jueves, 1 de febrero de 2018

¿Quién no se cayó en la cubierta?

Serguéi Aleksándrovich Esenin 

(Konstantínovo, Rusia,-Leningrado, URSS, 1925) 

¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!…

¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!
¡Yo no comercio con palabras!
Se ha vuelto grave y ya se dobla
mi cabeza dorada hacia la espalda.

Por aldea y ciudad amor no siento.
¿Cómo pude sentir alguno?
Todo lo dejaré y, con barba larga,
iré por Rusia cual vagabundo.

Olvidaré los poemas y los libros,
me echaré un saco sobre la espalda,
porque en los campos, a un perdido,
más que a ninguno el viento canta.

Apestaré a rábano y cebolla
y, turbando la quietud del la tarde,
me sonaré ruidosamente con la mano
y haré simplerías en todo.

Y no necesito mejor suerte
que olvidar escuchando la cellisca,
pues sin estas extravagancias
no sé vivir en este mundo.

Versión de Olga Starovoitova y José Jiménez
**
CARTA A UNA MUJER 

Usted se acuerda,
usted, claro, de todo se acuerda,
cuando andaba nerviosa
por la estancia
- yo a la pared pegado –
y me reñía
con acerbas palabras.

Decía usted
que había llegado
la hora de separarnos,
que a causa de mis locuras
sufría mucho,
que iba a dedicarse a sus cosas,
y que yo estaba condenado
a rodar por la pendiente.

Querida:
Usted no me amaba.
Ignoraba que entre el gentío
era yo cual caballo espumeante,
espoleado por audaz jinete.
Ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida
sufría yo, sin comprender
lo que se avecinaba.
De cara a cara
no se ve el rostro.
Lo grande se ve a distancia.
Cuando el mar se encrespa,
corren riesgo las naves.
¡Y de pronto
se convirtió la tierra
en una nave!
Alguien
empuñó majestuoso el timón
rumbo a la nueva vida prodigiosa
por entre vendavales y tormentas.
¿Quién no se cayó en la cubierta?
¿Quién no vomitó y no maldijo?
Pocos hubo que no se mareasen,
que venciesen aquel torbellino.
Entonces
entre un clamor salvaje,
sabiendo bien lo que me hacía
bajé a la bodega
para no ver vomitar a la gente.
Aquella bodega
era eso: la taberna.
Yo me entregué al vino
para no padecer por nadie
y hundirme
en la embriaguez.
Querida:
La hice sufrir, es cierto.
En sus cansados ojos
se asomaba la pena
al ver que yo, ostentosamente,
me consumía en escándalos diarios.
Pero usted ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida,
sufría yo,
sin comprender
lo que se avecinaba…

Han pasado los años.
Mi edad es ya otra.
Ahora pienso de distinto modo.
Ahora brindo en los días de fiesta
por el gran timonel.
Me embargan hoy
amables sentimientos.
Al recordar su angustia
quiero apresurarme
a decirle
lo que fui antes,
lo que soy ahora.
Querida:
Me complace comunicarle
que no rodé por la pendiente.
Vivo en el Territorio Soviético
como el más entusiasta adherente.
No soy ya
el de antes.
Ahora no la haría sufrir
como entonces.
Tras la bandera de la libertad
y del trabajo luminoso,
estoy dispuesto a ir
al fin del mundo.
Perdóneme…
Sé que usted no es la de ayer.
Ahora vive
con un marido serio, inteligente.
A usted no le hacen falta
nuestros duros quehaceres,
y yo tampoco
le hago la menor falta.
Viva bajo
el signo de su estrella,
bajo su mansión renovada.

La saluda su amigo
que jamás la olvida,
Serguéi Esenin

Traducción de José Santacreu
***
En memoria de Sergio Esenin
León Trostky

Hemos perdido a Esenin, ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad.
¡Y qué trágico fin! Se ha ido por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un
amigo desconocido, quizá, para todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su
ternura y dulzura; ha dejado la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo, cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de adiós.
Esenin compuso los amargos “Cantos de un hooligan” y dio a las insolentes coplas
de los tugurios de Moscú esa inevitable melodía eseniana que sólo a él pertenecía. Con
frecuencia se jactaba de gestos vulgares, de una palabra cruda y trivial. Pero bajo esta apariencia palpitaba la ternura particular de un alma indefensa y desprotegida. Con esa grosería semifingida, Esenin trataba de protegerse contra las durezas de la época que le había visto nacer, pero no tuvo éxito. “No puedo más”, declaró el 17 de diciembre sin desafío ni recriminación el poeta vencido por la vida. Conviene insistir en esa grosería semifingida porque, lejos de ser simplemente la forma escogida por Esenin, era también la huella dejada por las condiciones de nuestra época, tan escasamente tierna, tan poco dulce.
Cubriéndose con la máscara de la insolencia —y pagando a esa máscara un tributo
considerable y por tanto nada ocasional—, está claro que Esenin se ha sentido siempre
extraño a este mundo. Y esto no es una alabanza, porque precisamente por esa
incompatibilidad hemos perdido a Esenin; tampoco se la reprocho: ¿quién pensaría en
condenar al gran poeta lírico que no hemos sabido guardar entre nosotros?
Áspero tiempo el nuestro, quizá uno de los más expertos de la historia de esta
Humanidad que se dice civilizada. Todo revolucionario nacido para estas pocas decenas
de años está poseído por un patriotismo furioso para esta época, que es su patria en el
tiempo. Pero Esenin no era un revolucionario. El autor de Pugachev y de las Baladas de
los veintiséis era un lírico íntimo. Nuestra época no es lírica. Es la razón esencial por la que Sergio Esenin, por propia voluntad y tan temprano, se ha ido lejos de nosotros y de nuestro tiempo.
Las raíces de Esenin son profundamente populares, y, como todo en él, su fondo
“pueblo” no es artificial. La prueba más indiscutible se encuentra no en sus poemas sobre la rebeldía popular, sino nuevamente en su lirismo:

Tranquilo, en el matorral de enebros, junto al barranco
El otoño, yegua alazana, agita sus crines.

Esta imagen del otoño y tantas otras han asombrado, en primer lugar, como audacias
gratuitas. El poeta nos ha obligado a sentir las raíces campesinas de sus imágenes y a
dejarlas penetrar profundamente en nosotros. Fet no se habría expresado así, y Tiuchev,
menos. El fondo campesino —aunque transformado y afinado por su talento creador—
estaba sólidamente anclado en él. Es el poder mismo de ese fondo campesino lo que ha
provocado la debilidad propia de Esenin: había sido arrancado al pasado y desarraigado,
sin nunca poder arraigarse en el presente.
La ciudad no le había fortalecido, al contrario, le había quebrantado y herido. Sus
viajes por el extranjero, por Europa y el otro lado del océano, no habían podido 
“levantarle”. Había asimilado más profundamente Teherán que Nueva York y el lirismo
interior del niño de Riazán encontró en Persia más afinidades que en las capitales cultas de Europa y de América.
Esenin no era hostil a la revolución y jamás le fue ella extraña; al contrario, constantemente tendía hacia ella, escribiendo a partir de 1918:

¡Oh madre, patria mía, soy bolchevique!
Y algunos años más tarde escribía:
Y ahora para los soviets
soy el más ardiente compañero de viaje.

La revolución penetró violentamente en la estructura de sus versos y en sus
imágenes que, confusas al principio, se depuraron. En el derrumbe del pasado, Esenin no
perdió nada, nada lamentó. ¿Extraño a la revolución? No, pero la revolución y él no tenían la misma naturaleza. Esenin era un ser íntimo, tierno, lírico; la revolución es pública, épica, llena de desastres. Y un desastre fue lo que ha roto la corta vida del poeta. Se ha dicho que cada ser porta en sí el resorte de su destino, desarrollado hasta el final por la vida. En esta frase no hay más que una parte de verdad. El resorte creador de Esenin, al desenroscarse, ha chocado con los ángulos duros de la época, y se ha roto.
Hay en Esenin muchas hermosas estrofas contagiadas de su época. Toda su obra está
marcada por el tiempo. Y, sin embargo, Esenin “no era de este mundo”. No es el poeta de
la revolución:

Yo tomo todo, todo, tal como es, acepto,
Dispuesto estoy a seguir caminos ya trillados,
Daré mi alma entera a vuestro Octubre y a vuestro Mayo,
Pero mi lira bienamada nunca la cederé.

Su resorte lírico no habría podido desarrollarse hasta el final más que en una
sociedad armoniosa, feliz, plena de cantos, en una época en que no reine como amo y
señor el duro combate, sino la amistad, el amor, la ternura. Ese tiempo llegará. En el
nuestro, se incuban todavía muchos combates implacables y salutíferos de hombres contra
hombres, pero vendrán otros tiempos que preparan las actuales luchas. La personalidad del hombre se expandirá entonces como una auténtica flor, como se expandirá la poesía. La revolución arrancará para cada individuo el derecho no sólo al pan, sino a la poesía. En su último momento, ¿a quién escribió Esenin su carta de sangre? ¿Quizá llamaba de lejos a un amigo que aún no ha nacido, el hombre de un futuro que algunos preparan con sus luchas como Esenin lo preparaba con sus cantos? El poeta ha muerto porque no era de la misma naturaleza que la revolución. Pero en nombre del porvenir, la revolución le adoptará para siempre.
Desde los primeros tiempos de su obra poética, Esenin, consciente de ser interiormente incapaz de defenderse, tendía hacia la muerte. En uno de sus últimos cantos se despidió de las flores:

Y bien, amadas mías,
Os he visto, he visto la tierra
y vuestro fúnebre temblor
o tomaré como una caricia nueva.

Sólo ahora, después del 27 de diciembre, todos nosotros, que le hemos conocido mal
o bien, podemos comprender totalmente la sinceridad íntima de su poesía, cada uno de
cuyos versos estaba escrito con la sangre de sus heridas venas. Nuestra amargura es tanto más áspera por eso. Sin salir de su dominio íntimo, Esenin encontraba, en el
presentimiento de su próximo fin, una melancólica y emocionante consolación:

Escuchando una canción en el silencio,
mi amada, con otro amado
se acordará quizá de mí
como de una flor única.

En nuestra conciencia un pensamiento suaviza el dolor agudo todavía reciente: este
gran poeta, este auténtico poeta, ha reflejado a su manera su época y la ha enriquecido con sus cantos, que hablan de forma nueva del amor, del cielo azul caído en el río, de la luna que como un cordero pace en el cielo, y de la flor única, él mismo.
Que en este recuerdo al poeta no haya nada que nos abata o nos haga perder valor.
El resorte que tensa nuestra época es incomparablemente más poderoso que nuestro
resorte personal. La espiral de la historia se desarrollará hasta el fin. No nos opongamos a él, sino que ayudémosle con toda la fuerza consciente de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad. Preparemos el porvenir. Conquistemos, para todos y para todas, el derecho al pan y el derecho al canto.
El poeta ha muerto, ¡viva la poesía! Indefenso, un hijo de los hombres ha rodado en
el abismo. Pero viva la vida creadora en la que hasta el último momento Sergio Esenin ha entrelazado los hilos preciosos de su poesía.
Pravda, 19 de enero de 1926.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char