martes, 26 de mayo de 2015

Con labios de juncos resecos, Petrarca





PAUL CELAN
(Rumania, 1920-Francia, 1970)

UNA MANO
(Otra versión)

La mesa, de madera de horas, con
el plato de arroz y el vino.
Se
calla, se come, se bebe.

Una mano que besé
hace luz para las bocas.

Traducción de Arnau Pons
**
Ciégate para siempre...

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

Versión de José Ángel Valente
De Cambio de aliento, 1967
**
Ilegibilidad

Ilegibilidad del 
mundo, de éste. Todo doble.
Afónicos,
los relojes fuertes
dan la hora hendida.


Atascado en tus tuétanos,
te remontas de ti
para siempre.

Traducción de Felipe Boso
**
Estar

Estar a la sombra
de la llaga en el aire.

No-estar-por-nadie-ni-por-nada.
Incógnito,
solamente
por ti.

Con todo lo que cabe dentro,
sin lenguaje
también.

Traducción de Felipe Boso
**

Empapado por nombres
de cada exilio,
por nombres y semen,
con nombres, sumergido
en todos
los cálices, colmados con tu
sangre real, Hombre –en todos
los cálices de la gran
Rosa del Ghetto, desde
la que nos miras, inmortal de tantas
muertes apagadas en los caminos del alba.

(Y cantamos la Varsoviana. Con labios de juncos resecos, Petrarca.
A los oídos de la Tundra, Petrarca.)

Y se eleva una tierra, la nuestra,
ésta.
Y no enviamos
a ninguno de los nuestros abajo
hacia ti,
Babel.

Traducción de Iván Ivanissevich
Paul Celan, de “En uno” (La rosa de nadie, 1962)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char