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domingo, 18 de octubre de 2015

La realidad, sí, la realidad

OLGA OROZCO

[Olga Gugliotta] 
(La Pampa, Argentina, 1920-Buenos Aires, id., 1999) 

La realidad y el deseo 

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.
Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.
La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

(Poema extraído de Poesía completa. Edición a cargo de Ana Becciú. Prólogo de Tamara Kamenszain. Adriana Hidalgo editora)
Cortesía de El Paseante Libros
***
Para leer más de y sobre la autora, haga clic aquí

martes, 8 de julio de 2014

Y sentir que me dejas otra vez tu aliento entre las manos


OLGA OROZCO
[Olga Gugliotta] 
(La Pampa, Argentina, 1920-Buenos Aires, id., 1999) 


¿Quién? ¿quién? ¿quién? 
(De Archivo)

A solas,
en medio del vendaval del tiempo no estoy sola.
Van y vienen, errantes como nubes,
sumisos al capricho de la luz, a las oscilaciones entre la fe y la duda,
pero al final se imponen, lo mismo que una música o un destello lunar,
invadiendo mis ojos, mi nublada cabeza,
desde la extraña, oscura, vertiginosa rotación del tiempo.
¿Son recuerdos, o sombras, o visiones? ¿Espíritus, acaso? 
Los siento agazapados, dispersos en el fondo de todos los rincones,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerse a existir como la vez primera o la última vez,
mientras aumenta el frío en mis rodillas.
Quién? ¿quién? ¿quién?
Llegan como jirones desprendidos del sueño.
Pero los reconozco: no se han roto los inasibles vínculos.
Son mi abuela, mis padres, mis hermanos en su versión de gasas para el vuelo,
y el modo de caer a vida o muerte, como una inmolación,
hasta el centro engañoso de la llama,
que es mi propia manera de partir y volver a nacer.
Sé también quiénes son los que llegan ahora:
parecerían pájaros en duelo o humaredas que significan "nunca más",
papeles calcinados por embustes, por juramentos y traiciones,
un remolino negro en las tormentas del pasado.
Y tú ¿vienes por mí?
Tú, que desde tan cerca me rodeas con tu abrazo de seda,
huyes después tan rápido que apenas puedo ver el destello de un rastro,
el fulgor de tu piel bendiciendo mis lágrimas,
Y
y este amor sin sosiego entreabriendo la herida en mi costado.
Ahora cierro los ojos y si vuelvo a mirar hay una mancha pálida.
Se balancea, rueda y es la casa, mi refugio de siempre frente al miedo.
Avanza entre las brumas como un barco fantasma,
con su carga de muertos y los viejos enigmas aún sin resolver,
y allí en algún rincón, yo, la sobreviviente,
soy en este destiempo la irreal aparecida,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, un suspenso,
para rehacerme desde algún perfume, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerme a existir como por vez primera.
porque de aquel costado seré sombra también, o recuerdo o espíritu,
en busca de los asilos ya perdidos.
Pues tal como perduran en el cuerpo los dolores de las mutilaciones,
así vuelven las almas a reclamar por todos sus vacíos. 


Extraído de: Con esta boca, en este mundo. Ed. Sudamericana, Bs.As., 1994

sábado, 20 de abril de 2013

Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara


OLGA OROZCO

[Olga Gugliotta]  
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-Buenos Aires, 1999) 

Entre perro y lobo

Me clausuran en mí.      
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.      
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:      
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la furia a solas,      
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.      
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas      
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,      
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
invasión del enemigo.      
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.      
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres      
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:      
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.      
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?      
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?

De Olga Orozco, Obra Poética, Corregidor, 2007

sábado, 16 de junio de 2012

Bajo el pálido rayo de la ausencia

OLGA OROZCO
[Olga Gugliotta] 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-Buenos Aires, 1999) 

SOL EN PISCIS

Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.
Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos.
Lo sé.
A veces las estatuas vuelven a abrir en mí ciertas heridas
o toman el color de las acusaciones que me impiden dormir.
Pero hay pruebas que nadie quiere ver.
Se atribuyen al tiempo, a las tormentas,
a la sombra de pájaro con que los días se alzan o se dejan
caer sobre la tierra.
Nadie quiere pensar que hay muchas muertes por cada
corazón.
Tantas como muertos nos lloren.
Tantas como piedras los sigan lamentando.

Existe una canción que entre todos levantan desde los fríos
labios de la hierba.
Es un grito de náufragos que las aguas propagan borrando
los umbrales para poder pasar,
una ráfaga de alas amarillas,
un gran cristal de nieve sobre el rostro,
la consigna del sueño para la eternidad del centinela.

¿Dónde están las palabras?
¿Dónde la señal que la locura borda en sus tapices a la luz
del relámpago?
Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.
Es necesario estar como si no estuvieras.

He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.
De este lado no es más que un pedazo de lápida sin
inscripción alguna.
Y sin embargo desde allá es como un talismán que abre las
puertas de mi vida.
Por sus meandros azules llego a veces más allá de mis venas:
cerraduras que giran contra la misteriosa rotación de los años,
vértigos de continuas despedidas que ahora me despiden
a través de mis lágrimas de entonces,
hasta ser nada más que una cinta brillante,
un fulgor que ilumina ese fondo de abismo donde caigo
hacia el fondo del cielo,
tan ávido como el tambor que invoca las tormentas.

Heroína de miserias, balanceándote ahora casi al borde
de tu alma,
no mires hacia atrás, no te detengas,
mientras arde a lo lejos la galería de las apariencias,
las máscaras del sueño que labraste sobre ciegas cortezas
para poder vivir.
A solas con tu nombre, contra el portal resplandeciente,
a solas con la herida del exilio desde tu nacimiento,
a solas con tu canción y tu bujía de sonámbula para
alumbrar los rostros de los desenterrados,
porque ésa es la ley.
A solas con la luna que arrastra en las mareas del más alto
jardín de la memoria
un rumor de leyendas desgarradas por la crueldad de la
distancia:
“Cuando llegues del otro lado de ti misma
podrás reconocer el puñal que enterraste para que tú
vinieras despojada de todo poderío.
Si avanzas más allá
encontrarás la fórmula que yace bajo los centelleos de todos
los delirios.
Si consigues pasar
alcanzarás la Rueda que avanza hacia el poniente.”
Pero no hay arma alguna que arrebate a mi vida su
inocencia,
ni retablo enterrado en cuyo espejo de oro se abran las
flores de otros mundos,
ni carruaje que avance con el rayo.
Sin embargo, esta palabra sin formular,
cerrada como un aro alrededor de mi garganta,
ese ruido de tempestad guardada entre dos muros,
esas huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias
de la arena,
conducen a este círculo de cavernas salvajes
a las que voy llegando después de consumir cada vida
y su muerte.
Celdas tornasoladas del adiós para siempre, para nunca,
y cada una se abre hacia las otras con la fisura de una gran
nostalgia
por donde pasa el soplo de los siglos,
la mariposa gris que envuelve con sus nieblas al huésped
solitario,
a ese que ya fui o al que no he sido en este y otros mundos.
El que entreteje sus coronas con la ceniza de la tierra,
el que reluce con cabeza de león como un sol heráldico
entre las tinieblas,
el que sueña conmigo como con una cárcel de muros
transparentes,
ésta que soy queriendo guardar la eternidad en el polvo
de cada sonrisa,
el que se cubre con ropajes de águila para volar más lejos
que la mirada de los hombres,
los que habitan aquí o en otro lado lejos de las investiduras
de la sangre
y no puedo nombrar,
y el que rescatará la coraza de luz
-su día levantado palmo a palmo con la noche de los otros-
para cruzar la última puerta del arcano.

Oh sombra de claridad sobre mi rostro,
relámpago entrevisto desde el fondo del agua:
tu signo está grabado sobre todas las frentes para la
ceremonia de la duración,
para la travesía de todos los recintos en cuyo fondo te alzas
como una llamarada de la gran añoranza,
como los espejismos de un perdido país anunciado por el
sueño y la sed,
el miedo y la nostalgia,
y el insaciable tiempo que llevamos de migración
en migración
como una brasa que quema demasiado.

Todos los grandes vértigos del alma nacen del otro lado de
las piedras.
 ***

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,
aquella que no abriste
y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de
todo tu destino.
Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,
pero tiene el color de la inclemencia
y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.
Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el
oído contra el oído de tu ayer,
acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las
cenizas del adiós,
acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del
mismo sueño
y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.
Es tan sólo un engaño,
una fabulación del viento entre los intersticios de una historia
baldía,
refracciones falaces que surgen del olvido cuando lo roza la nostalgia.
Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;
no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la
ausencia.
No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo
cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo el mundo
descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un
nombre confuso la consigna.
¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,
la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda
la partida?
No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,
con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;
no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y
exilios,
porque también, también serán un día el
muro y la añoranza.
Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.
Si consigues pasar,
encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que
elegiste.


miércoles, 28 de julio de 2010

¿Cómo escribe usted, con qué método o cosa que se le asemeje?

ENTREVISTA A OLGA OROZCO
por Jorge Aulicino




—Hay acuerdo, en general, en cuanto a que su poesía alude a las zonas menos exploradas y quizá, más impenetrables del espíritu humano. Es decir, a lo irracional, a lo numinoso. Pero al mismo tiempo resulta evidente que usted pareciera creer o apostar al poder de encantamiento, de control, que ejercería la palabra sobre esos dominios. ¿Qué lugar queda entonces para lo imponderable, para el estremecimiento del misterio?
— Si yo no creyera en el poder de la palabra no escribiría. He dicho muchas veces que la poesía como liberación —en el sentido de trascender lo manifestado– es lo que impulsa fundamentalmente el acto creador. De allí a suponer que intento desentrañar enigmas como ecuaciones y establecer códigos conceptuales para clasificar en sistemas los diversos misterios hay una inmensa distancia.

—¿Cuál es entonces el alcance del conocimiento frente a cada símbolo?
— Pierre Emmanuel dice que analizar intelectualmente un símbolo es como pelar una cebolla para encontrarla, es decir, quedarse sin nada a fuerza de reducir su significado. Yo no creo que en la poesía la penetración de un símbolo excluya todas las otras interpretaciones; creo que cada una es como una epifanía, una aparición reveladora que abre nuevas puertas hacia la trascendencia. Más bien, entonces, cada descubrimiento subraya lo imponderable y multiplica el estremecimiento del misterio, como dijo usted al comienzo.

—Insistiendo en el misterio y en las representaciones tradicionales que lo encierran, ¿qué es para usted el mito?
—El relato de un acontecimiento cosmogónico o maravilloso protagonizado por dioses o por héroes, que tiene un carácter ejemplar y se remite a un momento privilegiado, repetible y atemporal. No me importa si es una transformación de la historia en leyenda o una metamorfosis de la fábula en historia o el producto de una interpretación errónea de los contenidos del lenguaje: ésas son discusiones interminables para antropólogos y lingüistas. Lo que cuenta es el episodio que refiere un prodigio eterno.

—¿En qué lugar de la creación humana, del proceso creativo o, si se quiere, del espíritu humano, coloca usted los mitos?
—En un lugar de primera línea, como el que ocupa el arte, las tradiciones sagradas o mágicas y la función del lenguaje. Tal vez, como dice Cassirer, los tres hayan constituido una unidad concreta e indivisa en los comienzos de cada civilización, y luego, poco a poco, fueron desplegando modos independientes para su representación, aunque en el campo poético los vemos fusionarse a cada paso.

—¿Es posible una explicación mítica de la cultura?
—Me parece que aquí se levantan Sócrates y Platón para cerrarnos el camino. No, no confío en tal explicación. Aunque el mito subyace en el inconsciente colectivo, está latente en nuestra subconciencia y aparece en muchísimos actos y consideraciones bastante cotidianos, y aunque muchos mitos modernos aumenten el caudal de los antiguos, su vigencia es más bien personal que multitudinaria. Creo, sí, que el mito está en el comienzo de toda cultura y que sus itinerarios se confunden luego, sin que aquél condicione a ésta de manera notable. Es una lástima. Reinarían la inocencia, la imaginación, la fraternidad, los altos valores y la fe en lo maravilloso.

—¿Qué lugar ocupa la magia en su vida cotidiana?
—Como no me avergüenza tener una mentalidad animista, al igual que los pueblos mal llamados "primitivos", puedo decirle que la magia, de un modo u otro, se ha infiltrado en mi casa en todos los rincones. Está en los rituales con que dispongo los zapatos para que mis pasos no se traben, en la intención con que preparo comidas para beneficiar a mis amigos, en las negras imágenes que dejo correr con el agua hacia el desaguadero y hasta en la ráfaga de felicidad que envío a la distancia soplando colores fantásticos.
**
Creación y ética

—¿Cree que la creación implica una ética? ¿Cree en una ética intrínseca de la obra de arte?
—Pienso que una labor creadora realizada con plena honradez en sus procedimientos es una obra que lleva implícita una ética —una ética de comportamiento formal, digamos—, pero que esta ética no se extiende al fondo de la obra ni a la catadura moral del autor, los cuales pueden ser absolutamente canallescos, como lo comprobamos con harta y desdichada frecuencia. En cuanto a la obra de arte superará con exceso todas nuestras exigencias, inclusive las éticas, si las tenemos, o tendrá el poder de crear de por sí una nueva ética, superior a la establecida.

—¿Qué es lo que determina, específicamente en la Argentina, que la producción poética permanezca en cotos cerrados? Si se trata de la profundidad o la complejidad de su universo, ¿cómo se explica el relativo éxito editorial de Julio Cortázar o de Jorge Luis Borges? Son nombres que demuestran, desde la prosa, que se puede tener eco sin ceder a las fórmulas del bestsellerismo.
—Paso a paso, por favor. La poesía ha sido siempre una cuestión de minorías, un lujo para estados de ánimo, salvo en el caso de algunos creadores excepcionales que encontraron el tono justo para resumir en su "yo" el "nosotros" y encarnar en sus temas motivos generales, cuando no fueron protagonistas de alguna leyenda o de algún patetismo de esos que adornan los fastuosos panteones del culto privado. Pasando a la segunda parte de su pregunta, Borges y Cortázar, por conjunción de méritos, circunstancias y predestinación, son dos auténticos mitos criollos, históricos y reales, mucho más definidos que esos que definíamos al comienzo. Aunque en ambos casos es mucho mayor la nombradía en blanco o el fervor anecdótico alentado por la insistencia periodística que el conocimiento cierto a través de la lectura. A ese resultado me ha conducido muchas veces la confesión de algunos de sus admiradores incondicionales, sobre todo jóvenes.
**
Cierto estupor

 —La poesía tiene un cierto hándicap en el universo popular. Se respeta, no sin cierta reserva, cierto estupor, a aquel que dice ser poeta. ¿A qué atribuye esta actitud de parte de la gente? ¿Qué lugar, qué resonancias inspira la palabra poeta, en general? En todo caso, ¿por qué los poetas no saben, o no pueden, explotar esa ventaja?
—¿En el universo popular? Más que respeto, tal vez sea un sentimiento de estupor, justamente, el que provoca un personaje ensimismado y extravagante que se mide con elementos tan intangibles como las palabras y que frecuenta territorios imaginarios en los que puede suceder cualquier cosa. ¿Cómo no va a despertar reserva y cautela en lugar de confianza y locuacidad? ¿O de qué nos van a hablar? Atribuyo esta actitud a una natural propensión a la salud y a una superstición difundida desde que el poeta era un médium o un profeta. Y supongo que sería retórico continuar respondiendo a estas preguntas.

—La última queda sin responder, pero adelante. ¿Cómo escribe usted, con qué método o cosa que se le asemeje?
—No tengo métodos sino más bien "cosa que se le asemeje", y es una piedra negra que aprieto como talismán en la mano derecha. Es lo único estable, aparte del fervor, la paciencia y la duda. Puedo decirle que el poema nace en mí por una frase o por una imagen que me resultan particularmente envolventes o significativas, que luego tengo una visión global del poema, y hasta es posible que la línea final. Puedo agregar que a medida que avanzo existe un exhaustivo trabajo de corrección. Construyo mis poemas como un arquitecto, probando los materiales, la sección de las columnas, la resistencia de las bases, la armonía de las partes, aunque el plano sea totalmente fantástico. Hago estructuras como para poder vivir.

—¿Cómo decide si un poema es bueno o malo?
—Se decide durante su escritura, a través de esas pruebas que le acabo de enumerar. Insisto sobre cada deficiencia hasta superarla. Esto no quiere decir que el poema aprobado sea "universalmente" bueno sino que me ha exigido poner en juego mis máximas posibilidades.

—¿Qué lee?
—Poesía, ensayos de poética y de antropología, novelas y cuentos, religión, y en los ratos libres novelas policiales.

—¿Es circunstancial lo ocurrido estos años en la Argentina?
—Supongo que no. Sólo una deuda kármica podía exigir tanto tiempo de mortificación y vergüenza.
**
De Clarín, Cultura y Nación, 31 de enero de 1985.
Tomado del blog de Marcelo Leites
Imagen tomada de http://platea.pntic.mec.es/anilo/mitos/fotos/Pandora.jpg

miércoles, 1 de julio de 2009

Y tú ¿vienes por mí?


Un poco más de OLGA OROZCO
[Olga Gugliotta] – (Argentina, 1920-1999)


¿Quién? ¿quién? ¿quién?

A solas,
en medio del vendaval del tiempo no estoy sola.
Van y vienen, errantes como nubes,
sumisos al capricho de la luz, a las oscilaciones entre la fe y la duda,
pero al final se imponen, lo mismo que una música o un destello lunar,
invadiendo mis ojos, mi nublada cabeza,
desde la extraña, oscura, vertiginosa rotación del tiempo.
¿Son recuerdos, o sombras, o visiones? ¿Espíritus, acaso?
Los siento agazapados, dispersos en el fondo de todos los rincones,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerse a existir como la vez primera o la última vez,
mientras aumenta el frío en mis rodillas.
Quién? ¿quién? ¿quién?
Llegan como jirones desprendidos del sueño.
Pero los reconozco: no se han roto los inasibles vínculos.
Son mi abuela, mis padres, mis hermanos en su versión de gasas para el vuelo,
y el modo de caer a vida o muerte, como una inmolación,
hasta el centro engañoso de la llama,
que es mi propia manera de partir y volver a nacer.
Sé también quiénes son los que llegan ahora:
parecerían pájaros en duelo o humaredas que significan "nunca más",
papeles calcinados por embustes, por juramentos y traiciones,
un remolino negro en las tormentas del pasado.
Y tú ¿vienes por mí?
Tú, que desde tan cerca me rodeas con tu abrazo de seda,
huyes después tan rápido que apenas puedo ver el destello de un rastro,
el fulgor de tu piel bendiciendo mis lágrimas,
y sentir que me dejas otra vez tu aliento entre las manos
y este amor sin sosiego entreabriendo la herida en mi costado.
Ahora cierro los ojos y si vuelvo a mirar hay una mancha pálida.
Se balancea, rueda y es la casa, mi refugio de siempre frente al miedo.
Avanza entre las brumas como un barco fantasma,
con su carga de muertos y los viejos enigmas aún sin resolver,
y allí en algún rincón, yo, la sobreviviente,
soy en este destiempo la irreal aparecida,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, un suspenso,
para rehacerme desde algún perfume, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerme a existir como por vez primera.
porque de aquel costado seré sombra también, o recuerdo o espíritu,
en busca de los asilos ya perdidos.
Pues tal como perduran en el cuerpo los dolores de las mutilaciones,
así vuelven las almas a reclamar por todos sus vacíos.


Extraído de: Con esta boca, en este mundo. Ed. Sudamericana, Bs.As., 1994

lunes, 23 de febrero de 2009

Ésa y no cualquier otra

Dos poemas de OLGA OROZCO
(Argentina, 1920-1999)



Poema Nº 7

Maldoror


¡Ay! ¿Qué son pues el bien y el mal? ¿Son una misma cosa por la que testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito hasta por los medios más insensatos?
Lautréamont, Los cantos de Maldoror


Tú, para quien la sed cabe en el cuenco exacto de la mano,
no mires hacia aquí.
No te detengas.
Porque hay alguien cuyo poder corromperá tu dicha,
ese trozo de espejo en que te encierras envuelto en un harapo deslumbrante del cielo.

Se llamó Maldoror
y desertó de Dios y de los hombres.

Entre todos los hombres fue elegido para el infierno de Dios
y entre todos los dioses para condenación de cada hombre.
Él estuvo más solo que alguien a quien devuelven de la muerte para ser inmortal entre los vivos.
¿Qué fue de aquel cuyo corazón se enlazaron las furias con brazos de serpiente,
del que saltó los muros para acatar las leyes de las bestias,
del que bebió en la sangre un veneno sediento,
del que no durmió nunca para impedir que un prado celeste le invadiera la mirada maldita,
del que quiso aspirar el universo como una bocanada de cenizas ardiendo?

No es castigo,
ni es sueño,
ni puñado de polvo arrepentido.
Del vaho de mi sombra se alza a veces la centelleante máscara de un ángel
que vuelve en su caballo alucinado a disputar un reino.
Él sacude mi casa,
me desgarra la luz como antaño la piel de los adolescentes,
y roe con su lepra la tela de mis sueños.

Es Maldoror que pasa.

Hasta el fin de los siglos levantará su canto rebelde contra el mundo.
Su paso es una llaga sobre el rostro del tiempo.




Poema Nº 3


He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

de Las muertes (1952)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char