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viernes, 20 de julio de 2018

Y nadie encuentra al otro

CHARLES BUKOWSKI

(Andernach, Alemania, 1920 - San Pedro, California, EE.UU.,1994) 

Mosca de bar

Jane, quien ha estado muerta por 31 años
nunca se hubiera podido
imaginar que yo escribiría un libreto sobre nuestros días
de borracheras juntos
ni
que serían convertidos en una película
ni
que una hermosa estrella de cine interpretaría su
papel.

parece que escucho a Jane en este momento: “¿una hermosa estrella de cine? ¡Oh,
por el amor de Dios!”

Jane, esto es el negocio del espectáculo, así que vuélvete a dormir querida, porque
sin importar cuánto ellos hubieran intentado
simplemente no habrían podido encontrar a alguien exactamente como
tú.

y yo tampoco he
podido.
***
Arte

Cuando el
Espíritu
Se desvanece
Aparece
La 
Forma.
***
A la puta que se llevó mis poemas 

Algunos dicen que debemos eliminar del poema 
los remordimientos personales, 
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero 
¡POR DIOS! 
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias! 
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores! 
¡Es intolerable! 

¿Tratas de joderme como a los demás? 
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero? 
Usualmente lo sacan de los dormitorios y de los pantalones borrachos y enfermos 
en el rincón. 
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de 50, 
pero no mis poemas. 

No soy Shakespeare 
pero puede ser que algún día ya no escriba más, 
abstractos o de los otros. 
Siempre habrá dinero y putas y borrachos 
hasta que caiga la última bomba, 
pero como dijo Dios, 
cruzándose de piernas: 
veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía. 
***
A solas con todo el mundo

La carne cubre el hueso
y dentro le ponen
un cerebro y 
a veces un alma
y las mujeres arrojan
jarrones contra las paredes
y los hombres beben demasiado
y nadie encuentra al otro
pero siguen
buscando 
de cama
en cama,
la carne cubre
el hueso y la 
carne busca algo más carne.

no hay ninguna posibilidad:
estamos todos atrapados
por un destino
singular.

nadie encuentra jamás al otro.

los tugurios se llenan
los vertederos se llenan
los manicomios se llenan 
las tumbas se llenan

nada más 
se llena.

Peleando a la contra, Anagrama. Varios traductores, 2006.
***

“Lo que no me gusta es esa imagen de mierda, esa imagen mía a lo Humphrey Bogart, o esos que me adoran como un Hemingway totalmente loco, o como un Dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles, o lo que sea…”, se quejó un día (de su fama) Bukowski.

 **

“Es bastante fácil parecer moderno cuando en realidad se es el mayor idiota que jamás ha existido; ya lo sé: yo he sacado algunos poemas horribles, pero no tan horribles como los que he leído en las revistas. Poseo una honestidad fruto de las putas y los hospitales que no me permite fingir ser algo que no soy…”

Fuente: Rockdelux 107 (Abril 1994)

martes, 22 de junio de 2010

Ni una línea, nada, ni un pensamiento, nada...

THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)

De La Calera
(Fragmento)


(...) Encuentro IV:
Konrad dice, en relación con su estancia en Bruselas hace ahora veintidós años, entonces hospitalizó a su mujer por un breve período en una clínica de Lovaina, no literalmente, pero sin embargo casi literalmente, lo siguiente: cuando no aguanto más en mi habitación, porque no puedo pensar ni escribir ni leer ni dormir y entonces, porque, en general, no puedo más, tampoco ir de un lado a otro por mi cuarto, es decir, temo, porque he ido ya durante muchísimo tiempo de un lado a otro por mi cuarto, que si, de repente, vuelvo a ir de un lado a otro, a cada instante lo temo, también mi ir de un lado a otro por mi cuarto se hará imposible, y porque lo temo, se hace también realmente imposible, porque golpean, es decir, golpean porque molesto, porque al ir de un lado a otro molesto, golpean o llaman o bien oigo simultáneamente golpear y llamar, lo que me resulta de lo más insoportable, porque temo que puedan volver en seguida a golpear o a llamar o a golpear y llamar simultáneamente… me voy, porque no aguanto más en mi cuarto, de mi cuarto, bajo al tercer piso y golpeo en la puerta del profesor… golpeo y espero hasta que el profesor oye mis golpes, me quedo ante la puesta del profesor y espero a que el profesor me diga que entre… pienso, mientras estoy otra vez ante la puerta del profesor, hace frío, estoy helado, no sé, son ya las once, son las doce, es la una de la mañana… a causa de ese continuo ir de un lado a otro por mi cuarto he perdido casi el sentido, espero, pienso ahora, cada vez, cuando estoy ante la puerta del profesor y espero, hasta que el profesor dice ¡adelante!, la puerta no está cerrada, dice, y yo abro la puerta y entro, y veo al profesor sentado a su escritorio… espero, pero no oigo nada. Nada. Golpeo. Nada. Espero y golpeo tanto tiempo, que pienso que debo darme la vuelta y volver a mi cuarto, el profesor no te va a abrir hoy, hoy no… ayer me abrió, antesdeayer me abrió, antesdeantesdeayer, durante toda la semana pasada me abrió, me abrió cada vez que llamé… pero hoy, pienso, el profesor no te va a abrir… golpeo y golpeo y escucho y no oigo nada. ¿No estará el profesor? ¿O está y es sólo que no me oye? ¿Se habrá ido otra vez al campo? Con cuánta frecuencia se va el profesor al campo, pienso, se va al campo de forma imprevista. A ver a esos cientos de parientes suyos, pienso. ¿Y si golpeara más fuerte aún?, pienso. ¿Más fuerte? Pero si ya he golpeado el doble, el triple de fuerte… ¡Golpear!, me digo. ¡Golpear! Realmente golpeo ahora fuertísimo, y pienso que ahora debe de haberme oído toda la casa, porque he golpeado tan fuerte como no había golpeado jamás… ¡Golpear más fuerte aún! Realmente, alguien tiene que haber oído ahora mis golpes… todas esas gentes tienen oídos sensibles, pienso, los oídos más sensibles, los oídos de todas esas gentes son de lo más sensible… pero golpeo otra vez más, ahora más fuerte aún, tan fuerte como nunca he golpeado, y escucho y oigo al profesor, viene a la puerta y la abre, pero la abre sólo a medias y yo le digo: espero no estorbar, la verdad es que ya es tarde, pero espero no estorbar… veo enseguida, dice Konrad, que el profesor se encuentra en pleno trabajo científicointelectual… ¡Mi Morfología!, dice, dice Konrad, ¡mi Morfología!... y yo digo, dice Konrad: si molesto, me vuelvo en seguida a mi habitación. ¡Ahora bien!, digo, y el profesor dice: ¡mi Morfología!, y yo pienso, dice Konrad, ¿por qué ha abierto la puerta sólo a medias el profesor?, sólo la abre lo suficiente para poder sacar la cabeza y hablar conmigo, de forma que yo no pueda entrar, nada más... Ahora bien, oiga, digo, dice Konrad, si molesto me vuelvo en seguida a mi habitación. Si le molesto... ahora veo, dice Konrad, que el profesor se ha desnudado ya, está completamente desnudo, completamente desnudo bajo la bata, veo y le digo: ¡se ha desnudado usted ya!, y luego: si molesto, me vuelvo al instante a mi habitación!, ¡basta con que me diga que no quiere que lo molesten ahora!... pero si usted me lo permite, si me lo permite sólo una vez más, entraré sólo unos instantes a su casa, digo, me marcharé en seguida, no sé en absoluto qué hora es... no tengo ni idea de qué hora puede ser, digo, voy todo el tiempo por mi cuarto de un lado a otro, de un lado a otro con ese problema mío y casi me vuelvo loco por ello... como sabe, ahora no trabajo ya desde hace días, no trabajo ya en absoluto, mi querido profesor, me resulta imposible, ni una línea, nada, ni un pensamiento, nada... una y otra vez pienso, ahora tengo un pensamiento, en realidad no es nada, nada, digo... y así ando todo el día ocupado en ese pensamiento, en realidad sólo con ese único pensamiento por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, de no tener ningún pensamiento, de no tener ni un solo pensamiento... porque, realmente, desde hace ya mucho tiempo no tengo ya ningún pensamiento, digo... y así espero y así ando, mientras espero y, sin embargo, sólo lo espero a usted, espero el día entero que vuelva usted a casa... Hoy ha vuelto usted dos horas más tarde a casa, digo, ayer una hora y media más tarde, realmente, hoy, dos horas y media más tarde... le oigo, porque siempre estoy atento, ya en la calle, cuando abre usted la puerta de la casa y cierra usted otra vez la puerta de la casa, oigo cuando entra usted en el vestíbulo, espero el día entero que entre usted en el vestíbulo... Hoy ha hecho usted probablemente sus compras, ha tenido que hacer gestiones, probablemente ha pagado sus cuentas, ha ido también probablemente a correos... y cuando está usted en el vestíbulo, pienso que ahora cerrará en seguida la puerta del piso, que ahora va usted a su cuarto... ahora se quita el abrigo, los zapatos, ahora se sienta al escritorio, pienso... ahora come usted algo, ahora empieza usted a escribir una carta, una carta a su hija que vive en Francia, a su hijo que vive en Rattenberg... o una carta de negocios... o se ocupa usted de su Morfología, pienso... oigo cada vez con mayor claridad cómo abre usted su cuarto, en los últimos tiempos abre usted su cuarto mucho más deprisa que al principio, va usted rápidamente a su cuarto, se quita el abrigo bruscamente... y entonces pienso que reflexiona si debe echarse en la cama o no, echarse en la cama vestido o no, echarse en la cama sin quitarse los zapatos o no echarse en la cama, si, antes de ocuparse de la Morfología, debe echarse o no... que entonces, cuando está echado en la cama, cuando ha estado echado en la cama, cobra conciencia de lo absurdo de su trabajo y de lo absurdo de su existencia... que tiene que cobrar conciencia de ese absurdo... que tiene que ganarse el pan de una manera tan deplorable, tiene que estudiar de una manera tan deplorable, que todos e ganan el pan de esa manera deplorable, todos tienen que estudiar de esa manera deplorable... de una manera todavía más deplorable, piense... y que, en el fondo, pienso yo, le dijo Konrad al parecer al profesor, dice Konrad, usted no tiene ya a nadie en absoluto... que usted entonces, tanto si se sienta al escritorio como sino, tanto si está echado en la cama como si no, cobra conciencia, tiene que cobrar conciencia de toda su infelicidad y, de hecho, de una infelicidad cada vez mayor... En ese instante le deja entrar el profesor... y yo voy, dice Konrad, inmediatamente a su cama y le digo, como veo que la cama está abierta, ha abierto usted ya la cama, es posible que quiera irse usted ya a la cama, o ¿quizás estaba usted ya en la cama...?, y le digo: no se moleste por mí, échese si le apetece, sólo quiero ir un poco de un lado a otro por su cuarto, por su cuarto, ya sabe usted que por mi cuarto no puedo hacerlo ya... si voy por mi cuarto de un lado a otro, digo, creo que todos oyen en la casa que voy por mi cuarto de un lado a otro, lo mismo que también usted, cuando leo, sabe que leo en mi cuarto, sabe que yo, cuando pienso, pienso en mi cuarto, y lo mismo sabe que escribo, cuando escribo en mi cuarto, y lo mismo, cuando estoy echado en la cama, que estoy echado en la cama… todas esas gentes saben siempre, creo, lo que hago, digo… porque oiga, digo, esas gentes saben también que pienso cuando pienso en mi cuarto, que pienso en el estudio… eso hace que me resulte imposible pensar en mi cuarto, pensar en mi cuarto en el estudio y, por esa razón, llevo ya tanto tiempo sin pensamientos… y qué horrible, pienso, es para mí no poder pensar en mi cuarto, qué horrible escribir una carta en mi cuarto… por eso, desde hace tanto tiempo, no leo ya, y tampoco puedo ya pensar… pero en su cuarto, digo, siempre me es posible todavía ir de un lado a otro… voy por su cuarto de un lado a otro y me tranquilizo… poco a poco y, al cabo de algún tiempo, de forma cada vez más intensa, digo, y: entonces puedo volver otra vez a mi cuarto… ya ve, digo, ahora me tranquilizo, todo mi cuerpo se tranquiliza… y esa tranquilidad, digo, pasa también luego lentamente a mi cerebro, es, cuando me tranquilizo aquí en su cuarto, simultáneamente una tranquilidad del cuerpo y del cerebro… realmente, digo, sólo necesito entrar en su cuarto, y me tranquilizo… ¿Qué es esto? Cuando, sin embargo, me resulta imposible visitar jamás a ninguna otra persona… entro en su habitación y me tranquilizo… Hoy, digo, ha vuelto usted a casa tan tarde, esas ridículas gestiones, digo, que tiene que hacer… ese correo ridículo, que recibe día tras día y día tras día tiene que contestar, esas gentes ridículas… yo no recibo ningún correo, no respondo ningún correo… y esos antipáticos colaboradores de su oficina que tiene usted que aguantar, que durante tantos años tiene ya que aguantar… esas cosas antipáticas, digo, le impiden volver antes a casa… y al dar usted la vuelta a la llave en la cerradura, digo, pienso cada vez que me salvará de esta horrible situación, digo, porque, sabe usted, digo, me siento siempre como si me ahogase… terminar mi vida ahogado, digo, ahogarme al final, grotesco que tuviera que ahogarme al final… porque usted haya tenido alguna vez que hacer una serie de gestiones suplementarias, y haya vuelto demasiado tarde a su casa… y a su cuarto, mientras que yo me habré ahogado hace tiempo, le dice Konrad al profesor, realmente creo todos los días, a la misma hora, que me voy a ahogar, que me ahogo, pienso, por una ridiculez, porque usted, como podría ocurrir alguna vez, ha tenido que hacer otra gestión, dar otro rodeo, visitar a su tía más tiempo… le oigo en la calle, oigo sus pasos, oigo cómo da la vuelta a la llave en la cerradura de la casa, cómo le da la vuelta en la puerta del piso… ahora, digo, me tranquilizo, ya ve que me tranquilizo porque me ha dejado entrar en su cuarto, digo, si al menos no le molestase, digo, pienso, digo, que le he molestado ya tan a menudo, dice Konrad, pero si sigo solo un instante más, le dice al profesor, pienso siempre que me ahogaré… y entonces le oigo a usted… Qué miniatura más bonita, digo, tiene usted en la pared, esas bonitas miniaturas que jamás había visto… y entonces oigo cómo abre usted la puerta de su piso y cómo la cierra y cómo se echa usted en la cama y cómo se sienta usted a su escritorio y cómo se levanta otra vez del escritorio… y entonces voy por centésima vez de un lado a otro por mi cuarto, siempre de un lado a otro, y me digo: ahora puedes ya bajar a casa del profesor, ahora es correcto ya, y entonces otra vez: ahora, ir, bajar, bajar aprisa, ahora, ahora… y me vuelvo ya casi loco con ese pensar una cosa y otra, con ese incesante voyonovoy… es correcto, o no es correcto… y pienso: ¡ahora!, y ¡ahora!, y así se pasa una hora, y me digo, sin embargo, el profesor estará posiblemente ocupado con su Morfología… realmente estaba usted ahora precisamente ocupado con su Morfología, digo, dice Konrad, y al mismo tiempo, sin embargo, demasiado fatigado… Está usted demasiado fatigado, digo… ¡y muy ocupado!, digo, y voy al escritorio y veo que el profesor se ha estado ocupando de su Morfología… mientras yo, durante toda una hora, pensaba, voy a casa del profesor o no… Sí, digo, si molesto… dígame usted que molesto… que, naturalmente, molesto… dígame usted, si molesto, que molesto… que, naturalmente, molesto, le molesto ya todo el tiempo, digo, dice Konrad, que todos estos años le molesto… todos estos años que llevo viviendo con usted en esta casa… ¡soy un personaje molesto!... pero ya ve, digo, dice Konrad, espero dos horas, espero cuatro horas, seis horas, ocho horas… y no bajo a su casa… esperas tanto tiempo y entonces no bajas a casa del profesor, digo… y naturalmente bajo y golpeo en su puerta, golpeo muchísimo tiempo hasta que usted abre y me deja entrar… y me deja ir de un lado a otro por su cuarto, para que lentamente me tranquilice… y me tranquilizo, digo, y digo: posiblemente avanzaré esta noche un trecho en mi estudio, aunque sólo sea el trecho más corto… Posiblemente, digo, pero me digo eso día tras día, me digo día tras día, hoy, cuando el profesor vuelva a casa, bajarás a su casa y andarás por su cuarto de un lado a otro y entonces volverás a tu cuarto y empezarás a escribir el estudio… eso me digo, como sabe usted, dice Konrad, también hoy, ahora, y que ahora, me digo siempre, ahora empezaré a escribir el estudio… y al profesor le digo, dice Konrad, si por lo menos no le hubiera molestado... si no supiera yo, digo, que fácilmente se molesta a las personas, a una persona que necesita tranquilidad, a una persona como usted, profesor, a una persona como yo, profesor... a la que, cuando sin embargo sólo quiere estar sola, se la molesta... pero a diferencia de mí, le digo al profesor, que no puedo ya estar solo, usted quiere, y lo curioso es que, con ello, se ha hecho ya tan viejo, estar solo, porque naturalmente tiene usted que estar solo... y la verdad es que siempre me dice, cuando vengo a su casa, digo, dice Konrad, que quiere estar solo, que tiene que estar solo, incluso cuando no lo dice, incluso cuando no lo está... incluso cuando no dice nada oigo cómo dice quiero estar solo... mi querido profesor, digo, ahora me voy a mi cuarto, me he tranquilizado y: es exclusivamente mérito suyo que me haya tranquilizado... pero probablemente tampoco usted me podrá tranquilizar ya pronto, lo mismo que mi mujer no me puede tranquilizar ya, nadie, nada, digo... le doy las gracias, le doy las gracias, digo, y voy hacia la puerta, y el profesor me abre, y yo digo, no quería, la verdad es que no quería molestarlo, querido profesor, no quería molestarlo, no quería molestarlo y me doy la vuelta y oigo que el profesor vuelve a su cuarto... llego sorprendentemente deprisa a mi cuarto, pienso, y me siento al escritorio y empiezo a escribir, pero no puedo escribir... creo que tengo que poder escribir, pero no puedo... y me levanto y voy por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, lo mismo que también aquí, en la Calera, voy por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... una infeliz predisposición me hace ir toda la noche por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... toda la noche y, por la mañana temprano y mientras el profesor hace ya tiempo que se ha ido otra vez, sigo yendo de un lado a otro y tengo miedo de ese ir de un lado a otro, lo mismo que entonces lo temo hoy también, lo mismo que entonces en Bruselas temo hoy todavía en la Calera ese ir de un lado a otro y voy de un lado a otro y espero y pienso, espero y voy y voy y voy... y voy... (...)
**
La calera (novela, 1970), Alianza Editorial, 1984
Traducción: Miguel Sáenz

domingo, 19 de marzo de 2017

Aquello que debe permanecer está siempre lejos

ELFRIEDE JELINEK
(Mürzzuschlag, Estiria, Austria, 1946)


Las amantes
(Fragmento)

"Así, en el transcurso de los años, se creó un círculo natural: nacer y empezar y casarse y salir y tener a la hija, la ama de casa o vendedora, generalmente ama de casa, la hija empieza, madre estira las patas, hija se casa, sale, se lanza del estribo, ella da a luz a la siguiente hija, la tienda de subsistencias populares es el centro del círculo natural de la naturaleza, en sus frutas y verduras se reflejan las estaciones del año, se refleja la vida humana en sus múltiples formas de expresión, en su único escaparate se reflejan las caras atentas de las vendedoras reunidas aquí para esperar el matrimonio y la vida. Pero el matrimonio siempre llega solo, sin la vida. Terrible, esta agonía lenta. Los hombres y las mujeres agonizan juntos, el hombre siquiera tiene un poco de diversión, vigila a su esposa como mastín desde fuera, la vigila en su agonía. La mujer vigila desde dentro al hombre, a las turistas en verano, a su hija y el dinero para el gasto, no dedicado a la borrachera. Y el hombre vigila desde fuera a su esposa, a los turistas, a la hija y el dinero para el gasto para apartar algo para emborracharse. Y así agonizan mutuamente. La hija ya no puede esperar poder agonizar también, y los padres hacen sus compras para la muerte de la hija: sábanas y toallas y trapos y un refrigerador usado, se conservará muerta pero fresca."

Tomado de elpoderdelapabra
***
AL MARGEN, discurso que leyó ELFRIEDE JELINEK cuando recibió el Premio Nobel.
¿Es escribir la facultad de plegarse a la realidad, de acomodarse a ella? Nos encantaría acomodarnos, pero ¿qué me sucede entonces? ¿Qué les sucede a aquellos que no conocen realmente la realidad? Está tan enredada. No hay peine que pueda alisarla. Los poetas la atraviesan y recogen desesperádamente sus cabellos en un peinado que rápidamente por la noche les espanta. Algo no funciona en la apariencia. La cabellera, bien recogida, aún puede ser expulsada de su casa de los sueños, pero ya no se deja domar. O bien de nuevo se derrumba y se aferra como un velo delante de la cara y a penas puede ser manejada. O bien se pone de punta sobre la cabeza, aterrada por lo que sucede sin cesar. Simplemente no se deja peinar. No quiere. Aunque pasemos tantas veces como queramos el peine con algunos dientes arrancados, simplemente no quiere. Ahora es aún peor. Lo escrito, cuando habla de lo que pasa, se escabulle entre los dedos, como el tiempo, y no solamente el tiempo durante el que se ha escrito, durante el que no se ha vivido. Nadie pierde nada cuando no ha vivido. Ni el vivo, ni el tiempo muerto, y el muerto menos. El tiempo, cuando aún se escribía, penetró en las obras de los otros poetas. Como es el tiempo, lo puede todo a la vez: penetrar en su propio trabajo y en el de los otros, en los peinados enredados de los otros, pasa como un viento fresco, incluso si es malo, que se ha elevado, repentino e inesperado, desde la realidad. Cuando se ha elevado una vez, puede no calmarse tan rápidamente. El viento de rabia sopla y lo arrastra todo con él. Lo arrastra todo, poco importa dónde, pero nunca vuelve a esta realidad que debe ser representada. Por todas partes salvo ahí. La realidad es lo que va bajo los cabellos, bajo las faldas y precisamente: arrastra hacia cualquier otra cosa. Cómo puede el poeta conocer la realidad si es ella la que pasa en él y lo arrastra siempre hacia el margen. Desde allí, por una parte ve mejor, por otra él mismo no puede permanecer sobre el camino de la realidad. Allí no hay sitio para él. Su sitio está siempre en el exterior. Sólo lo que dice desde el exterior puede ser recibido y eso porque dice ambigüedades. Y allí surgen dos posibilidades adecuadas, dos verdades que recuerdan que nada sucede, dos que interpretan en direcciones diferentes, lo reducen hasta su fundamento inestable, que falta desde hace tiempo como los dientes arrancados al peine. Una de las dos. Verdadero o falso. Tenía que acabar por llegar, puesto que el suelo como terreno para construir era cuando menos muy inadecuado. ¿Cómo construir sobre un agujero sin fondo? Pero lo inadecuado, que entra en su campo visual, les basta a los poetas para producir algo que podrían igualmente abandonar. Podrían abandonar y también abandonan. No lo matan. Sólo lo miran con ojos confusos, pero no se vuelve arbitrario por esa mirada poco clara. La mirada toca con precisión. Lo que es tocado por la mirada dice aún al derrumbarse, aunque apenas haya sido mirado, aunque aún no haya sido expuesto a la vista afilada del público, lo que es tocado no dice jamás que también podría haber sido otra cosa, antes de ser víctima de esta descripción. Significa precisamente lo que permanecería mejor no-dicho (¿Porque habríamos podido decirlo mejor?), lo que debería permanecer siempre turbio y sin razón. Demasiados se han deslizado hasta el vientre dentro. Son arenas movedizas, pero no mueven nada. Sin fondo, pero no sin fundamento. Arbitrario, pero nunca amado.
Lo exterior sirve a la vida que no se haya precisamente ahí, sino no estaríamos todos en pleno centro, en lo pleno, en la vida humana plena, y sirve a la observación de la vida que se encuentra siempre en otra parte. Allí dónde no estamos. Por qué insultar a alguien porque no encuentre el camino del viaje, de la vida, del viaje de la vida, si ha sido deportado -y deportado no es deportar con otro, ni llevar, sino simplemente desplazado por azar como el polvo de los zapatos perseguido inexorablemente por la limpiadora, siquiera un poco menos inexorablemente que el extranjero por los autóctonos. ¿Qué significa como polvo? ¿Es radioactiva o simplemente activa por si misma? Sólo lo pregunto porque deja ese extraño rastro luminoso sobre el camino. ¿Es el camino lo que corre al lado y no se reúne jamás con el escritor, o es el escritor el que corre al lado, al margen? No es diferente, pero está aislado. Desde ahí ve a los que son diferentes a él, pero entre ellos también, en su diversidad, para representarlos en su simplicidad, para darles forma, porque la forma es lo más importante, desde allá lejos se ve mejor. Pero se le guarda rencor, entonces ¿son rastros de tiza y no partículas de materia luminosa lo que marca el camino de la escritura? En todos los casos es una marca que muestra y al mismo tiempo vela y ella misma borra cuidadosamente el rastro que ha dejado. No estamos en absoluto presentes. Pero a pesar de todo sabemos lo que ha pasado. Ha sido dicho desde lo alto de la pantalla, por caras deformadas de dolor, embadurnadas de sangre, sonrientes bocas maquilladas, hinchadas por el maquillaje u otras bocas que han respondido correctamente a una pregunta del Quiz, o gente nacida boca, mujeres que no pueden nada y que no tienen nada que añadir, que se han levantado y se han quitado el vestido, para mostrar a la cámara su pecho frescamente endurecido, que ha pertenecido a los hombres. Cantidad de gargantas exhalan cantos como un mal aliento, pero aún más fuerte. Es lo que podría ser visto en el camino, si estuviéramos aún en él. Seguimos nuestro camino fuera del camino. Podemos verlo lejos, ahí donde permanecemos solos y satisfechos porque el camino se quiere ver pero no coger. ¿Ha hecho un ruido el sendero? ¿No quiere mediante ruidos, no sólo luces, llamar la atención de la gente que grita, de las luces chillonas? ¿El camino que no podemos coger tiene miedo de no ser tomado, él que sin embargo han tomado tantos pecados sin cesar, torturas, crímenes, robos, duras coacciones, forzada dureza, para la creación de los memorables destinos mundiales? Al camino le importa poco. Lo lleva todo, con firmeza, incluso si es infundado. Sin fundamentos. Sobre el suelo perdido. Mis cabellos se levantan sobre mi cabeza, como decía, y ninguna permanente podría forzarles a bajar. Tampoco hay permanencia en mí. Ni sobre mí ni dentro de mí. Si se está al margen, debemos estar siempre preparados para saltar más y más, en la Nada que se encuentra al lado del margen. Y el margen inmediatamente ha traído su trampa de margen lista en todo momento, la grieta, para atraer a alguien aún más lejos. Atraer es tirar al interior. Por favor, ahora no querría perder de vista el camino sobre el que no estoy. Querría describirlo, por lo menos, bien y sobre todo correcta y precisamente. Si lo describo ya tiene que servir para algo. Pero este camino no me ahorra nada. ¿Qué es lo que me queda pues? Incluso en camino está bloqueado para mí, no puedo apenas desplazarme. Estoy lejos y al mismo tiempo no salgo. Y ahí querría por seguridad estar protegida de mi propia incertidumbre pero también de la incertidumbre del suelo sobre el que me encuentro. Mi lengua, por seguridad, no sólo para protegerme, corre a mi lado, y controla que lo haga correctamente, que lo haga correctamente falso, describir la realidad, porque debe ser descrita siempre falsamente, no puede ser de otra forma, tan falsamente que cada uno que la lea u oiga vea inmediatamente su falsedad. ¡Miente! Esta perra lengua que debe protegerme, es para eso que la tengo, me agarra ahora. Mi protección quiere morderme. Mi única protección contra el hecho de ser descrita, la lengua que a la inversa está ahí para describir algo, que no soy yo – es por eso que relleno tanto papel, mi única protección se vuelve contra mí. Puede ser que sólo la tenga para que, bajo pretexto de protegerme, se lance sobre mí. Porque busqué la protección en la escritura, este ser en camino, la lengua que en el movimiento, la palabra, me parecía ser un abrigo seguro, se vuelve contra mí. Ningún milagro. Sin embargo, Inmediatamente desconfié. ¿Qué es ese camuflaje que está ahí, para que no nos volvamos invisibles sino siempre más legibles?
La lengua llega a veces por error al camino, pero no va por fuera del camino. No es un proceso arbitrario, la palabra de una lengua, involuntariamente arbitraria, lo queramos o no. La lengua sabe lo que quiere. Lo que es bueno para ella, en efecto, no lo sé, no sé los nombres. La verborrea, el discurso discurre ahora siempre más, porque es siempre un mar de discurso, sin principio ni fin, pero no es un habla. Discurre del otro lado, allí donde siempre están los otros porque no quieren estar, están muy ocupados. Allí, del otro lado. Yo no. Ella, la lengua que se aleja a veces de mi, hacia la gente, no la otra gente, sino los reales, los verdaderos, alejada allá lejos en el camino bien balizado (¿quién puede perderse aquí aún?), les sigue como una cámara en todos sus movimientos para que al menos ella, la lengua, aprenda cómo es la vida, porque en este momento preciso, no es la vida, lo que es, y además hace falta describir lo que ella no es. Discurramos sobre el hecho que debíamos ir una vez más al examen profiláctico. Pero de un solo golpe, hablamos de pronto, en rigor, como alguien que tiene la elección de no hablar más. Suceda lo que suceda, sólo la lengua habla de mi, yo misma me ausento. La lengua va. Yo permanezco, pero lejos. No en el camino. Estoy seccionada de mi lengua.
No, está aún ahí. ¿Ha estado ahí todo el tiempo?, ¿ha reflexionado sobre qué podría reflexionar? Ahora me ha visto y me llama de repente al orden, esta lengua. Se ha arriesgado a esa arrogancia de maestro contra mí, me levanta la mano, no me quiere. Habría querido gente amable sobre el camino, al lado de las cuales correr como el perro que es, simulando obediencia. En realidad, es desobediente, no solamente conmigo, sino también con todos los demás. Ella es para sí misma. Grita en la noche, porque han olvidado colocar al borde del camino luces, no tienen sol para alimentarlas y no necesitan de ninguna corriente, o darle un nombre de sendero adecuado al sendero. Por ello, hay tantos nombres que no llegaríamos a seguir las denominaciones, si lo intentáramos. Grito en mi soledad, andando con pasos pesados sobre las tumbas de los muertos, porque como corro al lado, no puedo a la vez prestar atención a lo que piso, lo que aplasto, sólo quiero llegar donde mi lengua ya está y, burlona, se ríe de mi. Sabe que si intentara vivir por una vez, me lo haría pagar inmediatamente. Me lo haría pagar por adelantado, pero algo rebajado. Bien. Si esparzo aún sal sobre el camino de los otros, la echo del otro lado para que el hielo se funda, la sal que esparzo, para que haya un fundamento más seguro para la lengua. Aunque hace tiempo que no tiene fundamento. Una insolencia insondable por ella misma. Si no me encuentro sobre un fundamento seguro mi lengua tampoco debe estarlo. ¡Hace bien! ¿Por qué no se ha quedado cerca de mí, al margen, por qué se ha separado de mí? ¿Quería ver más que yo? En el gran camino, allí, del otro lado, donde hay más gente, antes que nada más agradables, que charlan entre ellos amablemente. ¿Quería saber más que yo? Ya sabía más que yo pero siempre hace falta más. Se suicidará devorándose a sí misma, mi lengua. Se zampará la realidad. ¡Hace bien! La he escupido, pero ella no escupe nada, de todas maneras no engorda. Mi lengua me llama al margen, llama gustosa al margen, allí no tiene que apuntar bien, no lo necesita, porque de todas formas alcanza su objetivo no diciendo cualquier cosa, sino hablando con el “rigor del Dejar-ser”, como dice Heidegger de Trakl. Me llama, la lengua, todo el mundo lo hace hoy, porque todo el mundo tiene su lengua con él en un pequeño aparato, para poder hablar -¿Por qué pues lo habría aprendido?- me llama allí, en la trampa en la que estoy y grita y patalea, no, no es cierto, no es mi lengua la que me llama, ella, lejos de mí, he sido decapitada de mi lengua, entonces tiene que llamar, me grita en la oreja, poco importa el aparato, ordenador, móvil, cabina telefónica, me aúlla en la oreja que no tiene sentido expresar algo, ella misma lo hace, yo sólo tengo que repetir lo que ella me susurra; porque tendría aún menos sentido vaciar el bolso cerca de un ser querido que se derrumba y del que nos podemos fiar porque está derrumbado y no puede levantarse inmediatamente y no puede seguirme para charlar un poco. No tiene sentido. Las palabras de mi lengua, allá lejos, sobre el camino agradable (sé que es más agradable que el mío que no es realmente un camino, pero no puedo verlo de manera distinta, sin embargo sé que estaría bien también allí), las palabras de mi lengua, separándose de mí, de pronto se han convertido en expresiones. No, no explicaciones para alguien. Expresiones. Se escucha a sí misma expresándose, mi lengua, se corrige a si misma porque la expresión puede siempre ser mejorada; sí, siempre puede ser mejorada, está ahí para ser mejorada y encontrar nuevas reglas de lenguaje, pero sólo para mofarse de las reglas. Entonces se devienen la nueva vía hacia una disolución, por supuesto pienso solución. Una vía sin salida. Por favor, querida lengua ¿no quieres escuchar antes al menos una vez? Para que aprendas algo, para que aprendas al fin las reglas de expresión… ¿Qué gritas tú allá lejos, que farfullas? ¿Haces eso para volver cerca de mí? ¡Pensaba que no querías volver cerca de mí! No has dado ninguna señal de tu intención de volver a mí, aunque eso habría sido absurdo, no habría comprendido el signo. ¿Te habrías convertido en lengua sólo para escapar de mí y tranquilizarme sobre mis progresos? No es seguro. Sobre todo de ti, tal como te conozco. No te reconozco en absoluto. ¿Quieres realmente volver a mí? Ya no te quiero coger. ¿Qué dices ahora? El camino está lejos. Lejos no es un camino. Entonces, si mi soledad, si mi falta permanente, mi descarte permanente vinieran personalmente para traer la lengua para que, bien instalada conmigo, al fin en casa, llegue a un bonito sonido, que podría emitir, me rechazaría aún más, siempre más al margen con ese sonido, ese aullido penetrante, estridente, de una sirena en la que penetra el aire. Por la reacción de esta lengua que he producido yo misma y que huye de mi (¿o la he producido yo para eso, para que huya inmediatamente ante de mí porque yo misma no he logrado huir a tiempo?), sería arrojada cada vez más lejos a ese espacio al margen. Mi lengua se revuelca con placer en su poza, la pequeña tumba provisional sobre el camino, y mira a lo alto hacia la tumba de aire, se revuelca sobre la espalda, un animal confiado que quiere gustar a la gente como toda lengua conveniente, se revuelca y abre las piernas, probablemente para dejarse acariciar, sino para qué. Está drogada de caricias. Eso le impide mirar los muertos de los que yo debo ocuparme, eso siempre me incumbe a mí. Es por eso que no he tenido tiempo de dominar mi lengua que se revuelca ahora descaradamente en manos del que la acaricia. Hay simplemente demasiados muertos que debo mirar para ocuparme de ellos, es el termino técnico austriaco para eso, bien tratar, somos conocidos por bien tratar a todo el mundo. El mundo se ocupa ya de nosotros no hay que preocuparse. No nos preocupamos. Pero cuanto más fuerte resuena esa invitación a mirarlos, a los muertos, menos puedo controlar mis palabras. Debo mirar a los muertos, mientras que los paseantes acarician y ensortijan la querida buena lengua, lo que no vuelve a las palabras más vivas. Nadie es culpable. Yo también, desgreñada como lo estamos yo y mis cabellos, no soy culpable de que los muertos sigan muertos. Quiero que al fin la lengua deje de hacerse esclava de manos extranjeras, aunque le hagan bien, quiero que empiece a no plantear ninguna exigencia sino que sea ella misma una exigencia al fin, que vuelva a mí, no por caricias, sino por exigencia porque la lengua debe siempre detenerse, ella no lo sabe y no me escucha. Debe detenerse, porque la gente que quiere aceptarla, en el lugar de un niño, es tan mona cuando se la quiere tanto, la gente no se para jamás, decretan, pero no se detienen, muchos han destruido su llamada al orden de la sociabilidad, la han desgarrado, han quemado la bandera. Cuanta más gente hay para aceptar la invitación de mi lengua para rascarle el vientre, algo para desgreñar, para aceptar afectuosamente su confianza, más sigo yo tropezando, he abandonado definitivamente mi lengua a aquellos que la tratan mejor, casi estoy volando, ¿dónde estaba ese camino que necesito para bajar rápidamente? ¿Cómo llego, por qué, dónde? ¿Cómo llego al lugar donde desembalo mi herramienta, pero en realidad puedo también embalarla? Allá lejos reluce algo claro bajo las ramas, ¿es el lugar o mi lengua les adula, les acuna con seguridad, sólo para ser acunada ella misma afectuosamente al fin una vez? ¿O todavía quiere morder? Siempre quiere morder solo que los otros no lo saben aún, pero yo la conozco bien, hace mucho tiempo que está conmigo. Antes nos hemos mimado y besuqueado, este animal aparentemente amaestrado que de todas formas todos tienen en casa ¿por qué deberían buscarse un animal extranjero en casa? ¿Por qué esta lengua debería ser otra que la que ya conocen? Y si fuera otra, sería peligroso acogerla en la propia casa. A lo mejor no se entiende con la que ya tienen. Cuanta más gente extranjera amable, que sabe vivir, y sin embargo no comprenden sus vidas porque siguen proyectos de caricias, porque siempre tienen que perseguir algo, menos mi mirada adivina el camino de vuelta a la lengua. Miles and more. ¿Quién podría adivinar, sino la mirada? ¿El habla quiere también asumir la mirada? ¿Hablaría antes de mirar? Se revuelca, ahí, tentada por manos, bramada por vientos, mimada por tempestades, ofendida por la escucha hasta que ya no oye nada. ¡Entonces que todo el mundo escuche! El que no quiera oír debe hablar sin ser oído. Casi todos no son oídos cuando hablan. Yo soy oída, aunque mi lengua no me pertenece, aunque apenas pueda verla. Se dicen muchas cosas de ella. Así no tiene mucho que decir de si misma, muy bien. La escuchamos repetirse lentamente mientras que en alguna parte es presionado un botón rojo que desencadena una terrible explosión. No nos queda más que decir: Padre nuestro que estas. No puede pensarme así, aunque yo, al fin, padre de mi lengua, entonces: soy madre. Soy el padre de mi lengua materna. La lengua materna estaba ahí desde el principio, estaba en mi, pero no había padre a quien hubiera pertenecido. Mi lengua era a menudo inconveniente, me lo hicieron entender bien, pero yo no quería entenderlo. Culpa mía. El padre ha abandonado esta pequeña familia con la lengua materna. Tenía razón. En su lugar yo tampoco me habría quedado. La lengua materna ha seguido al padre, ahora está lejos. Está, como decía antes, del otro lado. Escucha a la gente por el camino. Por el camino del padre que se ha ido demasiado pronto. Ahora sabe algo que tú no sabes que ha sabido. Pero cuanto más sabe, más insignificante se vuelve. No deja de decir cosas, pero es insignificante. La soledad toma vacaciones. No es utilizada. Nadie ve que yo aún estoy ahí, en la soledad. No se me presta atención. Me estiman, puede ser, pero no me prestan atención. ¿Cómo consigo que todas estas palabras digan algo de mí que pudiera decirnos algo? No mientras hablo. No puedo hablar en absoluto, mi lengua, desgraciadamente, no está en casa. Allí, del otro lado, ella dice algo de otro que no le he confiado, pero desde el principio ha olvidado lo que le había pedido. No me lo dice aunque me pertenece. Mi lengua no me dice nada, ¿cómo podría entonces decir algo a los otros? Sin embargo no es insignificante ¡reconózcanlo! Dice tanto más cuanto más lejos está de mí, sólo entonces osa decir algo que quiere decir, entonces osa no obedecerme, se opone a mi. Cuando miramos, cuanto más tiempo miramos, más nos alejamos del objeto. Cuando hablamos, lo asimos, pero no podemos retenerlo. Se desprende y quiere atrapar su propia designación, todas esas palabras que he hecho y que he perdido. Suficientes palabras cambiadas, el cambio es horriblemente malo, no es más que malo. Digo algo y es olvidado desde el principio. Ha sido aspirado, quería estar lejos de mi. Lo indecible es dicho todos los días, pero lo que yo digo, eso no debe ser dicho. Es injusto por parte de lo Dicho. Es muy injusto. Lo Dicho no quiere siquiera pertenecerme. Quiere ser hecho para que se pueda decir: dicho y hecho. Estaría contenta si negara pertenecerme, mi lengua, pero aún así debería pertenecerme. ¿Cómo puedo esperarla para que se ligue al menos un poco a mí? A los otros no la ata nada, así pues me ofrezco a ella. ¡Vuelve! ¡Vuelva por favor! Pero no. Del otro lado, en el camino, oye secretos que yo no debo saber y se los cuenta a otros, esos secretos que no quieren oír. Me gustaría, tendría derecho, me parece, si se quiere, pero ella no se para a hablarme, eso tampoco lo hace. Está en el vacío que se distingue precisamente por eso y difiere de mí porque hay muchos allí. El vacío es el camino. Estoy incluso al margen del vacío. He dejado el camino. Nunca he hecho otra cosa más que repetir. Se dicen muchas cosas de mí, pero casi todo es falso. Sólo he repetido, y afirmo que esa es mi habla. Como he dicho – ¡he dicho demasiado! No se han dicho tantas cosas desde hace tiempo. Ni siquiera llegamos a escuchar aunque haga falta escuchar para poder algo. A este respecto, que es en realidad el hecho de apartar los ojos de mí misma, no se puede decir nada de mí, porque no hay nada, no sale nada. Siempre miro la vida pasar, mi lengua me vuelve la espalda para poder tender su vientre a los otros que la miman descaradamente, a mí me vuelve la espalda, si es que vuelve algo. Demasiado a menudo no me hace ningún signo y tampoco dice nada. A veces no la veo en absoluto, allí, del otro lado, y ahora, ni siquiera puedo decir “como decía”, lo he dicho mucho, pero ahora no puedo decirlo, me faltan las palabras. A veces veo sus espaldas o las plantas de sus pies con los que no pueden andar correctamente, las palabras, pero más deprisa que yo, desde hace tiempo, y siempre más. ¿Qué hago aquí? ¿Es para esto que se ha tendido a una cierta distancia de mí, la querida lengua? Así será más rápida que yo, saltará y saldrá corriendo cuando venga de mi Margen para buscarla. No se por qué debería buscarla. ¿Para que ella no me busque a mí? ¿Puede ser que lo sepa, ella que me huye? ¿Quién no me sigue? Quien sigue ahora la palabra de los otros y que no se puede confundir conmigo. Son de otra manera porque son los otros. Sin otra razón que ser los otros. Eso le basta a mi palabra. Lo principal, no lo hago: hablar. Los otros, siempre los otros, para que yo no sea aquella a quien pertenece, la dulce lengua. Me gustaría también acariciarla, como los otros, allí, si solamente pudiera atraparla. Pero está allí, lejos, para que no pueda atraparla.
¿Cuándo se marchará dulcemente? ¿Cuándo se marchará un poco para que el silencio sea? Cuanto más lejos se va la lengua allá, del otro lado, más fuerte se la oye. Está en todas las bocas, sólo en mi boca no está. Estoy loca. No soy inconsciente, pero estoy loca. Estoy agotada de verificar mi lengua como un faro en el mar que debe aclarar y no está a la luz, que al girar revela siempre otra cosa de la oscuridad que está ahí, se ilumine o no, es un faro que no ayuda a nadie aunque deseemos tanto no morir en el agua. Cuanto más intento encenderlo, más se obstina ella, la lengua, en no encenderse. Ahora apago mecánicamente esta llama de habla , le doy a la llama de ahorro pero cuanto más intento ponerle un apagador al final de ese palo largo con el que se apagaban las velas de la iglesia en mi infancia, más intento apagar esta llama, más aire parece tener. Más fuerte grita, revolcándose entre miles de manos que le hacen el bien, que desgraciadamente yo no lo he hecho nunca, yo misma no se lo que me haría bien, entonces ahora grita para permanecer lejos de mi. Grita a los otros para que griten como ella, para que sea más fuerte. Grita que no debo acercarme a ella. Nadie debe pues acercarse al otro. Y lo que se dice no debe tampoco acercarse demasiado de lo que se quiere decir. No debemos estar demasiado ligados a nuestra propia lengua, es una Afrenta, es capaz tan fácilmente de repetir algo por ella misma, muy fuerte para que no oigamos lo que dice, le habrá sido dicho antes. Incluso me hace promesas, para que permanezca lejos de ella. Me promete todo si no me acerco a ella. Millones pueden acercársele, ¡No yo! ¡Pero es mía! ¿Qué les parece? No puedo decirles lo que me parece a mí. Esta lengua ha olvidado sus inicios, de otra forma no puedo explicármelo. Debutó modestamente conmigo. ¡Y cómo ha crecido! No la reconozco en absoluto. La conocía cuando era taaaaan pequeña. Cuando estaba tan calmada, cuando la lengua era aún mi niño. Ahora se ha hecho inmensa de golpe. Ya no es mi niño. El niño no ha crecido pero se ha hecho grande, no sabe que aún no es suficientemente grande, pero ya está despierto. Está tan despierto que se cubre a sí mismo con su grito, y también los otros que gritan más fuerte que la lengua. Entonces sube a alturas increíbles. Créanme, ¡no quieren oír nada parecido! No estoy orgullosa de este niño, créanme, ¡se lo ruego! Al principio quise que se quedara, tan silencioso como antes, cuando no hablaba. Ahora no quiero que lo barra todo como una tempestad, lleve a los otros a aullar aún más fuerte y levantar los brazos y arrojar objetos duros que mi lengua no puede alcanzar, porque ella nunca ha sido deportista, por mi culpa. No alcanza nada. Lanza, cierto, pero no puede alcanzar. Yo me quedo atrapada, si ella no está. Soy la prisionera de mi lengua que es mi guardiana de prisión. Cómico -¡No me vigila! ¿Tan segura está de mí? ¿Tan segura está de que no voy a huir?, ¿piensa que va a escapar? Pero llega alguien, ya muerto, y me habla aunque no lo pretendiera. Puede, ahora muchos muertos hablan con sus voces asfixiadas, ahora osan porque mi propia lengua ya no me vigila. Porque sabe que no es necesario. Aunque me huya no me pierde. Estoy a su disposición, pero la he perdido. Me quedo. Pero lo que queda no es el hecho de los poetas. Lo que queda está lejos. La grandeza se ha detenido. No ha llegado nada ni nadie. Y si, sin embargo, contra toda expectativa, algo que ni siquiera ha llegado, quisiera quedarse un momento, lo que sigue siendo lo más fugitivo, la lengua, desaparece. Ha respondido a una nueva oferta de empleo. Aquello que debe permanecer está siempre lejos. En cualquier caso no está aquí. Que es lo que nos queda.

Cortesía de Matías Rivas, vía facebook.

viernes, 19 de febrero de 2010

Tras de un tigre que duerme


JULIO CORTÁZAR
(Bélgica-Argentina, 1914-Francia, 1984)


El perseguidor
(fragmento)

Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca–cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.
***
De El Perseguidor, según Cortázar :

Yo no lo conocí personalmente [a Charlie Parker], aunque sí estéticamente, porque me tocó vivir en el momento en que Charlie Parker renovó completamente la estética del jazz y después de un período en que nadie creía y la gente estaba desconcertada por un sistema de sonidos que no tenía nada que ver con lo habitual, se dieron cuenta de que allí había un genio de la música. Y entonces la anécdota de ese cuento es la siguiente: a mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo, en el que por primera vez yo me enfrentaba con un semejante. Porque la verdad es que, como decís vos, hay una ruptura en El Perseguidor. En todos los cuentos precedentes, los personajes pueden estar vivos, pueden comunicarle algo al lector, pero si se analiza bien –es como en los cuentos de Borges– los personajes son marionetas al servicio de una acción fantástica.
[…]
Cuentos en los que los personajes están situados, cada uno de ellos, pero no son lo determinante del cuento. Con una que otra excepción. Antes de El perseguidor yo ya había escrito algunos cuentos que no tienen nada de fantástico, que son muy humanos, como Final del juego. Esos ya eran caminos que se me iban abriendo. Pero la primera vez que se me planteó eso que vos llamás existencial –y es cierto–, es decir el diálogo, el enfrentamiento con un semejante, con alguien que no es un doble mío, sino que es otro ser humano que no está puesto al servicio de una historia fantástica, en la que la historia es el personaje, contiene al personaje, está determinada por el personaje, fue en El perseguidor. ¿Por qué fue Charlie Parker? Primero porque yo acababa de descubrirlo como músico, había ido comprando sus discos, lo escuchaba con un infinito amor, pero nunca lo conocí personalmente. Me perseguía la idea de ese cuento y al principio con la típica deformación profesional, me dije: «Bueno, el personaje tendría que ser un escritor, un escritor es un tipo problemático». Pero no me decidía porque me parecía aburrido, me parecía un poco tópico tomar un escritor. Pensé en un pintor, pero tampoco me entusiasmaba mucho. Tenía que ser un individuo que respondiera a características muy especiales. Es decir, todo eso que sale de El perseguidor: un individuo que al mismo tiempo tiene una capacidad intuitiva enorme y que es muy ignorante, primario. Es muy difícil crear un personaje que no piensa, un hombre que no piensa, que siente. Que siente y reacciona en su música, en sus amores, en sus vicios en su desgracia, en todo. Y en ese momento murió Charlie Parker. Yo leí en un diario una pequeña biografía suya –creo que era de Charles Delonnay– en la que se daba una serie de detalles que yo no conocía. Por ejemplo, los períodos de locura que había tenido, cómo había estado internado en Estados Unidos, sus problemas de familia, la muerte de su hija, todo eso. Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando.
[…]
Hubo una doble dificultad. La primera me concierne a mí. Yo empecé a escribir El perseguidor profundamente embalado y escribí casi de un tirón toda la primera secuencia, esa que transcurre en la pieza del hotel, cuando Bruno va a visitar a Johnny y lo encuentra enfermo, con Dédée. Eso toma unas veinte páginas, es bastante largo. Bruno le deja algún dinero y se va, se mete en un café y trata de olvidarse, con la ambivalencia típica del personaje. Y ahí me bloqueé. Al otro día quise seguir el cuento y nada. Releí las veinte páginas y nada. Quedé totalmente bloqueado, me era imposible seguir. Entonces metí todo eso en un cajón y pasaron tres meses, una cosa muy excepcional en mi trabajo de cuentista, porque a mí los cuentos me salen de un tirón. Pasaron tres meses, entonces, me dieron un contrato en las Naciones Unidas, en Ginebra. Tenía que pasarme tres meses en una pensión y me puse a sacar papeles. Entre ellos iban esas veinte páginas, pero yo no me di cuenta. Metí todo en una maleta y me fui. Hasta que un día, en la pensión, buscando no sé qué papel, salió eso. Después de tres meses vos te releés como si eso que estás leyendo fuera de otro, ¿no? Leí, y seguí, seguí, terminé las veinte páginas, me senté a la máquina, puse una hoja y en tres días terminé el cuento. Nunca me he podido explicar la razón del bloqueo y mucho menos la razón de que haya podido empalmarlo. Pero creo que si yo no contara esto nadie se daría cuenta de que el cuento estuvo interrumpido.
[…]
Las censuras son literarias, cada capítulo está escrito en un tiempo de verbo diferente. Está hecho a propósito, porque son alusiones musicales. Y salió así hasta el final. En cuanto a la segunda dificultad a la que aludiste, ocurrió que a mí el cuento me gustó mucho. Por esa época me fui a Buenos Aires y se lo di a leer a un amigo a quien yo le tenía plena confianza, era uno de esos lectores privados que tienen muchos escritores. Lo leyó y como era un tipo que no tenía pelos en la lengua me dijo: «Tiralo. Tiralo; es demasiado largo», me dijo. Y agregó: «No tiene sentido». Bueno, tuve la debilidad de desobedecerle y me traje el cuento de vuelta a París. Y entonces lo leyó Aurora (Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar) y le gustó enormemente. Esto no quiere decir que yo consulte mucho a otras personas; tal vez se trate de una extraña vanidad. Pero una vez que yo he conseguido lo que creo que tengo que conseguir, me importa un bledo que les guste o no les guste. De todos modos, lo di a leer a dos o tres personas. Ese cuento dio lugar a otro cuento largo, Las armas secretas, ahí ya se armó el libro y se publicó.
[…]
Esto que te voy a contar lo supe por Dolly Muhr (Dorotea Muhr, la última mujer de Onetti). Onetti leyó El perseguidor, se fue al cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo. Nadie ha tenido una reacción que me pueda conmover más.

FUENTE:
Entrevista de Omar Prego a Julio Cortázar (1983), publicada en La fascinación de las palabras (1997).

jueves, 9 de diciembre de 2010

El poema de la fuerza

DE ARCHIVO
La Ilíada, o El poema de la fuerza
(fragmento), de Simone Weil


El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de La Ilíada es la fuerza. La fuerza manejada por los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se crispa. El alma humana sin cesar aparece modificada por sus relaciones con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, doblegada por la presión de la fuerza que sufre. Los que soñaron que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía ya al pasado, pudieron ver en este poema un documento; los que saben discernir la fuerza, hoy como antes, en el centro de toda historia humana, encuentran en él el más bello, el más puro de los espejos.
La fuerza es lo que hace de quien quiera que le esté sometido una cosa. Cuando se ejerce hasta el fin, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Habla alguien y, un instante después, no hay nadie. Es un cuadro que La Ilíada no se cansa de presentar:

"... los caballos haciendo resonar los carros vacíos por los caminos de la guerra, en duelo de sus conductores sin reproche. Ellos sobre la tierra yacían, de los buitres más queridos que de sus esposas".

El héroe es una cosa arrastrada tras un carro en el polvo:

... "Alrededor, los cabellos negros estaban esparcidos, y la cabeza entera en el polvo yacía, antes encantadora; ahora Zeus a sus enemigos había permitido envilecerla en su tierra natal".

A la amargura de tal cuadro la saboreamos pura, sin que ninguna ficción reconfortante venga a alterarla, ninguna inmortalidad consoladora, ninguna insípida aureola de gloria, o de patria:

"Su alma fuera de sus miembros voló, fue hacia el Hades, llorando su destino, abandonando su virilidad y su juventud".

Más patética todavía, por lo doloroso del contraste, es la evocación súbita, rápidamente borrada, de otro mundo, el mundo lejano, precario y conmovedor de la paz, de la familia, ese mundo donde cada hombre es para los que lo rodean lo que más cuenta:

"En la casa ella ordenaba a sus sirvientas de hermosos cabellos poner cerca del fuego un gran trípode, a fin de que hubiera para Héctor un baño caliente al retornar del combate. ¡Ingenua! No sabía que muy lejos de los baños calientes el brazo de Aquiles lo había sometido, a causa de Atenas la de los ojos verdes".

En verdad, estaba lejos de los baños calientes el desdichado. No estaba solo. Casi toda La Ilíada transcurre lejos de los baños calientes. Casi toda la vida humana ha transcurrido siempre lejos de los baños calientes.
La fuerza que mata es una forma sumaria, grosera, de la fuerza. Mucho más variada en sus procedimientos y sorprendente en sus efectos es la otra fuerza, la que no mata; es decir, la que no mata todavía. Matará seguramente, o matará quizá, o bien está suspendida sobre el ser al que en cualquier momento puede matar; de todas maneras, transforma al hombre en piedra. Del poder de transformar un hombre en cosa matándolo procede otro poder, mucho más prodigioso aún: el de hacer una cosa de un hombre que todavía vive. Vive, tiene un alma, y sin embargo es una cosa. Ser muy extraño, una cosa que tiene un alma; extraño estado para el alma. ¿Quién podría decir cómo el alma en cada instante debe torcerse y replegarse sobre sí misma para adaptarse a esta situación? No ha sido hecha para habitar una cosa, y cuando se ve obligada a hacerlo no hay ya nada en ella que no sufra violencia.
Un hombre desarmado y desnudo sobre el cual se dirige un arma se convierte en cadáver antes de ser alcanzado. Durante un momento todavía calcula, actúa, espera:

"Pensaba, inmóvil. El otro se aproxima, todo sobrecogido, ansioso de tocar sus rodillas. En su corazón deseaba escapar a la muerte malvada, al negro destino... Y con un brazo apretaba para suplicar sus rodillas, con el otro mantenía la aguda lanza sin abandonarla...".

Pero pronto comprendió que el arma no se desviaría y, respirando aún, ya no es más que materia, pensando todavía que ya no puede pensar en nada:

"Así habló el hijo tan brillante de Príamo con palabras de súplica. Oyó una palabra inflexible:................ Dijo; al otro desfallecen las rodillas y el corazón; abandona la lanza y cae sentado, las manos tendidas, las dos manos. Aquiles desenvaina su aguda espada, hiere en la clavícula, a lo largo del cuello; y toda enterahunde la espada de doble filo. Él cara al suelo yace extendido, y la negra sangre se escapa humedeciendo la tierra".

Cuando, fuera del combate, un extranjero débil y sin armas suplica a un guerrero, no por eso está condenado a muerte; pero un instante de impaciencia de parte del guerrero bastaría para quitarle la vida. Es suficiente para que su carne pierda la principal propiedad de la carne viva. Un pedazo de carne viva manifiesta su vida ante todo por el estremecimiento; una pata de rana bajo una corriente eléctrica se estremece; el aspecto próximo o el contacto de una cosa horrible o aterrorizadora hace estremecer cualquier masa de carne, de nervios y de músculos. Sólo este suplicante no se estremece, no tiembla; no tiene ese derecho; sus labios tocarán el objeto para él más cargado de horror:

"Vieron entrar al gran Príamo. Se detuvo, apretó las rodillas de Aquiles, besó sus manos, terribles, matadoras de hombres, que le habían asesinado tantos hijos".

El espectáculo de un hombre reducido a tal nivel de desgracia hiela casi tanto como el aspecto de un cadáver:

"Como cuando la dura desgracia embarga a alguien, cuando en su país ha matado, y llega a la casa de otro, de algún rico, un estremecimiento se apodera de los que lo ven, así Aquiles se estremeció viendo al divino Príamo. Los otros también se estremecieron, mirándose entre sí".

Pero es sólo un momento, y bien pronto aun la misma presencia del desgraciado se olvida:

"Dijo. El otro, pensando en su padre, deseaba llorar; tomándolo por los brazos empujó un poco al anciano. Ambos recordaban, el uno a Héctor matador de hombres y se fundía en lágrimas a los pies de Aquiles, contra la tierra; pero Aquiles lloraba a su padre, y por momentos también a Patroclo; sus sollozos llenaban la morada".

No por insensibilidad Aquiles con un gesto ha empujado al suelo a ese viejo apretado a sus rodillas; las palabras de Príamo evocando a su anciano padre lo han conmovido hasta las lágrimas. Es simplemente porque se siente tan libre en sus movimientos y en sus actitudes como si en lugar de un suplicante fuese un objeto inerte lo que toca sus rodillas. Los seres humanos que nos rodean por su sola presencia tienen un poder, que les es propio, de detener, reprimir, modificar, cada uno de los movimientos que nuestro cuerpo esboza; alguien que pasa no desvía nuestro camino como un poste indicador; uno no se levanta, camina, descansa en una habitación cuando está solo de la misma manera que cuando tiene un visitante. Pero esta influencia indefinible de la presencia humana no es ejercida por hombres a quienes un movimiento de impaciencia puede privar de la vida aún antes que un pensamiento haya tenido tiempo de condenarlos a muerte. Ante ellos los otros se mueven como si no estuvieran; y ellos a su vez, en el peligro en que se encuentran de ser reducidos a nada en un instante, imitan la nada. Empujados caen, caídos permanecen en tierra, mientras a alguien no se le ocurra pensar en levantarlos. Pero levantados por fin, honrados con palabras cordiales, que no vayan a tomar en serio esta resurrección, a atreverse a expresar un deseo; una voz irritada los devolvería de inmediato al silencio:

"Dijo, y el anciano tembló y obedeció".

Al menos los suplicantes, una vez escuchados, vuelven a ser hombres como los otros. Pero hay seres aún más desgraciados que, sin morir, se convierten en cosas para el resto de su vida. No hay en sus jornadas ninguna alternativa, ningún vacío, ningún campo libre para nada que venga de ellos mismos. No son hombres que vivan más duramente que los otros, socialmente colocados más bajo que los otros; es otra especie humana, un compromiso entre el hombre y el cadáver. Que un ser humano sea una cosa es, desde el punto de vista lógico, contradictorio; pero cuando lo imposible se convierte en realidad, lo contradictorio se convierte en el alma en desgarramiento. Esa cosa aspira en todo momento a ser un hombre, una mujer, y en ningún instante lo logra. Es una muerte que se estira a todo lo largo de una vida; una vida que la muerte ha congelado mucho antes de suprimirla.
La virgen, hija de un sacerdote, sufrirá esta suerte:

"No la devolveré. Antes le sobrevendrá la vejez, en nuestra morada, en Argos, lejos de su país, corriendo al telar, viniendo a mi lecho".

La joven mujer, la madre, esposa del príncipe, la sufrirá:

"Y quizá un día en Argos tejerás la tela para otra. Y llevarás el agua de Miseis o del Hipereo, muy a pesar tuyo, bajo la presión de una dura necesidad".

El niño heredero del cetro real la sufrirá:

"Ellas sin duda se irán al fondo de las cóncavas naves, yo entre ellas; tú, hijo mío, conmigo. Tú me seguirás y harás trabajos envilecedores penando bajo la mirada de un amo sin dulzura...".

Tal suerte, a los ojos de la madre es tan horrible para su hijo como la misma muerte; el esposo prefiere haber perecido antes que ver así reducida a su mujer; el padre llama a todas las calamidades del cielo contra el ejército que somete a su hija a ese destino. Pero en aquellos sobre quienes se abate, un destino tan brutal borra las maldiciones, las rebeldías, las comparaciones, las meditaciones sobre el futuro y el pasado, casi hasta el recuerdo. No corresponde al esclavo ser fiel a su ciudad y a sus muertos.
Cuando sufre o muere uno de aquellos que le han hecho perder todo, que han asolado su ciudad, que han asesinado a los suyos bajo sus ojos, entonces el esclavo llora. ¿Por qué no? Sólo entonces le son permitidos los llantos. Hasta le son impuestos. Pero en la servidumbre, ¿las lágrimas no corren fácilmente desde el instante en que pueden hacerlo inpunemente?

"Dijo llorando, y las mujeres gimieron, tomando como pretexto a Patroclo, cada una por sus propias angustias".

En ninguna ocasión el esclavo tiene derecho a expresar algo, salvo lo que puede complacer a su amo. Por eso si en una vida tan sombría algún sentimiento puede despuntar y animarla un poco es el amor al amo. Todo otro camino está cerrado al don de amar, como para un caballo uncido a un carro las varas, las riendas y los frenos borran todos los caminos, salvo uno. Y si por milagro aparece la esperanza de volver a ser un día, por un favor, alguien ... a qué grados no llegarán el reconocimiento y el amor por hombres hacia los cuales un pasado muy reciente debería inspirar horror:

"Mi esposo, a quien me habían dado mi padre y mi madre respetadalo vi ante mi ciudad traspasado por el agudo bronce. Mis tres hermanos, nacidos de una misma madre, ¡tan queridos!, encontraron el día fatal pero tú no me dejaste, cuando mi marido por el rápido Aquiles fue muerto, y destruida la ciudad del divino Mines, verter lágrimas; me prometiste que el divino Aquiles me tomaría por esposa legítima y me llevaría en sus naves a Phthia, a celebrar el casamiento entre los mirmidones. Por eso te lloro sin descanso, a ti que siempre fuiste dulce".

No se puede perder más que lo que pierde el esclavo: pierde toda vida interior. Sólo la reconquista en parte cuando aparece la posibilidad de cambiar de destino. Tal es el imperio de la fuerza: ese imperio va tan lejos como el de la naturaleza. También la naturaleza, cuando entran en juego las necesidades vitales, borra toda vida interior y aun el dolor de una madre:

"Pues aun Níobe la de la hermosa cabellera pensó en comer, ella de quien doce hijos perecieron en su casa, seis hijas y seis hijos en la flor de la edad. A ellos, Apolo los mató con su arco de plata en su cólera contra Niobe; a ellas, Artemisa que ama las flechas. Porque ella se había comparado a Leto de hermosas mejillas diciendo: 'tiene dos hijos y yo engendré muchos'. Y esos dos, aunque no fuesen más que dos, los mataron a todos. Nueve días yacieron en la muerte; nadie vino a enterrarlos. Las gentes se habían convertido en piedras por voluntad de Zeus. Y el décimo día fueron sepultados por los dioses del cielo. Pero ella pensó en comer, cuando se sintió fatigada por las lágrimas".

Jamás se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que hasta lo hace incapaz de sentir su miseria.
La fuerza manejada por otro es imperiosa sobre el alma como el hambre extrema, puesto que consiste en un perpetuo poder de vida y muerte. Y es un imperio tan frío y tan duro como si fuera ejercido por la materia inerte. El hombre que se siente siempre el más débil está en el corazón de las ciudades tan solo, más solo de lo que podría estarlo un hombre perdido en medio del desierto:

"Dos toneles se encuentran colocados en el umbral de Zeus, donde están los dones que otorga, malos en uno, buenos en otro... A quien hace funestos dones expone a los ultrajes; la terrible miseria lo arroja a través de la tierra divina; va errante y no recibe consideración de los hombres ni de los dioses".
Tan implacablemente como la fuerza aplasta, así implacablemente embriaga a quien la posee o cree poseerla. Nadie la posee realmente. En La Ilíada los hombres no se dividen en vencidos, esclavos, suplicantes por un lado y en vencedores, jefes por el otro; no se encuentra en ella un solo hombre que en algún momento no se vea obligado a inclinarse ante la fuerza. Los soldados, aunque libres y armados, no reciben menos órdenes y ultrajes:

"A todo hombre del pueblo que veía y gritaba golpeaba con su cetro reprendiéndolo así: '¡Miserable, manténte tranquilo, escucha hablar a los otros, a tus superiores! No tienes ni valor ni fuerza, no cuentas para nada en el combate, para nada en la asamblea...'".
Tersites paga caro palabras que sin embargo son perfectamente razonables y que se asemejan a las que pronuncia Aquiles:

"Lo golpeó; él se encorvó, sus lágrimas corrieron aprisa, un tumor sangrante se formó en su espalda bajo el cetro de oro; se sentó y tuvo miedo. En el sufrimiento y el estupor enjugaba sus lágrimas. Los otros, a pesar de su pena, se regocijaron y rieron".

Pero el mismo Aquiles, ese héroe altivo, invicto, aparece en el comienzo del poema llorando de humillación y de dolor impotente, después que le han arrebatado ante sus ojos la mujer que quería hacer su esposa, sin que haya osado oponerse.

"(...) pero Aquiles llorando se sentó lejos de los suyos, apartado, al borde de las olas blanquecinas, la mirada sobre el vinoso mar".
Agamenón ha humillado a Aquiles con un propósito deliberado, para demostrar que es el amo:
.... "Así sabrás que puedo más que tú, y cualquier otro vacilará antes de tratarme como igual y levantar la cabeza ante mí".
Pero algunos días después el jefe supremo llora a su vez y se ve obligado a rebajarse, a suplicar, y siente el dolor de hacerlo en vano.

La vergüenza del miedo tampoco es perdonada a ninguno de los combatientes. Los héroes tiemblan como los otros. Basta un desafío de Héctor para consternar a todos los griegos sin excepción, salvo Aquiles y los suyos que están ausentes:

"Dijo, y todos callaron y guardaron silencio; tenían vergüenza de rehusar, miedo de aceptar".
Pero desde que Áyax avanza, el miedo cambia de lado:

"A los troyanos, un estremecimiento de terror hizo desfallecer sus miembros; a Héctor mismo, su corazón saltó en el pecho; pero no tenía derecho a temblar ni a refugiarse".
Dos días más tarde, Áyax a su vez siente terror:

"Zeus padre, desde lo alto, en Áyax hizo subir el miedo. Se detiene, sobrecogido, abandona el escudo de siete pieles, tiembla, mira completamente extraviado la multitud, como un animal...

También a Aquiles le ocurre una vez temblar y gemir de miedo, ante un río, es verdad, no ante un hombre. A excepción de él, absolutamente todos aparecen en algún momento vencidos. El valor contribuye menos a determinar la victoria que el destino ciego, representado por la balanza de oro de Zeus:

"En ese momento Zeus padre desplegó su balanza de oro. Colocó dos partes de la muerte que siega todo, una para los troyanos domadores de caballos, otra para los griegos acorazados de bronce. La tomó por el medio, fue cuando bajó el día fatal para los griegos".

A fuerza de ser ciego, el destino establece una especie de justicia, ciega también, que castiga a los hombres armados con la pena del talión; La Ilíada la formuló mucho antes que el Evangelio, y casi en los mismos términos:
"Ares es equitativo, mata a los que matan".

Si todos están destinados desde el nacimiento a sufrir la violencia, es ésta una verdad que el imperio de las circunstancias oculta ante el espíritu de los hombres. El fuerte no es jamás absolutamente fuerte, ni el débil absolutamente débil, pero ambos lo ignoran. No se creen de la misma especie; ni el débil se considera semejante al fuerte ni es considerado como tal. El que posee la fuerza avanza en un medio no resistente, sin que nada, en la materia humana que lo rodea, pueda suscitar entre el impulso y el acto ese breve intervalo en que se aloja el pensamiento. Donde el pensamiento no tiene cabida, ni la justicia ni la prudencia existen. Por eso los hombres de armas actúan dura y locamente. Su arma se hunde en el enemigo desarmado que está a sus rodillas; triunfan de un moribundo describiéndole los ultrajes que sufrirá su cuerpo; Aquiles degüella doce adolescentes troyanos en la hoguera de Patroclo con la misma naturalidad con que cortamos flores para una tumba. Al usar su poder nunca piensan que las consecuencias de sus actos los obligarán a inclinarse a su vez. Cuando se puede con una palabra hacer callar, temblar, obedecer a un anciano, ¿se reflexiona que las maldiciones de un sacerdote tienen importancia a los ojos de los adivinos? ¿Se abstiene de raptar la mujer amada por Aquiles cuando se sabe que ella y él no podrán menos que obedecer? Cuando Aquiles goza al ver huir a los miserables griegos, ¿puede pensar que esa huida, que durará y terminará de acuerdo con su voluntad, va a hacerles perder la vida a su amigo y a él mismo? De esa manera aquellos a quienes la fuerza es prestada por la suerte perecen por contar demasiado con ella.
No es posible que no perezcan. Pues no consideran su propia fuerza como una cantidad limitada, ni sus relaciones con otro como un equilibrio de fuerzas desiguales. Los otros hombres no imponen a sus movimientos esa pausa de donde proceden nuestras consideraciones hacia nuestros semejantes, y concluyen que el destino les ha dado todas las licencias, ninguna a sus inferiores. Entonces van más allá de la fuerza de que disponen. Inevitablemente van más allá, ignorando que es limitada. Entonces quedan librados sin recursos al azar y las cosas no les obedecen ya. A veces el azar les sirve, otras los daña; y allí están desnudos expuestos a la desgracia, sin la armadura de poder que protegía su alma, sin que nada en adelante los separe ya de las lágrimas.
Esta sanción de un rigor geométrico, que automáticamente castiga el abuso de la fuerza, fue el objeto primero de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; bajo el nombre de Némesis es el resorte de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón, partieron de allí para pensar el hombre y el universo. La noción se hizo familiar en todos los lugares donde penetró el helenismo. Esta noción griega es quizá la que subsiste, con el nombre de kharma, en los países orientales impregnados de budismo; pero Occidente la ha perdido y ya ni siquiera tiene en sus lenguas palabras para expresarla; las ideas de límite, de mesura, de equilibrio, que deberían determinar la conducta de la vida, sólo tienen un empleo servil en la técnica. No somos geómetras más que ante la materia; los griegos fueron primero geómetras en el aprendizaje de la virtud.
La marcha de la guerra en La Ilíada consiste sólo en ese juego de balanza. El vencedor del momento se siente invencible, aun cuando algunas horas antes hubiera probado la derrota; olvida usar la victoria como algo que pasará. Al final de la primera jornada de combate que relata La Ilíada los griegos victoriosos sin duda podrían obtener el objeto de sus esfuerzos, es decir Helena y sus riquezas; al menos si se supone, como lo hace Homero, que el ejército griego tenía razón al creer a Helena en Troya. Los sacerdotes egipcios, que debían saberlo, afirmaron más tarde a Heródoto que se encontraba en Egipto. De todas maneras, esa tarde los griegos ya no querían eso:
"Que no se acepte en este momento ni los bienes de Paris ni Helena; todos ven, hasta el más ignorante, que Troya está ahora al borde de su pérdida, dijo; todos los aqueos lo aclamaron".

Lo que quieren es nada menos que todo. Todas las riquezas de Troya como botín, todos los palacios, los templos y las casas como cenizas, todas las mujeres y los niños como esclavos, todos los hombres como cadáveres. Olvidan un detalle y es que no todo está en su poder, pues no están en Troya. Quizá estarán mañana, quizá nunca.

lunes, 22 de junio de 2009



Fragmento de una entrevista a
THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)


—“¿Tiene necesidad de silencio para escribir?”
—“De hecho, puedo escribir en cualquier parte, cuando llega el momento. Hasta puedo escribir en medio de la gente, con un ruido espantoso, cuando las cosas están a punto, y cuando las cosas no están a punto, el silencio puede ser tan grande, tan ideal como se quiera pero no marcha. No hay lugar preciso ideal.”
—“Qué hace cuando no puede escribir?”
—“Es espantoso, absolutamente espantoso. Pero finalmente uno se enamora de eso también, puesto que se sabe que hay primero muchos meses de horror. (...) Lo que nos mantiene es la tensión. Mientras se soporta no escribir, no se está obligado a hacerlo. Rilke dice que no se tiene derecho sino cuando se está obligado. De hecho no se está obligado a nada, se está obligado a ir hasta el fin, y ni siquiera eso”.(...)
Yo: “¿Cómo llegó a la primera publicación?”
Bernhard: “Eran poemas. Porque escribía muchos y me figuraba que eran mejores que los de Rilke, Trakl y los de todo el mundo. Se los llevé a Otto Müller. Se sentó, eligió algunos y efectivamente aparecieron. Era 1956. En esa época yo era muy ambicioso, muy pretencioso, y todo eso. Después, cuando se ha llegado, se ve que eso no es nada en absoluto. En el momento es como el sentimiento de subir a una cima. Pero cuando se está arriba se percibe que eso no tiene fin. A fin de cuentas, no es nada en absoluto. (...)
—“¿Ha intentado suicidarse alguna vez?”
—“Cuando era niño quise ahorcarme, pero la cuerda cedió. Tenía siete u ocho años. Después, me maldijeron diciendo que era un niño exaltado que quería hacerse el interesante atrayendo la desgracia sobre la familia”.
—“¿Siempre piensa en suicidarse?”
—“Es un pensamiento que siempre está allí. Pero no, por lo menos en este momento”.
—“¿Por qué?”
—“Creo que por curiosidad, por pura curiosidad. Sólo la curiosidad, creo, me mantiene con vida.”
—“¿Cómo es eso? Otros ni siquiera son curiosos y viven sin embargo”.
—“Pero yo no estoy contra la vida”.
—“Hay quienes, en embargo, consideran sus libros como una incitación al suicidio”.
—“Sí, pero nadie me sigue. Hace quince días encontré de pronto delante de mi ventana a una mujer que me dijo que era necesario que me hablara. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: No, pero usted sí. Le dije: Vuelva a su casa. Dijo no, es necesario que entre en su casa. Le dije no, es imposible, me voy a acostar en seguida. Dijo: No tenga miedo, tengo ya un marido, no tengo intención de ir a la cama con usted... Todo esto pasaba con la ventana abierta y cuando la quise cerrar, metió el dedo entre los batientes. Le dije: le aplasto el dedo. Entonces lo retiró, cerré la ventana y me recosté. Un rato después miré para afuera, estaba todavía en el patio. Se fue en un momento cualquiera y me mandó una carta diciendo que el día tal, a la hora veinte, en el cementerio junto al portal de la derecha, me esperaría. Pero ese día no estaba yo en casa. Entonces me escribió otra carta, de dieciséis páginas, donde contaba su vida. Quería probablemente suicidarse conmigo en el cementerio.” (...)
Yo: “¿Se ríe también cuando está solo?”
—“Me ha ocurrido reír solo, pero muy raramente. No importa qué situación, puede ser la mía propia, cuando algo me parece repentinamente ridículo”.
—“¿Aun de su desesperación?”
—“Sí, también”.
(...)
—“Cuando se reflexiona demasiado todo termina por parecer idiota. Si reflexiono primero en lo que voy a escribir y me ocupo de eso demasiado tiempo, no escribo nada”.
Yo: “Sigo asombrándome de que sea tan productivo ya que es consciente de lo absurdo de la escritura. Escribe sobre lo absurdo de la vida y vive. Casi se podría creer que es una deshonestidad”.
—“Aunque fuese una deshonestidad, la cosa no cambiaría nada. El nombre que se le dé no importa en absoluto. No se sabe nunca cómo nacen las cosas realmente. Uno se sienta, es todo, y es un esfuerzo que sobrepasa nuestra capacidad y después, un día, está terminado. (...) Ni la razón ni nada que se parezca al intelecto impiden hacerlo. Se lo hace o no se lo hace, es todo.”
Yo: “¿Puede imaginarse en un estado de ánimo en el que perdiera el control de sí mismo?”
—“No, no lo pierdo nunca. Pero eso no significa nada. ¿Qué quiere oír?”
—“Que no se suicidará”.
—“Nada ni nadie está a salvo de ello (...). Existen sistemas fantásticos en los que se cree que se ha erigido algo definitivo y enorme, y un instante después, ya no queda nada de ello. Una construcción de cemento no es sino un castillo de naipes. Basta que llegue la ráfaga precisa. (...) No puedo imaginar que alguien se suicide en un estado en que se observa a sí mismo, si se supone naturalmente que no crea en una vida después de la muerte. ¿Un verdadero ateo no se ha dado muerte nunca delante de un espejo?”
Yo: ...
Bernhard: (...) No hay nada que no pueda imaginarse, porque cada hombre es perfectamente diferente. No hay tampoco filosofía que sea válida, que valga para ningún otro que para aquel que la hizo. (...) Las verdades cambian constantemente, además, en el interior mismo de la persona. El hombre vive absolutamente por nada o por todo. (...) Cada segundo es un punto de partida. Se está siempre en la situación primera, sólo que hoy existe el nailon, pero ¿qué son estas cosas? Camisas de fuerza que la humanidad se inventa para tener una vez más de qué escapar”.
Yo: “Su característica personal, escribe en la autobiografía, es la indiferencia”.
Bernhard: No es posible decir eso, así como así. Nada me es indiferente, pero es necesario que todo me sea indiferente. De otro modo la cosa no podría continuar. Es la única frase que sobre ello puedo pronunciar.
Yo: “La frase ‘quiero estar solo’ ¿es todavía verdadera?”.
—No tengo otra solución que la soledad para llegar al fin de mis días. La proximidad me mata. Pero no debo quejarme. La culpa de todo está en uno”.
Yo: “¿Existe algo que pueda eventualmente reemplazar la escritura?”
—“Nada puede ser nunca reemplazado”.
—“¿Qué haría si un día no tuviera más ideas?”
—“Esa clase de preguntas no conducen a nada. Como si le preguntara a una cantante que haría si no tuviese más voz. ¿Qué debería responder? ¿Qué cantaría aires mudos? De todos modos, cada vez que se escribe algo se cree que se acabó, que no se puede y que no se quiere más. Pero ninguna otra cosa me interesa.”
—“¿Y si encontrara mañana el gran amor?”
—“No podría impedirlo”.

---
Entrevista de André Müller (1979) –extraído de Thomas Bernhard, Tinieblas (Barcelona, 1987).***

Un fragmento de
Maestros antiguos


(.../...)
Durante esas seis semanas de encierro sólo sostuve algunas conversaciones telefónicas con el administrador de mis bienes y leí a Schopenhauer, eso me salvó probablemente, así Reger, aunque no estoy seguro de si es acertado haberme salvado, probablemente, así Reger, hubiera sido mejor no haberme salvado, haberme matado. Pero la verdad es que sólo el hecho de que, en relación con el entierro, hubiera tenido que hacer tantas gestiones, no me dejó tiempo para matarme. Si no nos matamos enseguida, la verdad es que no nos matamos ya, eso es lo espantoso. Tenemos el deseo de estar muertos exactamente como nuestro ser querido, pero sin embargo no nos matamos, pensamos en ello, pero no lo hacemos, dijo Reger. Curiosamente, en esas seis semanas no soportaba ninguna clase de música, ni una sola vez me senté al piano, una vez, con el pensamiento, hice un intento con un pasaje de El clave bien temperado, pero renuncié inmediatamente a ese intento, no fue la música lo que me salvó en esas seis semanas, fue Schopenhauer, una y otra vez unas líneas de Schopenhauer, así Reger. Tampoco fue Nietzsche, sólo Schopenhauer. Me sentaba en la cama y leía unas líneas de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas y volvía a leer unas frases de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas, así Reger. Después de cuatro días de sólo beber agua y leer a Schopenhauer, comí por primera vez un pedazo de pan, que estaba tan duro que tuve que cortarlo de la hogaza con un hacha de cortar carne. Me senté en el taburete de la ventana del lado de la Singerstrasse, ese espantoso asiento de Loos, y miré abajo a la Singerstrasse. Figúrese, finales de mayo y había una ventisca de nieve, dijo. Me espantaban los hombres. Los contemplaba desde el piso, allí abajo en la Singerstrasse, yendo de un lado a otro, bien forrados de prendas de vestir y de comestibles, y me daban asco. Pensé, no quiero volver con esos hombres, no con esos hombres y al fin y al cabo no hay otros, así Reger. Mientras miraba abajo a la Singerstrasse tuve conciencia de que no había otros hombres que los que iban de un lado a otro allí abajo en la Singerstrasse. Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba. De pronto dejé libre curso a mis lágrimas, hacía decenios que no lloraba y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, así Reger. Estaba allí sentado y daba curso libre a mis lágrimas y lloraba y lloraba y lloraba, así Reger. Durante años no había llorado, no desde mi infancia, y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, me dijo Reger en el Ambassador. Al fin y al cabo no tengo nada que esconder ni nada que callar, dijo, a mis ochenta y dos años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar, dijo Reger, y por lo tanto tampoco tengo que callar que, de repente, lloré a lágrima viva y una y otra vez lloré a lágrima viva, durante días enteros lloré a lágrima viva, así Reger. Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísimo, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y cientos de miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y, sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos, dijo Reger. Todos esos libros y escritos que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y escritos eran ridículos. Creemos que podemos aferrarnos entonces a Shakespeare o a Kant, pero es un error. Shakespeare y Kant y todos los demás que hemos levantado en el curso de nuestra vida como lo que llamamos Grandes nos dejan en la estacada precisamente en el momento en que los hubiéramos necesitado tanto, así Reger, no son ninguna solución para nosotros ni son para nosotros ningún consuelo, de repente sólo nos resultan repugnantes y extraños, todo lo que esos, así llamados, Grandes e Importantes, pensaron y por añadidura escribieron nos deja fríos, así Reger. Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados, Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y, como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador. Si todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me repugnaban, me precipité sencillamente sobre Schopenhauer en mi desesperación y me senté con Schopenhauer en el taburete del lado de la Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino quedarme ahí, permanecer en el mundo, me oye, Atzbacher, así Reger en el Ambassador. Pero naturalmente sólo tuve con Schopenhauer una oportunidad de sobrevivir porque abusé de él para mi objetivos y lo falsifiqué realmente de la forma más innoble, así Reger, al convertirlo sencillamente en un medicamento de supervivencia, lo que en realidad no es en absoluto, lo mismo que tampoco los otros que ya he nombrado. Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos, así Reger, y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para nuestros fines, lo que no quiere decir otra cosa que abusar de ellos para nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en lo que se refiere a su patrimonio espiritual. Qué monstruoso patrimonio espiritual he atesorado, así Reger en el Ambassador, y al final me encuentro totalmente vacío.
(.../...)


Maestros antiguos, Ed. Alianza.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char