domingo, 6 de septiembre de 2015

No podía convencerse de que esa cara era la de él

JORGE ASÍS

Jorge Cayetano Zaín Asís 
(Buenos Aires, Argentina, 1946)

LA MANIFESTACIÓN

Había que ir, qué bien, claro que tenemos que ir, Daniel, no falles, lo habían comunicado el jueves, ayer, hay que ir obligatoriamente, Daniel, en serio, a no esquivar el bulto, y lo único que en realidad sabían era que la cosa iba a ser en el centro. Venite, Daniel. Por qué había que ir, se preguntaba Rodolfo, dudaba, no tenía razones suficientes, si con lo del sábado no arreglaremos nada, Daniel, Buenos Aires no es Córdoba. Pensaba que era absurdo, un riesgo inútil, es al cohete, Daniel, y si caemos por eso es una ridiculez, no vale la pena, no tiene sentido, contrasentido. Pero eso no se lo dijo a Daniel, lo que le dijo fue: A no fallar, a no arrugarse, la cosa se pone buena. Daniel con el último informe, la crisis, turco, la olla salta, Levingston lo quiere destituir a Lanusse, mar de fondo, por lo de Córdoba, sabés, después te explico, venite a las reuniones y dejate de joder, no te hagas el exquisito. Pero nunca te dije lo que pensaba, lo que me machacaba, Daniel, judío errante, local, bonachón, nunca te dije que me daba muchas vueltas la cosa, que Rodolfo se cuestionaba diariamente y se le distorsionaban los caminos, que a veces llegaba a la conclusión de que no la iban a hacer más, ni en tres siglos, ni por cansancio, así Daniel hace añazos que andamos, yo no tengo tanta paciencia, me parece que la cosa tiene que ser más efectiva, más directa, me despeloto, Daniel, cuando me parece eso ni sé cómo me llamo, me doy bronca, Daniel. Pero no pudo, nunca se animó; siempre quiso decírselo a alguien para dejar de decírselo toda su muerte. Puntual, Daniel, a no faltar, a las siete en el Ramos, vas a debutar en una, la primera vez que estarás presente en algo. No sé, Daniel, no sé, no sé si soy revolucionario, no soy revolucionario, claro que lo soy. Qué sé yo, debe de ser todo, debe de ser este ambiente intelectual con pinzas de mierda, debe de ser este aire podrido que estoy respirando, debés de ser vos, soviético zonzo, bárbaro, tragamonedas. Pero mañana tenés que ir, Daniel, no seas cagueta, vení y debutá, mirá que la movilización es general, Daniel, es absurdo, si vamos en cana no nos saca ni la liga ni Dios. Che, siete en el Ramos, sí, vienen todos, avisale a la gorda, Daniel, está de más, yo estoy viviendo de yapa, yo no creo que aguante hasta la edad del Rolo Ghioldi, ni hasta la edad de quien no nació, siento que la revolución se me está escapando, atámela, se va, solita, es el ambiente, Daniel, no otra cosa. Pena de muerte ahora, macho, a cuidarse, ya no es sólo la diecisietecuatrocientosuno; además estoy cansado de que me carguen como yo te cargo a vos, contrarrevolucionario, soviético obediente, gil, es una etapa necesaria la tuya, todos empezamos ahí, después progresamos, todavía sos rescatable, pero cómo voy a contarte lo que me pasa a vos, Daniel, a vos que sos enepé caminando, cómo me gustaría imitarte, león, sabés, perdoname, yo sé que te jodo, nada tenés que perdonarme, que te subestimo, que no te tomo en serio. Aparentemente, Daniel. Si llegás a fallar mañana no te saludo más, que por favor no pase como en la de Martins que fallaste, sin excusas. Siempre repito lo que te escucho decir a vos, Daniel, utilizo tus gestos, tus palabras, tu misma cara de estúpido. Daniel, seremos los primeros que haremos algo en Buenos Aires en apoyo de Córdoba. Ni los troskos, ni los chinos, ni la fracción, ni los peronistas, nosotros, Daniel. Qué sería vivir en Córdoba, allí sí que es otra cosa, conciencia revolucionaria, no se canta, no se aplauden discursos, no se guitarrea tanto, están en otra, Daniel, una mano más brava, pesada, a ver contame, argumentá, arriba enepé, que después voy a contarlo en otro lado, pero permitime sobrarte mientras hablás, pero mi admiración no la vas a saber nunca, te digo comprador de buzones y afines, te digo panfletario, sectario, dogmático, ortodoxo, pero cómo me gustaría hablar con tu seguridad, fumar con tu seguridad, contame, venga, venga.

Y Daniel le dijo que la CGT no está entregada como en Buenos Aires, que la clase obrera está mucho más politizada, que los estudiantes, que allá el doparti está trabajando bien, muy bien. Pero no me hagás reír, fanático, cómico, vas a decir que allá tenemos la manija nosotros, no seas religioso. Sé que te enojás, Daniel, se te hinchan las venas como para escaparte, te gustaría pegarme, qué bien me vendría una trompada, pegámela, dale, estoy esperándola, qué te cuesta. Che, qué sectario que sos, qué traba, decí la verdad, admitilo, en Córdoba cazaron la manija los peronistas en serio, dejate de joder.

—No, turco, no, ni lo vivaban a Perón, es más, ni se hablaba de Perón, fue otra cosa, otra cosa, el fotógrafo de Propósitos me... No me hagas reír que ando paspado, Daniel, no seas cómico (las venas, la bronca, Daniel), decime que también tiene la manija el Encuentro de los Argentinos así te grabo, lo escribo, y después lo hago publicar por Marcucci como libro de humor (las venas, Daniel, se te escapan, pegame una piña, dale). Bueno, está bien, viejo, me convenciste, no lo conocen a Perón en Córdoba, lo confunden con un cantante de tangos, con un centroforward. Mañana digo lo que me dijiste vos, gracias, nunca te lo voy a agradecer, sabés, los ultras me preguntan lo mismo que yo voy a preguntarte ahora, esto, Daniel:
—¿Te permite coger el último informe?
(Las venas, Daniel, mi sonrisa, Daniel, tu jeta, mi carcajada.) Mañana antes de las siete ya estoy en el Ramos, puntuales, eh, se pondrá buena la cosa. De repente fue el chau, turco, de Daniel, el chau pensativo de Daniel que más tarde Rodolfo recordaba en la cama, solo, con los ojos desesperadamente abiertos, adivinando el dibujo de los muebles en la oscuridad, muy solo, Daniel, lo de mañana es al cohete Daniel, debutarás en una manifestación, Daniel. ¿Será una manifestación? Pensaba en ese mañana, en la noche de ese mañana, preguntándose qué iban a hacer, si gritarían, si volantearían, si tirarían molotovs, piedras, si morirían, si…

II

Pero no se dormía.

No soy revolucionario, Daniel, sería un caradura si pretendiera ser lo, lo único que tengo son algunas causas y tan comunes, soy revolucionario, Daniel, quiero serlo más todavía, ya no sé si me importa tanto la revolución, no creo que me importe, claro que me importa mucho, Daniel, es ante todo un estado, nuestra manera de vivir, de yapa, Daniel. Mañana voy a ir a la noche, vos sabés que voy a ir. Qué será, relámpagos, manifestación, la cosa está muy jodida, hay Neptunos, perros, canas, en todas las baldosas del centro. Cuánta cana, Daniel, la puta que te parió, compañeros, la puta madre que los parió, tengo ganas de largar todo al demonio. No se dormía, no se durmió en toda la noche, sentía escalofríos, sabía a qué atribuirlos pero no los quería admitir, primero no los quise admitir, ahora sí. Lo rodeaba el escalofrío, se apoderaba de su cuerpo precipitadamente, lo hacía dar vueltas y vueltas y la cabeza debajo de la almohada, se tapaba y des, se moría por cinco minutos, peleaba con tres policías a la vez, resucitaba definiéndose revolucionario. Se pensaba corriendo, con volantes bajo el brazo, se pensaba encerrado, fajado, con unas manos heladas en los testículos, apretándoselos, se pensaba con una picana, en un tubo, pero no iba a cantar, aunque lo matasen no iba a cantar. Se imaginaba actos, manifiestos pidiendo su libertad, su cuerpo, se daba vuelta otra vez y otra y otras más diciéndose que tenía que sentar cabeza de una buena vez, que tenía que dedicarse a hacer mucha guita como sus parientes, a dejarse de joder y laburar más, que debía dejar la revolución para los otros. Siempre deben existir otros, Daniel, existen otros, con claridad y huevos, ya sé lo que me decís, deber histórico, también lo digo, optimismo histórico, como dice el poema de Tuñón, claro, Tuñón, también lo digo, pero el fato no es como lo digo. Mañana tal vez iremos en cana, debutarás y en cana, no vamos a hacer la brava con eso, ni se darán cuenta, ni saldremos en los diarios a lo mejor, ni cinco de pelota, Daniel, aunque mañana seamos veintemil tipos no saldremos ni en sociales, aunque nos amasijen o nos hagan desaparecer como a Martins, o Vallese, aunque te maten a vos y ojalá te maten carajo así no escucho más tus informes de memoria, qué te creés, y me creo, y que nunca fallan, como si Lanusse fuera del Comité, siempre exactos, siempre en la tecla, pero me joden, Daniel, me joden alentándome al mismo tiempo.

Mañana mañana. Entonces se daba vuelta de nuevo llevándose consigo las frazadas, desordenando definitivamente la cama, viéndose encerrado, agarrado de ciertos barrotes, sin comer, fajado, torturado, arrepentido, gritándose soy un imbécil, quién me manda. No soy revolucionario, Daniel. La noche se empecinaba en caminar más despacio todavía; a través de la oscuridad Rodolfo adivinaba el picaporte de la puerta del ropero, la puerta semiabierta de la pieza le permitía imaginar, ver también, increíblemente desde la cama podía ver el retrato del Che, el de Lenin junto a los obreros, el retrato de ella, ese sí que no quería imaginarlo ni estudiarlo desde la cama. Entonces se levantó, lo miró, lo tocó. De inmediato tomó agua; miró el reloj: las tres y cuarto de la mañana, Daniel. A la cama, Daniel, mañana, león, siete en el Ramos, seguro. Nuevamente a darse vuelta a cada rato, a sentirse enfermo, a enfermarse, Daniel, es cierto, nunca lo creerías pero me quiero enfermar, sabés, me duele la cabeza, estoy mareado, me duele el estómago y la revolución, ni te imaginás cuánto me duele. Te voy a dar el último informe recién sacado, fresco: mañana no voy a ir al Ramos, entendiste, me cago en vos, en el doparti y en la revolución, si querés pedime la expulsión, por favor, pedila. Pero bien sabés que yo mañana voy a estar, hecho un tiro, claro que estaré, Daniel, tengo la subversión en la garganta, en las ganas, viste, hasta en la cama y cagado sigo siendo un mal poeta. Reíte, dale, soviético credulón, comprador, ingenuo, burgués con inquietudes sociales, derechista de avanzada. Seguía dándose vuelta y en una vuelta afortunada descubrió sospechas de sol en la ventana, se sintió tranquilo e intranquilo, cansado, mareado: decidió no ir a trabajar. No tengo ganas de ir a vender, sé que esta mañana no podré vender ni un solo diente. Estoy enfermo, Daniel. Prepararse el café, comprar el diario, volver; en este diario tal vez mañana saldrá lo que haremos esta noche. Dirá: fueron muertos dos agitadores bolches, Daniel Cojonacebeg y Rodolfo Huevonud, este último de ascendencia insospechadamente árabe. Se rió solo, miró los retratos, entonces se sintió un poco más solo todavía, se miró los zapatos y otro poquitito más, el Che encendiendo permanentemente su habano, Lenin de perfil señalando el baño. También en la pared: ella. Daniel, ella. Con el pelo negro, suelto, para un costado, para la izquierda, Daniel, tan sectaria, dogmática, soviética buena como vos, hermano. Miró en sus labios cómo se dibujaba la palabra ultra, la palabra CIA, la palabra cana, la palabra ficha, las palabras levantar un curso, la palabra boicot, la palabra encuentro, la palabra amor. Después se puso a copiar un cuento pero de inmediato comenzó a escribir cualquier cosa, escribió palabras concretamente sin sentido, escribió la pared negra del bosque y la nariz de Porto conducen a las teclas, al silencio inmortal de los que sufren y fornican sabiendo que dos y dos son cinco y que la luna tiene mortadelas para los jodones. Se rió el turco, Daniel, estoy riéndome como un perfecto bobo, estoy riéndome de mí y de la historia. Enseguida salió a caminar por la Plaza del Once, el turco, Daniel, yo camino por la plaza con el objetivo de levantarme una negra. Persiguió a una sirvienta durante tres cuadras aproximadamente, sin disimular, hasta que se la levantó. Es un cuco, Daniel. Quedó en verla esa noche y todo, sabiendo que no podía ir, que tenía que presenciar el debut de Daniel. Puntual eh, no seas cagueta, a las siete, tu debut teatral. Caminó una cuadra con la sierva, nada menos que por Azcuénaga, él quería tomarla de la mano, los dientes picados, Daniel, jugosos, marrones, el vestido sucio, grasa, arrugado, con manchas de grasa, los zapatos con un zócalo de barro, Daniel, pero tiene unas tetas impresionantes parecen dos pomelos de Dolores. Le dio un beso en la mejilla al despedirla, tiene olor a negro, Daniel, a cabecita, a argentino, a pueblo, Daniel, ella tiene olor a pueblo, te da bronca, ¿no?, a mí no, a mí sí que me da muchísima bronca, no puedo negártelo, tienen olor las siervas, viste, ¿la muchacha de tu casa no tiene?, las muchachas de casi todos nuestros amigos intelectuales tienen olor. Después del beso en la mejilla se fue, me voy. Lo primero que hizo apenas llegó a su pieza fue ir al baño a lavarse los dientes, a lavarse un poco la subversión, me duele la cabeza, estoy mareado, la garganta, tengo sueño, Daniel, nada de hambre. Pensaba en la noche y en Daniel, sentía como ganas de orinar, de irse, tenía arcadas, se miraba seguido en el espejo pero no podía convencerse de que esa cara era la de él.
¿Será, Daniel?

III

Ni tres minutos puedo aguantar en la cama, Daniel. Salió de nuevo de la pieza y en el primer teléfono público que encontró trató de llamarla a ella. Por supuesto, Daniel, no está. Ella no estaba ni enferma ni muerta ni loca ni en estado de coma siquiera, está en la facultad, Daniel, está tal vez sentada en el boliche de al lado de la facultad sabés con quién, con el Todopaja, ella tiene que estar planeando lo de esta noche con el famoso Todopaja Garchanunca, el anteojudo con granos, el choclito, baboso, desprolijo, imbécil, compañero, buen muchacho para colmo, auténtico, feo, cabezón, por si fuera poco un gran militante, Daniel, obediente y disciplinado como vos, corajudo como Abel, miedoso como yo seguramente. Ella planeando controles, poniéndose de acuerdo con el Todopaja Garchanunca. Pero es sábado, Daniel, estoy enfermo, con las tres de la tarde encima, con ganas de verla, yo solo, macho, comprendé, que la revolución permita un feriado. Caminó dos cuadras y diez también hasta que encontró otro teléfono. Tiene que haber regresado, Daniel. Llamó. Me dice la reguacha decadente chatarrosa burguesa llena de jejenes de pulgas de caca de años de soledad de estupidez, la cucaracha de la madre, pero no la de Gorki, ojalá, la mami de ella:
—Silvia llamó y me avisó que si llamaba usted la llamara más tarde.
Más tarde, Daniel, la revolución la vamos a hacer más tarde, cuando coordinemos la lucha, cuando el Encuentro efectivice sus fuerzas, cuando Dios se pegue un tiro en las bolas, cuando la ultra se deje de romper y se prenda, cuando Perón se haga homosexual, cuando Perón se enamore de la Larrauri, cuando vos te avivés, cuando el Rolo Ghioldi y la Pasionaria se casen por iglesia, cuando se mueran Manrique y Vasena y Monseñor Plaza no fife más, cuando el Todopaja se levante una mina, cuando esterilicemos a todos los militares, cuando los nietos de Cáceres Monié y de López Aufranc vivan el sitracsitram o juren con Porto, cuando… Es lo único en que me falta fracasar, si tengo que fracasar fracasemos pronto, Daniel, pero ya sé, ya sé, no están dadas las condiciones, ya sé, el enemigo es muy hábil, ya sé, ahora nos combaten no sólo desde la derecha sino que también desde la izquierda.

—Mirá Chile.
Sí, Daniel, miro Chile.
—Sabés cuánto hace que se está luchando por la Unidad Popular, sabés cuántas elecciones perdió Allende.
Sí, Daniel, yo sé que no fue fácil la cosa para el Chicho, sabés una cosa, la culpa debe de tenerla mi viejo por no ser chileno, mi vieja también, pero tenés que entenderme, soviético zonzo, émulo del Todopaja. Luego llamó por teléfono a su madre sin saber para qué. Mientras marcaba se le ocurrió invitarse a almorzar el domingo, mañana, Daniel, si no pasa nada con tu debut, si no caemos en gayola. Se le ocurrió también prometerle a su madre que iba a llevarla a Silvia, para presentársela a la abuela y al perro y a doña Emilia y a la Chola, a la complejidad del vecindario.
—Hola, mamá.
Su madre le contestó:
—Fito, qué milagro, te acordaste.
—No jodas, mamá, porque corto, cómo anda la abuela.
—Bien.
Cómo te parece, Daniel, que puede andar la abuela, qué puede pasarle, anda siempre bien. Somos nosotros, Daniel.
—¿Alguna novedad, vieja?
—Se murió el padre de Susy.
—Me alegro, que guarden el muerto en la heladera, así mañana puedo ir a verlo.
—Qué malo que sos.

Malísimo, Daniel; un perro soy.

—Mañana al mediodía, quién sabe, voy con Silvia.
—Qué suerte, qué lindo, vas a venir con mi yernita.
Qué ganas de decirle, Daniel: no seas pelotuda, viejita, esta noche a lo mejor me van a cagar a tiros y vos pensando en los canelones para tu yernita. Tu yernita militante, mamá, tu yernita con los ovarios bien puestos, combatiente, mamá, milita con el Todopaja, sabés, recio personaje varonil, mezcla de héroe con modelo de carnaval, hoy tu yernita va a jugarse los canelones de mañana, con salsa bien blanca y todo, ¿sabés por qué? por una movilización general del club social y clandestino partido comunista, hágase socio sin cuota de ingreso, milite ahora, pague después.
Sí, mamá, casi seguro que iremos.

Él ya suponía a su madre dándole un beso y otro y después otro a Silvia, en la mejilla, la imaginaba apretándole las manos a Silvia, diciéndole “cuidado, es medio loco pero bueno". También imaginaba a las dos paseando por el barrio, saludando a doña Elvira, a don Sebastián, imaginaba a las dos regresando, revolviendo fotos viejas, de cuando él era chiquito, del casamiento de su madre, del velorio del abuelo, la fotografía del abuelo muy muerto, la fotografía de él desnudito con el ojetito al aire, imaginaba a su madre diciéndole sinvergüenza porque decía un chiste verde, diciéndole a Silvia que cuando era chico era intolerable, que una vez se fue de casa, que tardó dos días en regresar, que se violó un renguito a los doce años, que fue preso por jugar a la pelota en la calle, que salía con mujeres más grandes, hasta con casadas, imaginaba a Silvia siguiéndole la corriente, disimulando el aburrimiento, pensando qué ganas de perder el tiempo, Silvia diciéndole tu mamá es buenísima, Rodolfo, imaginaba a su madre ya hinchándolos diciendo este crío me hizo salir canas verdes y violetas y rojas, imaginaba a Silvia diciéndole: no se preocupe señora que yo lo voy a cambiar.
Daniel.
Imaginaba yo se lo voy a cuidar, doña, en el fondo es bueno. Cuidalo, hijita. Daniel. Es bueno. Cuidalo. Daniel. Es…
—Sí mamá, hasta mañana.

Ya son las cuatro de la tarde, Daniel, faltan tres horas para tu debut. La cabeza se le escapaba a Rodolfo, le giraba como un dado, como una marioneta, como una cabeza, el estómago casi lo doblaba, se quería enfermar, en realidad se sentía mal, padecía de una afección al reloj, preguntaba la hora a todo el que veía con un reloj, sólo por preguntarla. A eso de las cuatro y veinte entró al bar de Rivadavia y Urquiza para llamarla. A ella, Daniel, a ella. La moneda de diez pesos entraba y salía, cinco veces, seis, probó soltándola despacio: salía igual, fuerte y minga, Daniel, otra vez la monedita con el chirrido y la bronca. Entonces fue al teléfono de la panadería de enfrente. Levantó el tubo: no había tono. La cabeza giraba alrededor del teléfono mientras el estómago le soportaba una orquesta misteriosa, pero el tono tenía que esperarlo, tal vez tardaría un rato más que la revolución, no, no tanto, pensó. De inmediato tuvo el premio merecido. Colocaba la moneda: de nuevo aparecía abajo, la puta que los parió, Daniel, te dije que con este sistema no se puede seguir. De nuevo la moneda: otra vez abajo. Me cago en Kerensky. Por suerte enseguida entró, al fin, Daniel, pude meterla, entró bien, todita, treinta y cuatro, siete, nueve, cinco, siete, ocupado, mierda. Colgó con fuerza porque había gente atrás esperando y que bufaba. Entonces en un minuto estaba en el bar de 24 de Noviembre y Rivadavia, con sus aparatos visiblemente ocupados; eran las cuatro y media pasadas. Al fin, Daniel, menos mal, llama, llama, la decadente, la chatarrosa, la cucaracha, la…
—Holá.
Seco, Daniel.
—Cómo le va, señora —con voz de gil, Daniel, con voz de novio.
—Con Silvia, ¿no? ¿De parte de quién, de Gustavo, del doctor Martino, de…?
Turra, Daniel.
—De Rodolfo, señora.
—Ah, es usted.
No, señora, soy Herbert Marcuse, Nelson Rockefeller, Aristóbulo Echegaray, pero no lo oigo, Daniel, repito:
—Rodolfo, señora.
Me aguanto de comunicarle que soy el rufián que le hizo dar el mal paso a la costurerita, el gavilán que le baja el pesebre a la gloria de sus días, el extremista que se encama permanentemente con su anhelo, su desventura. Perra. Digo solo: Rodolfo.
—Silvia, ¿cómo estás?
—Mal, amor, estoy muy dolorida.
—¿Tuviste algún problema? —sobresaltado, Daniel—, ¿pasó algo embromado en la facultad?
—No, me indispuse, me vino recién y con unos dolores inaguantables, me voy a la cama, no doy más.
—Claro, hacés bien, no se te ocurra salir hoy, eh, a ningún lado, entendiste, a ningún lado.
—Sí, no te hagas problemas. Vos vas a ir a la fiesta, ¿no?
—Cómo te parece que me la voy a perder, con lo que me gustan, qué lástima que vos no podés ir.
—Y bueno, amor, llamame más tarde, después del cumpleaños.
—Listo, apenas pueda te llamo, y te cuento los chismes de la fiesta, que te mejores, matala a tu madre si podés, dale vidrio molido.
—No me hagas reír.
—O si no encerrala en el baño y echale gas.
—Sos fatal, chau, te dejo.
—Te quiero.
—Yo mucho más.
Hubo una pausa molesta, breve, casi insignificante.
—Rodolfo.
—Qué.
—Cuidate, no tomés mucho, puede caerte mal, a ver si te enfermás.
Ella colgó primero; después para él el tiempo pasó más rápidamente entre un capuchino, tres medialunas, y el libro de poemas Buenos Aires Tiempo Gobbi, de Alfredo Carlino. Pensó con bronca que Alfredo Carlino no era Rimbaud, ni Prevert, ni siquiera Tuñón, pero que era un buen poeta, y por si fuese poco un tipo excepcional, formidable, de esos que reparten el corazón en una esquina como si fuera un volante de Kanmar, o les dicen piropos sólo a las feas. Leyó repetidas veces el primer poema, y también la dedicatoria: A Rodolfo, homenaje sincero de. La revolución, Daniel, gran tema. Qué cuernos ganamos con esta movilización digo yo, yo no volanteo más, además es al cohete, si te cazan volanteando por lo menos te tragás un año, ojalá que a vos también no te venga la menstruación, Daniel, con la menstruación no se puede ser subversivo. Macho, ya estoy delirando, ya pienso cualquier cosa, qué dolor de bocho, Daniel, insoportable, tengo ganas de hacer pish, tengo ganas de hacer caquita, de emborracharme, qué sé yo.

Cerró el Tiempo Gobbi de Carlino y se fue a su pieza, por última vez antes de la fiesta. Se sentó en el inodoro y no hizo absolutamente nada, hizo fuerza y fue inútil: minga. No pudo hacer nada, pensó que nunca había hecho, que nunca iba a hacer algo. Se puso una camisa blanca, se calzó el saco pero no corbata, y mientras se lo acomodaba frente al espejo comprendió que hacía meses que no lo usaba. Salió. Ya estoy en el Ramos, Daniel, son las siete menos diez. Estaba nada más que una compañera. Está Irene, tu mina, Daniel, no falles. Irene le dijo:
—Sentate, parece que todavía no vino nadie.

IV

Como si estuviera rezando, Irene le dijo a Rodolfo que “Hugo parece que no viene porque está enferma Ethelvina".
—Ah, claro.
—¿Y Silvia? —preguntó Irene.
—La volteó la cuota, justo hoy, pobre flaca.
—Qué joda.
—Y Daniel vendrá, ¿no?

Por vos, Daniel, por vos, y con cizaña, porque tengo miedo que no vengas, cagón, que aflojes, que seas más fuerte que yo y no vengas.

—A mí me aseguró que sí —dijo Irene.
—A mí también, pero qué querés que te diga, con la que se mandó la otra noche en la de Martins, te acordás que falló.
No seas cagueta, ideólogo, teórico, vení y debutá. Son menos cinco ya y todavía no llegaste.
—Che, viejo, oíme, pero vos te creés que son todos iguales, que todos tienen el mismo valor, comprendelo —y de inmediato cambió de conversación—; qué lástima que no venga Silvia, en parejas es mejor.
—Qué querés que le haga, yo no tengo la culpa.
—Ya sé, la pucha, cómo andás, viejo. ¿Fumás?
Rodolfo le aceptó el Jockey Club y el fuego; también le aceptó pero obligatoriamente la mirada.
—¿Tenés miedo, no, flaco?
Él la miró con ganas de mandarla exactamente al mismísimo demonio, miedo yo, pero quién te creés que soy, para mí esto, esto, quería decirle también que desconocía el miedo.
—Sí, Irene, tengo miedo —y miró el cigarrillo.
—Yo también, flaco, tengo un jabete de novela.
Los dos miraban los cigarrillos. De vez en cuando también miraban hacia la calle; por qué no venís, Daniel.
—¿Dónde hacemos el control?
—En Corrientes y Medrano, en el Gildo no, en el de enfrente.
—El de los billares, sí, ¿quién va a ser?
—El petiso.
De nuevo los ojos en la calle pero no llegaba nadie.
—¿Qué será, Irene?
—Manifestación, supongo.
—¿Barrio Once?
—No, todo capital, van a venir de todos lados, va estar entretenida.
—Si hay cuarenta tipos como en la de Martins, no me meto, te aviso.
—Va a haber más, no te preocupes, mil tipos fácil, por lo menos ochocientos.
—En la de Martins también iban a ser trescientos.
—Bueno, flaco, pará, pará.
Él vio muchas cosas en la cara de Irene pero fundamentalmente le pareció ver un enorme espejo, dos enormes espejos, se vio de frente, de cuerpo entero, se vio la biografía total en ella que no decía nada, que fumaba, que lo miraba de vez en cuando, también miraba la puerta del bar, miraba el cenicero simultáneamente. Él fumaba mirándose hasta que llegaron el petiso y Leticia.
—Hola.
—Hola.
—¿Y Silvia?
—La cuota —respondió Rodolfo.
—Queeeé —dijo Leticia.
—El período —dijo Irene.
—¿No vino más nadie? —preguntó el petiso.
—A vos qué te parece —dijo Rodolfo.
—Es temprano, recién son y cinco.
—¿Vos venís, Leticia? —preguntó Rodolfo.
—No, es imposible, sabés qué pasa, en casa tengo un arsenal, entre yo y mi hermano tenemos materiales hasta en el baño, es tremendo, en cualquier lado, es terrible.
—Me imagino —dijo Rodolfo.
—Claro —dijo Irene.
De nuevo él se enteró en el espejo, pero el espejo lo esquivó y empezó a reflejar la puerta y el cenicero. De repente llegaron Carmelo, Abel, y vos, Daniel, tragamonedas, ortodoxo, llegás blanquito como almidonado, besás a Irene, me guiñás un ojo; te lo guiño.
—Chau —dijo Leticia—, tengo que pasar una cita a secundarios, a lo mejor después voy al control —dijo en voz muy baja, ceremoniosamente—; suerte —agregó, dándole un beso al petiso en la boca, repartiendo uno a cada uno en la mejilla.
—¿Y Silvia? —preguntó Abel.
—El asunto —respondió Irene ganándole de mano a Rodolfo. A continuación un gesto de Abel como diciendo: queselevahacer.
—Yo no puedo ir —dijo Carmelo—; a cualquier otra sí puedo ir pero a las del club no puedo, si llega a pasar algo jodo al periódico, qué lástima. El periódico no me lo permite —agregó con una voz excesivamente baja.
De nuevo varios espejos.
—Me da una bronca, tengo unas ganas bárbaras de ir, pero a las del club no puedo, qué mala suerte.

Rodolfo lo miraba a Daniel, yo te miro a vos, todos nos miramos también para adentro, te miro con ganas de que pase todo enseguida, se miraban con ganas de recordar lo que todavía no había sucedido, con ganas de estar cafeteando, conversando en el control, vas a debutar, Daniel, vas a jugarte, pasame un informe, vení, hablame de Hegel, de Vladimiro, contale al policía que aparezca con un palo qué es la plusvalía, decile que la violencia es la partera de la historia, que los poetas son seres originales, mientras te va a pegar palazos en el lomo, a lo mejor en el quinto palazo se arrepiente y se afilia al club. Vas a debutar en una, Daniel, te viniste tan lindo, blanquito, como un guardapolvos.
—No vayan juntos —dijo el petiso— pero váyanse porque ya no va a venir nadie más. Abel y vos, turco, adelante, Irene y Daniel detrás. Suerte. Cuídense.
Vamos, Daniel, la policía nos espera, vamos a comentarle la revolución.

V

Tus calzoncillos tienen que ser una feria para los ojos, y un velorio para la desafortunada nariz. Yo voy caminando adelante con Abel, que se empecina en tararearme una canción francesa, en hablarme de un ensayo que algún día va a escribir, sobre el mal aliento, en decirme cada dos veredas que está bastante nervioso. A cada instante Rodolfo se daba vuelta para verlo a Daniel, que caminaba muy serio de la mano de Irene.
—Miralo a Daniel, parece que tiene una sábana en la cara —dijo Rodolfo.
Pero Abel no le contestó, estaba recitándose un poema de Paul Éluard, mejor dicho tratando de recitárselo a Rodolfo, que pensaba cualquier cosa o comentaba sobre Daniel.
—¿De dónde se largará, Abel?
—Qué sé yo, supongo que por Corrientes a la altura del Politeama, o por Florida, ahora que están arreglándola va a ser un quilombo.
—Sería lindo largarla en Lavalle, a la salida de los cines.
—Mirá, dónde no sé, lo que te puedo decir es la hora, se larga ocho menos dos, siete cincuenta y ocho.

Menos dos minutos, qué ridiculez, qué ganas de complicar las cosas al cohete, por qué no se largará a las ocho directamente digo yo. Será una manifestación, ¿no?

—Y sí, es lo más probable, ochocientos tipos, fácil.
—Si hay cincuenta tipos como en la de Martins no me meto.
—¿Cómo, turco, ayer no decías si eran cuarenta?
Me callo; se dio vuelta de nuevo y encontró el ojo izquierdo de Daniel que se cerraba y abría, nerviosamente, qué cagado que estás, Daniel, agarrate fuerte de Irene, menos mal que Irene te agarra de la mano y no te deja escapar.

—¿Dónde es la cita? ¿Mitre y qué?
—Y Suipacha, turco.
Mientras caminaban por Esmeralda hacia Bartolomé Mitre, Rodolfo se acordó de la negra que a las ocho menos cuarto lo esperaba en Plaza Once. Preguntó por quinta vez la hora a Abel, que le dijo: van a ser menos veinte.

Si supieras, Abel, hoy me levanté una mina bárbara, de estas intelectualoides anteojudas, minishort, unas gambas te juro, tenía que verla ahora y mirá por qué la cambio.
—¿Y no la verás más?
La engancho en cualquier momento, Politeama, La Paz, La Giralda, para por ahí.
—¿Y cómo te la enganchaste, no tiene una amiga?
—Fue divino, estaba ella en La Perla vieja, en el teléfono, marcando un número y yo estaba detrás. Le dije: ¿te apuesto un café a que está ocupado? Ella sonrió nada más, habló tranquilamente. Cuando terminó le dije: soy un buen perdedor, vamos a tomarlo. Y vino. Es medio troska.
—Qué cararrota que sos, che, fijate si tiene una amiga, las troskas fifan que da calambre.
Le dijo que iba a ver si le conseguía una amiga, pero no quiso pensar más, cuando le contaba el levante recordó vagamente el zócalo de barro en los zapatos de la negra, los pomelos de Dolores, Daniel, el olor, Daniel. Se dio vuelta hasta encontrar los pasos de la pareja.
—Sabés, Abel, hasta llegar al bar tenía un julepe increíble, pero ya se me pasó, bueno, si se pasó del todo no sé, pero ya no es como antes.
–Qué suerte —dijo Abel—, yo estoy por hacerme encima, porque entre nosotros, hoy la cosa está jodida.
—¿Habrá autodefensa?
—Seguro que sí, total vos no tenés miedo, de qué te preocupás.
Rodolfo sonrió; fingió pegarle una piña, pero sólo cerró los puños. Miró hacia atrás:
—El que está tranquilo también es Daniel —dijo.
Los dos se rieron sin saberlo y mientras se reían llegaron a Mitre y doblaron en dirección de Suipacha. Comprendieron que ya estaban muy cerca para reírse. Se detuvieron a mirar la vidriera de la tienda de la esquina. Ahora, Abel está mirando a un señor de edad que está parado con un diario en la mano. Abel se le acerca, le pide fuego, y vos, Daniel, también mirás la vidriera de enfrente, angelicalmente unido de la mano de Irene. Me mirás: tenés la cara de yeso. Abel vuelve a mi lado, silbando la canción francesa y rara, sonriendo. El tipo del diario caminó tres pasos, se dio vuelta dos veces para el mismo lado. Un morocho que está parado enfrente cruza hacia donde estamos nosotros y apenas llega nos da la mano. Dijo:
—Encantado, vamos, compañeros.
Caminamos los tres por Suipacha hacia Corrientes, y vos traés a tu julepe de la mano de Irene, aproximadamente a treinta metros. A debutar, Engels. Rodolfo con sólo mirarlo al morocho se dio cuenta de que no estaba intoxicado como él. Éste no escribe, Daniel, no pinta, no hace teatro, éste no va al analista, milita y tan campante, tan en otra cosa.
—Medicina —dijo Abel.
—Ferroviario —dijo el morocho.
Y yo no sé qué decirle, Daniel, si estuvieras a mi lado probablemente me ayudarías, obediente, no sé cómo presentarme, no sé quién soy.
—Éste es Rodolfo —dijo Abel—. Él escribe, es poeta.
Qué ganas, Daniel, cuántas, de mandar la literatura al carajo.

VI

—¿Tienen algodón? —preguntó el ferroviario mientras caminábamos.
—No —respondió Abel—. ¿Por?
Y contestó largando el humo entre las palabras:
—La sirena te puede romper los tímpanos, la semana pasada a los telefónicos los reprimieron así. Pero con esto no pasa nada —agregó alcanzándoles dos bolitas a cada uno.
—Gracias, viejo.
—Métansela en el oído por las dudas. La sirena te deja estúpido.
El ferroviario les dio cuatro bolitas más para Daniel e Irene, que los perseguían secretamente. De inmediato Abel se detuvo, los esperó para entregárselas, y estoy segurísimo Daniel que hasta serías capaz de comerlas, estás tan solícito, tan gentil, tan pero tan demasiado tan.
Abel enseguida los alcanzó.
—Va a estar interesante, compañeros —dijo.
—Es lo primero que se hace en Buenos Aires apoyando el viborazo —dijo Abel.
—Lástima que nosotros podemos hacer nada más que manifestaciones —dijo el ferroviario.
—Los dirigentes de la CGT de acá están entregados —dije yo por decir algo, poniendo tal vez tu cara, Daniel.
—Qué huevos, compañeros, qué huevos que tienen los cordobeses.
–Huevos y organización, y muchas cosas, y unidad y… —dijo Abel—. Pero fundamentalmente huevos, huevos organizados por supuesto, porque con huevos nada más podemos hacer un omelet.

Con los huevos en la boca llegaron a Lavalle y Suipacha, había gente que miraba cines, señoras, pibas, pibes de yiraje, y como les había dicho el ferroviario la fiesta iba a largarse allí. Había también varios canas en la esquina, como esperando, mejor dicho esperando, como si quisieran participar del subversivo acontecimiento.
—Están escuchando un partido de fútbol —dijo Abel señalándoles el aparato que tenía un cana en la mano, con una antena larga como el miedo de todos.
—Cerdos —dijo el ferroviario, y escupió.

Yo te busco los ojos, Daniel, pero me parece que los perdiste, no me mirás, qué te cuesta, ya vas a subir al escenario y te mandarás tu tartamudeado hamlet, acompañado de la mano y de la totalidad del cuerpo de Irene, que mira atentamente las carteleras de los cines. En una playa junto al mar, con Donald. Cerdos, decía el ferroviario apretando los dientes. Fernando también está allí, contemplando programas de los cines, horarios, de vez en cuando guiña un esporádico ojo conocido, como yo, como el ferroviario, como Daniel.

—Menos diez —dijo Abel— pasadas.

Rodolfo reconoció a la flaca simpática y pecosa, esa a la que toda la fede le andaba atrás, también mirando programas, de la mano de Polito, también está Eugenia y Poroto y Arnoldo y Graciela y Federico y tengo ganas de mear, Abel.
—Pará, falta poco, turco.
Y Marina y los de económicas y el infaltable Coco y el indio y Sosa y el negro y tengo ganas de mear.
—Haberlo dicho antes, compañero, yo también, vamos a un ñoba —dijo el ferroviario.
Entraron al baño de un cine y el único que no orinó fue Abel, diciendo: total es el reloj, no los riñones. El ferroviario lo miró a Rodolfo diciéndole desde su mingitorio:
—Pero este flaco es anormal.
Salieron y eran casi menos cinco; el ferroviario convidó con Embajadores que no le aceptó nadie. Vos seguís, Daniel; mirando la sonrisa de Donald, con unas ganas de escaparte imposibles de aguantar, aunque tal vez no, te juro que yo ya estoy tranquilo, se lo digo a Abel y no me cree, te lo digo en serio, sabés por qué, el Todopaja también mira la sonrisa de Donald, también Kico, y los de filosofía y de teatro y de derecho, y sobre todo miran el mechoncito de Donald infinidad de tipos que no conozco, pero les reconozco mi miedo en sus ojos, y seguro que ni escriben ni pintan ni hacen teatro ni discuten el estructuralismo, y la compañera de Pepe que se anota en todas, ya no sé para dónde mirar, parece una reunión partidaria, un festival, sólo faltan los poemas de Tejada y la guitarra de Guaraní. Ocho menos cuarto, Daniel.

—El Todopaja —le dije a Abel, sonriendo.
—Ves que todo paja no es, algo más tiene.
Rodolfo no supo si no le contestó porque no tenía ganas, o no tenía argumentos o porque ya faltaba muy poco para las menos dos; le guiñó un ojo a Tuiti, el de teatro, otra seña como de siempre presente a la pecosa que caminaba por ahí, de la mano de Polo, Diana que caminaba con Luis y son menos tres, y vos, Daniel, estás mirándome e Irene y yo y todos nos miramos, la Revolución haciendo equilibrio por las luces de los carteles, encima del mechón de Donald, hacía equilibrio y con éxito a través de las miradas, estaba en las gargantas de todos dispuesta ya a salir, a hacerse notar, desde los ojos del Todopaja hasta los tuyos porque el pueblo unido jamás será vencido el pueblo unido jamás será vencido el pueblo unido jamás será vencido y Abel y el ferroviario al lado de Rodolfo, y gritaban fervientemente y eran cientos de tipos que gritaban y había gente que desde la vereda los aplaudía, algún negocio que bajaba la cortina, gritá Abel, pan y trabajo la dictadura abajo pan y trabajo la dictadura abajo y ya habían llegado a Esmeralda, miralo a Daniel, y los canas de la antena seguían la manifestación por la vereda, mirá esa vieja cómo aplaude, Abel. Rodolfo leyó uno de los carteles: solidaridad con Córdoba —Partido Comunista, la hoz, pan y trabajo, el martillo, la dictadura abajo, Córdoba el camino del pueblo argentino pan y trabajo Córdoba el camino la dictadura abajo jamás será vencido, mirá, Daniel, parece que tiene un micrófono, mirale las venas, pan y trabajo la dictadura abajo gritá Daniel la cana la cana en la esquina de Maipú Abel mirá el carro el Neptuno hijos de puta Córdoba el camino del pueblo argentino Córdoba el camino se vienen rajemos Abel pan y trabajo la dictadura muera la dictadura mueraaaaaa pan y trabajo se vienen flaco se vienen flaco los gases hijos de puta el pueblo unido jamás será vencido rajemos flaco que se vienen la puta carajo y Rodolfo los perdió de vista a Abel, al ferroviario, a Daniel, al Todopaja y a Dios porque empezó a correr como un loco en dirección de Esmeralda, por Lavalle, vio que también en Esmeralda había otro carro de asalto, y ya la manifestación se había desbandado para cualquier parte y los canas agarraban a los que podían y pegaban gomazos. Rodolfo escuchó que alguien probablemente más experimentado decía:
—No corran, no corran, despacio, no pasa nada.

Dobló en Esmeralda con un miedo parecido a la más absoluta serenidad, y sintió un alivio increíble en su manera de respirar. Iba hacia Corrientes simulando ser un peatón común. Veo cómo se llevan a un compañero, Daniel, pero no sos vos, es un pibe, creo que un secundario. Miró a un patrullero como si fuese otro mechón de Donald. Los colectivos cerraban las puertas, los taxis también; habían cortado el tráfico.
—Qué barbaridad —dijo uno que estaba a su lado.
Era el ferroviario.
—Quilomberos de mierda —agregó.
Rodolfo se fue hacia Corrientes y empezó de nuevo a respirar agitado, cruzó Corrientes con Tuiti al lado que no le dio ni cinco de pelota, y ni se dio cuenta de su existencia. Al llegar a Sarmiento subió al primer colectivo que tenía la puerta abierta. Sacó hasta Plaza Italia sin darse cuenta de que ese colectivo seguía por Esmeralda. El chofer decía: pucha no se puede pasar, habrá lío, o un choque. Conversaba con un señor que estaba en el primer asiento. Yo me ubico en el de cinco del fondo. Ya había cruzado Corrientes, pronto llegaría a Lavalle, y ya desde la ventanilla él veía canas en todas las baldosas, patrulleros, un Neptuno, dos carros de asalto. Es una jauría de taqueros, Daniel.

—Parece que hubo lío —dijo el colectivero.
—Los peronistas, seguro —dijo el pasajero.

La respiración me sale por todos lados, Daniel. El chofer abre la puerta y estamos en Lavalle y Suipacha.
Subió al colectivo un policía.

VII

La subversión se le hizo chiquitita a Rodolfo apenas lo vio al policía, morocho, con una cara de policía que espantaba al más decente, no sé qué jeta estoy poniendo ahora, Daniel, y él me mira pero se está por bajar, se bajó, no, todavía no, yo lo miro como lo hace el chofer y el señor conversador del asiento de adelante y la pareja del medio, únicos pasajeros del animal éste. Se quedó un minuto en el estribo, miraba para adentro insistentemente pero se bajó enseguida; Rodolfo pensó en sacarse otra partida de nacimiento. Después que el animal arrancó, vio en la esquina tan comentada a un camión celular con varios compañeros adentro. Pero vos no estás, Daniel; miró como asombrado e insólitamente tuvo la insólita ocurrencia de hacerse el vivo y el sociable, puesto que comenzó a participar de los comentarios del chofer y su comandante. Cuando estaban por Viamonte ya eran como de la familia, y se acercó a un asiento de adelante y todo. Te juro, Daniel, que tengo unas ganas de putear increíbles.
—Hay que cagarlos a palos —decía el chofer, después que había descendido la pareja—; que vayan a laburar, mejor, yo tengo lo que tengo porque nunca me metí en política, yo tenía que mantener a mi familia.
—Son estudiantes, claro —decía el comandante—; que vayan a laburar y chau, tiene razón, chofer, son unos desubicados.

Si estuvieras, Daniel. Rodolfo no sabía qué decirles, y prefirió callar, pensó que era inútil.
En cada esquina subía más gente al animal, protestando porque tardaba y las explicaciones del chofer y su comandante con los respectivos “no diga" de los nuevos pasajeros hicieron más ameno el viaje. Soy revolucionario, Daniel. Por dónde andarás, contento, desvirgado, macho carajo. Y otro animal se le paró al lado por la calle Arenales; en un semáforo rojo se dijeron:
—Me retrasé, tengo que llegar y cuarto.
—Viste que…
Rodolfo no pudo ver lo que quería el otro colectivero que viese su colectivero porque de inmediato vino la verde y arrancaron con todo. Somos revolucionarios, Daniel. Estoy aliviado, hermano, cada cuadra se me hace más grande la revolución, tengo ganas de gritarles a estos chantas: manga de boludos tomen conciencia, ya van a hablar con Daniel, la revolución es para ustedes, vení, Daniel, decíselo, sepan que Abel, Daniel, Irene, la pecosa y yo somos revolucionarios, si estuvieras en este asiento, Daniel. Qué ganas de verte, macho. Sentía en el animal, frenando o acelerando, el eco de las consignas recientes, la del pan y trabajo, la de Córdoba el camino, y cuando le tocaba a la del pueblo unido comprendió que la bestia no lo acercaba ni por casualidad al control. Se bajó en Pueyrredón. Che, Daniel, quiero verte, Abel, Irene, tengo que llamarla a Silvia. En realidad, se había olvidado completamente de Silvia: resolvió llamarla desde el Paulista de Corrientes y Pueyrredón. Otro colectivo y de inmediato. Llegó a Corrientes y el de Paulista, ocupadísimo, el de la Cubana que tenía un cartel: no funciona. Pidió el particular y:
—Sí, yo.
—Creí que no llamabas, tenía miedo.
—Bien bien, el cumpleaños estuvo divertido, voy a controlarme un poco porque tengo miedo que algo me haya caído mal.
Las farsas, Daniel, el teatro, hasta cuándo hablaremos así, hermano, hasta el día que me quieras desde el azul del cielo las estrellas celosas.
—¿Y vos cómo estás?
Hasta el día en que nos lavaremos hasta los huevos en la Plaza de Mayo.
—Estoy mejor, tengo ganas de verte, voy a andar por Medrano, después.
Viviremos ese día, Daniel, el aire va a ser un panfleto político, y seguiremos odiando, Daniel, con los propietarios y artífices de la picana, con los torturadores, con ellos seremos más sectarios que dios padre, como dice Benedetti, no olvidaremos el mínimo gomazo.
—Dejate de joder, Silvia, yo después paso por tu casa.
Qué día memorable será, Daniel, soñémoslo un poco, una lágrima me moja los zapatos al imaginarlo. Cuando la revolución sea una palabra cierta, cuando no tengamos que decirla en susurro.
—No, ya salgo, quiero verte.
Mirá si lo vivimos, Daniel, vale la pena.
—No seas loca.
Che, carajo, si sabía no te la nombraba, no lloremos que se van a dar cuenta de que somos subversivos. A resentirnos, Daniel, a seguir viviendo de yapa.
—Quiero verte, ahí voy, chau.

Se tomó el subte hasta Medrano sabiendo que era peligroso pero tenía una incontenible fe ganadora. La escalera, Daniel. Subirla con aire triunfador, la subía lentamente y con ganas. Al llegar al aire se encontró con la sonrisa y con el abrazo de Abel.
—Che, turco, a vos te pueden ganar a pelear pero a correr no te gana nadie, sos un galgo.
La contestación de Rodolfo:
—Dale, cargame a mí, que gritabas me alcanzan me alcanzan y eran tus talones que te golpeaban la cabeza.
Entraron al bar, no llegaste, Daniel, los ojos brillosos del petiso, que esperaban al lado de Leticia, Hugo, Carmelo, una silla para mí, Daniel para contar, tal vez para agrandarla un poco.
—¿Y Daniel e Irene? —preguntó Rodolfo.
Que no habían llegado todavía. Rodolfo ya lo imaginaba torturado, encerrado, qué ganas de verte. Pidió un café como si nada; llegó Silvia y lo besó pero él sólo miraba la puerta, carajo, por qué no llegás, hasta se había olvidado la cara de Daniel. Se había fumado dos puchos, miraba a Abel, al petiso, a la puerta, y todos comprendíamos, el silencio deschavaba los pensamientos, llegá, mierda, estarás demorándote soviético zonzo, tragamonedas, dogmático, quiero decirte a vos que soy revolucionario, quiero que lo sepas vos, quiero abrazarte y pedirte perdones, sectario bolchevique. Silvia le apretaba un brazo, le daba un beso, pero era inútil, los ojos continuaban en la puerta.

—Qué pasa que no viene —decía Abel o Rodolfo o el petiso o Dios, mientras la puerta dibujó la figura de Irene, que venía sola, mirando el piso.
—¿Qué pasó, Irene? ¿Y Daniel? —preguntaron todos para adentro. Irene se acercó a la mesa, lagrimeando, temblando, fumando…

La manifestación, Buenos Aires, Galerna, 1982.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char