sábado, 20 de junio de 2015

Un obseso sin convicciones...

EMILE CIORAN
(Răşinari, Rumania, 1911-París, Francia, 1995)

De sus Cuadernos 1957-1972
(Fragmentos)

Cada vez que leo las traducciones de mis textos, comidas por la inteligibilidad, degradadas por el uso común, me sumo en la desolación y la duda. ¿Todo lo que escribí no contenía más que palabras? Lo brillante no puede traducirse a otra lengua; pasa lo mismo que con la poesía. ¡Qué lección de modestia y desaliento leerse en un estilo procesal, después de haberme afligido durante horas para encontrar cada vocablo! No quiero que se me traduzca más, que se me deshonre ante mis propios ojos.
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Después de una buena disputa, nos sentimos más ligeros y generosos que antes.
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El punto débil, el defecto de la coraza de cada uno de nosotros es lo que nos oculta. Nuestro secreto atormenta a los demás, y no podemos escamoteárselo por mucho tiempo. Cuanto más interés ponemos en ello, más se torna objeto de discusión y, finalmente, de escándalo. Por otro lado, nada más enriquecedor que someterse a una infamia (o lo que el mundo considera tal), pues entonces posiblemente no existiremos realmente más que por aquello que nos esforzamos en disimular. El secreto de cada uno de nosotros es su tesoro. Son dignos de lástima quienes no tienen revelaciones que temer.
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Hace dos meses que no escribo una palabra. Mi vieja pereza ataca de nuevo. No tengo otra ocupación que la nostalgia y el remordimiento. Cada día que pasa me hundo un poco más en el desprecio hacia mí mismo. Ideas que se deshilachan, proyectos que abandono apenas iniciados, sueños pisoteados con saña, sistemáticamente... Y sin embargo, no dejo de pensar en el trabajo, que es lo único que me reporta algo de salud. Si no logro rehabilitarme a mis propios ojos, estoy perdido sin remedio. He visto a mí alrededor los suficientes fracasados como para no temer que me convierta en uno. Aunque es posible que ya lo sea...
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Esos griegos, todos sofistas, qué abogados profundos.
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Un obseso sin convicciones...
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Spinoza tiene razón al sostener que la alegría es un paso hacia una perfección mayor. Porque es un triunfo sobre las fuerzas del mundo, sobre el destino..., un golpe a lo irreparable.
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Hace veintitrés años (en 1937) escribí todo un libro acerca de las lágrimas. Y después, sin derramar una sola, no he dejado de llorar.
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La verdadera poesía comienza más allá de la poesía; así como también de la filosofía, y de todo.
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Dios, “our old neighbour”, como le llama Emily Dickinson.
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De Cuadernos 1957-1972. Barcelona: Tusquets, 2004.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char