lunes, 31 de agosto de 2015

Un Cristo bichito de humedad asustado

JUAN SALVI

(Arrecifes, Buenos Aires, Argentina, s/d)

EN LA PENUMBRA

I
y mientras caminaba
hacia el reclinatorio
creía volar
pasos en el aire -liviano de todo pecado
y Jesús ya no tendría que bajar
triste
la cabeza
podrían reír juntos, hablar, hacer bromas
sólo que caminaba en el aire
y tenía nueve años
y pronto volvería a caer

II
la orden era no masticar
el cuerpo se iría diluyendo en la boca
pegándose de una manera molesta contra el paladar
tan sólo un movimiento
con el índice salvador
no masticar   aguantar en silencio
casi conmovido
no masticar   hacer una bolita
un Cristo bichito de humedad asustado
y luego tragarlo   tragarlo
esa era la orden

III 
años después
en la soledad de esa capilla
escuchó a una voz preguntar
"que haré
  arrancado de mi cruz
  y entregado al sueño hambriento de los lobos"
**
AMORES

Usted juan
estúpidamente se enamora
sube hasta Lo Alto
contempla allí
la imagen de su Amada
(una imagen muy helada por cierto)
luego desciende
visiblemente decepcionado
a estos infiernos terrenales
donde perfora la tela de avión
de las alas de su ángel guardián
es decir penetra dulce y pacientemente
en su amada.
**

Acurrucado
desde un rincón
los miraba.

Ellos, los Sabios,
conversaban
en términos complicadísimos.

De pronto
se levantó y les dijo:

"Perdón, mi mal se llama hambre".

Publicado en la Hoja de Poesía Nº 2 de Vivir la Esencia, Junio de 1979, realizada en el mimeógrafo del Colegio Nacional de Mercedes. Tomado del blog argensubte.
**
CUESTIÓN

¿A qué fijar ella sus ojos en
  triste gato de uñas alquiladas?

Su caso es peor:
puede vivir sin ser amado,
pero las palabras,
    las palabras necesitan amor.
**
EL REGRESO

Voy a entrar.

Sobre la puerta casi cruz,
dejaré mis fotografías.

Buen día, padre.
Buen día, madre.

He venido de blanco,
para alegrarlos.
*
Tomados de su blog rarosyencendidos.blogspot.com.ar
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char