¿Dónde tienen a Jimmy?
Lo llevé al salón donde yacía su hijo y lo dejé allí.
Algunos niños habían subido por las escalinatas y miraban hacia el vestíbulo. Cuando les dije quién había llegado se marcharon a regañadientes.
Después de un rato el señor Gatz abrió la puerta y salió, con la boca abierta, el rostro un poco abochornado, y derramando lágrimas aisladas y extemporáneas. Había llegado a una edad donde la muerte ya no guarda ninguna sorpresa fantasmagórica y cuando miró en torno suyo, ahora por primera vez, y vio el tamaño y esplendor del vestíbulo y los grandes cuartos que desde él se abrían hacia otros, su dolor comenzó a mezclarse de orgullo reverente. Le ayudé a subir a un cuarto del piso de arriba; cuando se quitó el abrigo y el chaleco le conté que los arreglos habían sido postergados hasta que él llegara.
–Yo no sabía qué hubiera deseado hacer usted, señor Gatsby...
–Gatz es mi nombre.
.... Señor Gatz, pensé que quizás usted querría llevarse el cadáver al Oeste.
Dijo que no con la cabeza.
–A Jimmy siempre le gustó más el Este. Llegó hasta esta posición en el Este. ¿Era usted amigo de mi hijo, señor ... ?
–Éramos muy amigos.
–Tenía sin gran futuro ante sí, ¿sabe? Era muy joven aún, pero tenía mucho poder mental aquí. Se tocó la cabeza con gran reverencia, y yo afirmé que sí.
–Si hubiera seguido viviendo, habría llegado a ser un gran hombre. Un hombre como James J. Hill hubiera ayudado a construir este país.
–Es cierto dije –sintiéndome incómodo.
–Luchó con el cubrecama bordado, tratando de quitarlo de la cama, se acostó tenso y en un instante cayó dormido.
Aquella noche llamó una persona, obviamente asustada, que pidió saber quién era yo antes de dar su nombre.
–Soy el señor Carraway –dije–.
–¡Ah!, sonó aliviado. Habla el señor Klipspringer.
Yo también me sentí aliviado porque parecía prometer otro amigo en la tumba de Gatsby. Yo no quería que saliera en los periódicos y que atrajera una multitud de curiosos, por lo que me había puesto a llamar a alguna gente personalmente. Pero era difícil consolarles.
–El funeral es mañana –dije. A las tres de la tarde, aquí en la casa, me gustaría que le dijeras a alguien que pudiera estar interesado.
–Oh, sí, lo haré –estalló–. Pero no es muy probable que vea a nadie; si veo a....
Su tono me hizo recelar.
–Usted sí vendrá, ¿no?
–Pues..., al menos voy a hacer lo posible. Para lo que llamaba era para...
–Vea, hombre –interrumpí, ¿por qué no dice que va a venir?
–Bueno, el hecho... la verdad es que estoy con una gente aquí en Greenwich, que espera que pase el día con ellos mañana. Verá, hay una especie de paseo o algo así. Por supuesto que voy hacer lo posible por zafármeles.
Pronuncié un furioso: “¡ja!” que él debió haber oído, porque siguió diciendo, nervioso:
–Para lo que llamaba era por un par de zapatos que dejé allí. No será mucho problema hacer que el mayordomo me los envíe. Vea usted, son de tenis, y me siento indefenso sin ellos. Mi dirección es: a nombre de B.F...
No oí el resto del nombre, porque colgué el teléfono. Después de eso sentí una especie de vergüenza por Gatsby ...; un caballero a quien llamé por teléfono insinuó que se merecía su suerte. Sin embargo, en este caso la culpa fue mía, porque él era uno de esos que solían despreciar a Gatsby con más encono, envalentonado con su licor, y yo debí haber tenido la inteligencia suficiente para no llamarlo.
La mañana del funeral me fui para Nueva York para ver a Meyer Wolfsheim; me había dado cuenta de que era imposible localizarlo de algún otro modo. La puerta que empujé, aconsejado por el muchacho del ascensor, llevaba el nombre de “Compañía de arrendamientos La swastika”, y al principio no parecía haber nadie adentro pero después de gritar “hola” varias veces en vano, oí que estallaba una discusión detrás de una mampara y acto seguido, una hermosa judía apareció en la puerta interior y me escrutó con sus ojos negros hostiles.
–No hay nadie adentro –dijo ella–. El señor Wolfsheim se fue para Chicago.
La primera parte de esto era obviamente falsa, porque alguien muy desafinado había comenzado a silbar El Rosario, allí adentro.
–Por favor, dígale que el señor Carraway desea verlo.
–No lo puedo traer de Chicago, ¿no ve?
En ese momento, la voz inconfundible del señor Wolfsheim gritó: “¡Estela!”, del otro lado de la puerta.
–Deje su nombre en el escritorio –dijo con afán–. Yo se lo daré a él cuando llegue.
–Pero yo sé que él está aquí.
Dio un paso hacia mí e indignada, comenzó a frotarse las manos en las caderas.
–Ustedes los jóvenes piensan que cuando les da la gana pueden meterse en cualquier parte a la fuerza –regañó–. Estamos hartos de esto. Cuando yo digo que está en Chicago, está en Chicago.
–¡Ah! –me miró de arriba a abajo otra vez–. Por favor, ¿cómo dijo que se llamaba?
Desapareció. Un instante después Wolfsheim apareció con mucha prosopopeya en el quicio,
estirándose ambos brazos. Me hizo entrar a su oficina, mientras anotaba con voz emocionada que era tiempo de dolor para todos nosotros, y me ofrecía un cigarro.
–Recuerdo cuando lo conocí por primera vez: un joven mayor, acabado de salir del ejército y cubierto de medallas conseguidas en la guerra; estaba tan mal que llevaba puesto su uniforme porque no tenía con qué comprar ropa de civil. La primera vez que lo vi fue cuando llegó al salón de billar de Winebrenner en la calle 43 a pedir trabajo. No había comido nada hacía un par de días. “Ven y almuerza conmigo”, le dije.
En media hora se comió más de cuatro dólares de comida.
–¿Lo inició usted en los negocios? –pregunté.
–¿Lo inicié?, ¡lo hice!
 –Ah.
–Lo saqué de la nada, de la alcantarilla. Muy pronto me di cuenta de que era un joven de buena apariencia, todo un caballero, y cuando me dijo que era egresado de Oxford, supe que tenía un buen oficio para él. Lo hice unirse a la Legión Americana y allí ocupó un alto lugar. Poco después hizo un trabajo para un cliente mío en Albany. Fuimos muy unidos –levantó dos dedos bulbosos–; uña y mugre.
Me pregunté si su sociedad habría incluido la transacción en 1919 con la serie mundial.
–Ahora está muerto  –dije después de un rato–. Usted era su amigo más íntimo; entonces sé que querrá venir a su funeral esta tarde.
–Me gustaría mucho.
–Bueno, venga entonces.
 Los pelos de sus fosas nasales temblaron un poco y al decir que no con su cabeza, sus ojos se llenaron de lágrimas.
–No lo buedo hacer; no me buedo involucrar en esto dijo.
–No hay nada en qué involucrarse. Ya todo pasó.
–Cuando asesinan a un hombre no me gusta mezclarme de ninguna manera. Me quedo afuera. Cuando era joven era otra cosa; si moría un amigo, no importaba cómo, yo permanecía con él hasta el final. A usted puede barecerle que soy sentimental, pero así era: hasta el duro final.
Vi que por alguna razón muy personal estaba decidido a no ir, y entonces me levanté.
–¿Eres universitario? –preguntó de pronto.
Por un momento pensé que me iba a sugerir una conexión, pero se limitó a mover la cabeza y me estrechó la mano.
–Aprendamos a mostrarle nuestra amistad a un hombre cuando está vivo y no después de muerto –sugirió–. Además de ésta, mi única regla es dejar las cosas en paz.
Cuando me marché de su oficina el cielo se había oscurecido y regresé a West Egg en medio de la llovizna. Tras cambiarme la ropa me encaminé adonde el vecino y encontré al señor Gatz, muy excitado, caminando por el vestibulo. El orgullo que sentía por su hijo y por sus posesiones iba en aumento y ahora quería mostrarme algo.
–Jimmy me envió esta fotografía –la sacó de su billetera con dedos temblorosos–. Mire.
Era una foto de la casa, arrugada en las esquinas y sucia por las huellas de muchas manos. Me señaló cada detalle con ansiedad.
–¡Mire esto! –dijo buscando admiración en mis ojos. La había mostrado con tanta frecuencia que yo creo que le era más real que la casa misma.
–Jimmy me la envió. Me parece una foto muy bonita. Se ve muy bien.
–Sí, muy bien. ¿Había visto a su hijo últimamente?
–Venía a verme cada dos años y me compró la casa donde vivo ahora. Claro que estábamos en la ruina cuando se escapó de casa, pero ahora veo que tenía razón en hacerlo. Él sabía que tenía un gran futuro ante sí. Y desde el momento en que tuvo éxito fue muy generoso conmigo.
Renuente a guardar la foto, me la puso otro momento ante los ojos. Luego la volvió a meter en la billetera y sacó de su bolsillo una vieja copia de un libro llamado Hopalong Cassidy.
–Mire, este es un libro que tenía cuando era niño. Esto le muestra.
Lo abrió en la contra carátula y me lo entregó para que yo viera. En la última hoja estaba escrita la palabra “horario” y la fecha septiembre 12 de 1906; y debajo:

 Levantarme de la cama 6:00 AM
 Ejercicio de pesas y de escalar 6:15 a 6:30 AM
 Estudiar electricidad, etc. 7:15 a 8: 15 AM
 Trabajar 8:3O a 4:30 PM
Béisbol y deportes 4:30 a 5:00 PM
 Practicar locución, pose y cómo lograrla 5:00 a 6:00 PM
 Estudiar inventos necesarios 7:00 a 8:00 PM
RESOLUCIONES GENERALES
 No perder tiempo en Shafters o (un nombre indescifrable)
 No fumar o mascar chicle
 Bañarse día por medio
 Leer cada semana un libro o una revista cultos
 Ahorrar cinco dólares (tachado) tres dólares semanales
 Ser mejor con los padres.

–Encontré este libro por accidente –dijo el viejo–. Le muestra a uno como era, ¿no es así?
–Sí, le muestra a uno eso.
–Jimmy estaba destinado a salir adelante. Siempre tenía alguna resolución o algo por el estilo. ¿Notó aquello que pone sobre mejorar la mente? Siempre fue muy bueno para eso. Una vez me dijo que yo comía como un cerdo, y le pegué por ello.
No quería cerrar el libro; leía cada renglón en voz alta y me miraba con ansiedad. Creo que esperaba que yo anotara esa lista para mi propio uso. Un poco antes de las tres, el pastor luterano llegó de flushing.
Lo mismo que el padre de Gatsby, comencé a asomarme involuntariamente por las ventanas para ver si veía otros autos. A medida que el tiempo pasaba y, los sirvientes entraban y se quedaban de pie en el vestíbulo, sus ojos comenzaron a parpadear con ansiedad, y empezó a hablar de la lluvia en un tono incierto y preocupado. El pastor miró varias veces su reloj, lo llevé entonces a lado y le pedí que esperáramos media hora más. Pero de nada sirvió. Nadie vino.
**
Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocedo ante nosotros. En ese entonces nos fue esquivo, pero no importa; mañana correremos más aprisa extenderemos los brazos más lejos... hasta que, una buena mañana...

De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado.

martes, 17 de septiembre de 2013

No te preocupes por los insectos en general

FRANCIS SCOTT FITZGERALD 
Tomada de oesido.wordpress.com

(EE.UU., 1896-1940)

Cartas 
(Fragmentos)

 A Zelda Fitzgerald Univ. Princeton
307 Park Avenue,
Baltimore (Maryland)
6-4-1934

Perdona que dicte esta carta en lugar de escribirla a mano, pero si vieras mi escritorio y la cantidad de cosas que han llegado lo comprenderías.

Tienes que combatir cualquier tipo de derrotismo. No hay ninguna razón para el pesimismo. En realidad nunca has tenido un temperamento melancólico, sino que, como tu madre decía, siempre destacaste por tu vital actitud animosa, alegre y extrovertida. Me refiero sobre todo a que no compartes ninguno de los puntos de vista melancólicos que parecen integrar a Anthony y Marjorie. Tú y yo hemos pasado momentos maravillosos en el pasado, y el futuro aún está cargado de posibilidades si levantas la moral y procuras creerlo. El mundo exterior, la situación política, etcétera, siguen siendo oscuros e influyen en todos directamente, y es inevitable que te afecten indirectamente a ti, pero procura distanciarte de todo ello mediante alguna forma de higiene mental, inventándola, si es necesario.

Déjame repetirte que no quiero que te concentres demasiado en mi libro, que es una obra melancólica y parece haber obsesionado a casi todos los críticos. Me preocupa muchísimo que lo estés releyendo. Describe determinadas fases de la vida que ya están superadas. Ciertamente nos hallamos en una ola ascendente, aunque no sepamos a ciencia cierta hacia dónde va.
No tienes ningún motivo real de pesimismo. Tus cuadros han sido un éxito, tu salud ha mejorado mucho, según tus médicos, y la única tristeza es vivir sin ti, sin oír los tonos de tu voz con sus peculiares intimidades de inflexión.

Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces. Las posibilidades de que la primavera, que llega para todos, como las canciones populares, nos pertenezca también, las posibilidades son muy halagüeñas en este momento porque, como siempre, puedo aguantar casi toda la opinión literaria contemporánea, liquidada, en el hueco de la mano, y cuando lo hago, veo al cisne flotando en ella y descubro que eres tú y sólo tú. Pero, Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando. Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa.

Todo esto parece alegórico pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño.
***
A su amiga Isabelle
28 de febrero de 1920

Ninguna personalidad tan fuerte como la de Zelda podría pasar sin recibir críticas y, como dices, ella no está
por encima de los reproches. Siempre supe eso. Ninguna joven que se irrita en público, que disfruta francamente el contar historias chocantes, que fuma constantemente y que manifiesta que ha besado a miles de hombres y se propone besar a miles más puede considerarse más allá del reproche, aun cuando esté por encima. Pero, Isabelle, yo me enamoré de su valentía, su sinceridad y su apasionado autorrespeto y son ésas las cosas que creería aun si el mundo entero prefiriera recelar que ella no es lo que debiera ser.
Aunque por supuesto, la verdadera razón, Isabelle, es que la amo y ése es el principio y el fin de todo. Tú sigues siendo católica; pero Zelda es el único Dios que me queda.

De Francis Scott Fitzgerald, Cartas, selección y traducción de Gerardo Gambolini, editora Beatriz Viterbo.
***
De Zelda a F.S.F.
Clínica Prangins, Nyon, Suiza.
Posterior a junio de 1930

¿Te divertiste en París? ¿A quién viste? ¿La Madeleine estaba rosa a las cinco en punto y las fuentes se fundían con suave delicadeza en el marco del cielo de la Place de la Concorde? ¿Y se escurría el azul desde atrás de las Colonnades de la Rue Rivoli entre las rejas de las Tuilleries y estaba gris y metálico el Louvre bajo el sol y los árboles se inclinaban cobijando los cafés y había luces a la noche y el golpeteo de los platillos y las bocinas de los autos que tocan Debussy…?
***
19 de septiembre de 1936

Mamá no supo que se estaba muriendo y no sufrió.
Una cosa muy llamativa en la muerte de los padres es
no lo poco sino lo mucho que te afecta. Cuando tu padre
o tu madre han estado morosamente parados en el borde
de la vida, cuando se van, incluso si hace mucho que no
dependes en nada de ellos, tienes la sensación de ser
abandonado.

***
A Sheila Graham
2 de diciembre de 1939

“Quiero morirme, Sheila, y a mi modo. Solía tener a mi hija y a mi pobre y perdida Zelda. Ahora hace más de dos años que veo tu imagen en todos lados. Déjame recordarte hasta el fin, que está muy cercano. Eres lo mejor. Vales por ti misma. Eres demasiado para un neurótico tuberculoso que solamente puede ser celoso ymezquino y perverso. Voy a pasar
mi último tiempo contigo, aunque no estarás aquí. No falta mucho. Quisiera dejarte algo más de mí. Puedes quedarte con el primer capítulo de la novela y el bosquejo. No tengo dinero pero podría valer algo… Te quiero absoluta y definitivamente.”
***
A su hija (aún en edad escolar) 
8 de agosto de 1933

Querido Bombón:

Estoy muy interesado en tus tareas. ¿Podrías darme un poco más de información acerca de tus lecturas en francés? Me alegra que estés contenta, pero no creo demasiado en la felicidad. Tampoco creo nunca en la desgracia. Esas son cosas que ves en un escenario o en una pantalla o en una hoja impresa, nunca te seceden a ti en la vida.
Todo lo que creo en la vida es en la recompensa por la virtud (de acuerdo a los talentos de uno) y en los castigos por no cumplir con tus tareas, que son doblemente despiadados. Si hay un libro así en la biblioteca del colegio, ¿podrías rogarle a la señora Tyson que te permita buscar un soneto de Shakespeare en el que aparece el verso: "Los lirios que se pudren huelen mucho peor que la mala hierba"?
Hoy no he tenido pensamientos, la vida parece consistir en pensar un cuento para Saturday Evening Post. Pienso en ti, y siempre con placer, pero si me llamas Pappy otra vez agarraré al Gato Blanco y lo aporrearé duro en el trasero, seis veces cada vez que seas impertinente. ¿Harás algo al respecto?
Arreglaré la cuestión de tu cuota.
Ya termino, boba. 
Cosas de las que preocuparse:
Preocúpate del coraje.
Preocúpate de la higiene.
Preocúpate de la eficiencia.
Preocúpate de la equitación.

Cosas de las que no preocuparse:

No te preocupes por la opinión de los demás.
No te preocupes por las muñecas.
No te preocupes por el pasado.
No te preocupes por el futuro.
No te preocupes por hacerte mayor.
No te preocupes por que alguien te supere.
No te preocupes por el triunfo.
No te preocupes por el fracaso, a menos que sea culpa tuya.
No te preocupes por los mosquitos.
No te preocupes por las moscas.
No te preocupes por los insectos en general.
No te preocupes por los padres.
No te preocupes por los chicos.
No te preocupes por las desilusiones.
No te preocupes por los placeres.
No te preocupes por las satisfacciones.

Cosas en las que pensar:
¿A qué aspiro realmente?
Si me comparo a mis coetáneos, soy realmente buena con respecto a:
a) El rendimiento académico.
b) ¿Entiendo realmente a las personas y soy capaz de llevarme bien con ellas?
c) ¿Procuro hacer de mi cuerpo un instrumento útil o lo estoy descuidando?

Con todo mi amor, Papi
**
Soneto 94
William Shakespeare

Aquellos que tienen el poder de dañar y no lo hacen,
aquellos que no hacen todo aquello que más demuestran,
y que, conmoviendo a los demás, son en sí como piedras:
imperturbables, fríos, y lentos para la tentación.
Heredan justamente los privilegios del cielo
y economizan del despilfarro las riquezas de la naturaleza.
Son los amos y señores de sus propios rostros;
los demás sólo son servidores de su excelencia.
La flor del verano es dulce para el verano,
aunque sólo vive y muere para sí misma;
pero si esa flor se pone en contacto con una vil infección
la más vil cizaña supera su dignidad:
pues las cosas más dulces se agrían por sus acciones:
los lirios que se pudren huelen mucho peor que la cizaña.

(Traducción de Enrique Pezzoni)
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SONNET 94

They that have power to hurt and will do none,
That do not do the thing they most do show,
Who, moving others, are themselves as stone,
Unmoved, cold, and to temptation slow,
They rightly do inherit heaven's graces
And husband nature's riches from expense;
They are the lords and owners of their faces,
Others but stewards of their excellence.
The summer's flower is to the summer sweet,
Though to itself it only live and die,
But if that flower with base infection meet,
The basest weed outbraves his dignity:
For sweetest things turn sourest by their deeds;
Lilies that fester smell far worse than weeds. 

William Shakespeare

sábado, 3 de diciembre de 2011

Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas

FRANCIS SCOTT FITZGERALD 
(EE.UU., 1896-1940)
Fragmentos


BABILONIA REVISITADA

"Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero lo tranquilizó una caminata por la Rue Bonaparte hasta los muelles, y cuando cruzaba el Sena, fresco y nuevo bajo los focos del muelle, se sintió alborozado. Pero, de regreso en su habitación, no pudo dormir. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a quien amaba tanto, hasta que tan insensatamente comenzaron a abusar del amor, a hacerlo jirones. Esa terrible noche de febrero, que Marion recordaba en forma tan vívida, hacía horas que se desarrollaba una lenta riña. Hubo una escena en el Florida, y luego él intentó llevarla a casa, y después ella besó al joven Webb, que se encontraba sentado a una mesa; luego vino lo que Helen dijo histéricamente. Cuando Charlie llegó a su casa, solo, hizo girar la llave en la cerradura, loco de ira. ¿Cómo podía saber que Helen regresaría una hora más tarde, también sola, y que habría una tormenta de nieve por la cual vagaría con zapatos livianos, demasiado confundida para tomar un taxi? Y luego la secuela, su salvación de la pulmonía por un milagro, y todos los horrores concomitantes. Se "reconciliaron", pero ese fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con los propios ojos y que imaginó que se trataba de una de tantas escenas en el martirio de su hermana, jamás lo olvidó.
El recordar todo aquello hacía que Helen estuviera más cerca, y en la blanca luz suave que se insinúa en el semisueño próximo a la madrugada, se sorprendió conversando otra vez con ella. Helen le decía que tenía perfecta razón en lo relacionado con Honoria, y que quería que ésta estuviera con él. Le dijo que se alegraba que se portara bien y progresara. Dijo muchas otras cosas, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, con un vestido blanco, y se columpiaba cada vez más velozmente, de manera que al final él no logró escuchar con claridad lo que le decía."
***
“The Great Gatsby” 

“Por un fascinado instante, tan transitorio como maravilloso, el hombre debió haber contendido la respiración ante este cotinente, obligado a una estética contemplación que no entendía ni deseaba, frente a frente, por última vez en la historia, a algo proporcional a su capacidad de asombro… Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos más de prisa, abriremos los brazos, y… buen día… Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.”
***
"Absolución" 

Érase una vez un sacerdote de ojos fríos y húmedos que, en el silencio de la noche, derramaba frías lágrimas. Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas y era incapaz de conseguir una absoluta unión mística con Nuestro Señor. A veces, hacia las cuatro, bajo su ventana, se oía un rumor de chicas suecas en el sendero, y en sus risas estridentes descubría una terrible disonancia que lo empujaba a rezar en voz alta para que cayera pronto la tarde. Al atardecer las risas y las voces se apaciguaban, pero más de una vez había pasado por la tienda de Romberg cuando ya era casi de noche y las luces amarillas brillaban en el interior y resplandecían los grifos de níquel del agua de Seltz, y el perfume en el aire del jabón de tocador barato le había parecido desesperadamente dulce. Pasaba por allí cuando volvía de confesar a los fieles los sábados por la tarde, hasta que tomó la precaución de cruzar a la otra acera de la calle, para que el perfume del jabón se disolviera en el aire, flotando como incienso hacia la luna de verano, antes de llegarle a la nariz."
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char