lunes, 29 de octubre de 2012

La vida es como una espuma, un fermento

Tomada de elbustodepalas.blogspot.com.ar
JACK LONDON
John Griffith Chaney
(San Francisco, EE.UU., 1876-Glen Ellen, íd., 1916)


Delante de los perros, calzando anchos y blandos zapatos de pelo para la nieve, avanzaba trabajosamente un hombre. Detrás del trineo iba otro. Dentro, en la caja, iba un tercero para quien todo esfuerzo había ya terminado: una víctima de aquel salvaje desierto, un vencido que no se movería ni lucharía ya más, aplastado, aniquilado por él. Al desierto no suele gustarle el movimiento. Toma como una ofensa la vida, porque vida es movimiento, y él tiende siempre a destruirlo. Hiela el agua para no dejarla correr hacia el mar; les roba la savia a los árboles –hasta helarles el potente corazón; y con mayor ferocidad, y por más terrible modo aún, anonada y obliga a someterse al hombre. Al hombre, que es lo más inquieto que la vida ofrece, siempre en rebelión, justamente en contra de la idea de que todo movimiento acaba con la cesación del mismo.

Fragmento de Colmillo Blanco
***

–Creo que la vida es como una espuma, un fermento –respondió prontamente–; una cosa que tiene movimiento y que puede moverse durante un minuto, una hora, un año o cien años, pero que al fin cesará de moverse. El grande se come al pequeño, para poder continuar moviéndose; el fuerte al débil, para conservar la fuerza. El afortunado se come la mayor parte, y se mueve más tiempo, eso es todo. ¿Qué te parecen estas cosas?
Dirigió  el  brazo  con un gesto  de  impaciencia  hacia  unos  cuantos  marineros  que maniobraban con unas cuerdas en el centro del barco.
–Esos se mueven para que se mueva la materia, se mueven para comer y para poder seguir moviéndose, ahí lo tienes todo. Viven para el estómago, y el estómago existe para ellos. Es un círculo que no tiene salida. Ellos tampoco. Se detienen al fin, ya no se mueven, están muertos.
–Pero sueñan –interrumpí yo–, tienen sueños radiantes, luminosos...
–De comida –concluyó sentenciosamente. 
–Y de otras cosas...
–¡Comer! Sueñan en tener más apetito y más suerte para satisfacerlo –su voz sonaba dura, monótona–. Porque, fíjate, ellos sueñan en hacer viajes productivos que les reporten más dinero, en llegar a ser segundos en los barcos, en encontrar fortunas... en una palabra, en mejorar de posición para comerse a sus semejantes, en tener buena comida todas las noches y
que otros carguen con el trabajo despreciable. Tú y yo somos exactamente como ellos. No hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros, como no sea aquella que estriba en tener más comida y mejor. Yo les como a ellos ahora y a ti también; pero en otros tiempos tú has comido más que yo, tú has dormido en lechos mullidos, has vestido ropas buenas y comido buenos alimentos. ¿Quién hizo aquellas camas y aquellas ropas y aquellas comidas? Tú no, tú nunca hiciste nada con tu propio sudor. Tú vives de la fortuna que ganó tu padre; tú eres como la conocida palmípeda que se deja caer sobre las bubias para robarles el pez que han cogido; tú formas parte de una multitud de hombres que han hecho lo que ellos llaman un Gobierno, y que dominan a los demás hombres, que se comen los alimentos  que otros hombres han obtenido y que les hubiera gustado comerse ellos. Tú llevas las ropas que calientan; ellos las
hicieron, pero van tiritando en sus andrajos y te piden a ti, a tu abogado o al agente de negocios que te administra el dinero, que se las compres.
–Eso no tiene nada que ver con la cuestión –exclamé.
–Ya lo creo  –ahora hablaba  rápidamente  y sus  ojos  relampagueaban–. Esto es  un egoísmo y esto es la vida. ¿De qué sirve o qué sentido tiene la inmoralidad del egoísmo? ¿Qué objeto tiene? ¿Qué dices a todo? Tú no has hecho la comida; sin embargo, lo que tú has comido o desperdiciado hubiese salvado la vida de una veintena de infelices que hicieron la comida, pero no la comieron. Considérate a ti mismo a mí. ¿Qué valor tiene tu ponderada inmortalidad, cuando tu vida discurre mezclada con la mía? Tú quisieras volverte a tierra, que es sitio más favorable para tu clase de egoísmo; yo, en cambio, tengo el capricho de tenerte a bordo de este barco, donde puedo abusar de ti; te doblaré o te romperé, podrás morir hoy, esta semana o el mes que viene y aún podría matarte ahora mismo de un puñetazo, porque eres un
miserable alfeñique. Ahora bien; si somos inmortales, ¿qué razón hay para ello? El abusar como tú y yo hemos hecho toda la vida no parece que sea precisamente lo que deben hacer los mortales. De nuevo te pregunto: ¿qué dices a todo esto? ¿Por qué te he retenido aquí?
–Porque usted es más fuerte –conseguí articular. 
–Pero, ¿por qué soy más fuerte? –continuó, con sus interminables preguntas–. Porque soy una porción mayor del fermento que tú. ¿Lo ves?
–Esto es para desesperarse –protesté.
–Estoy  de  acuerdo  contigo  –continuó–.  Entonces  ¿por  qué  nos  movemos  si  el movimiento es vida? Sin moverse y ser una parte del fermento no habría desesperación. Pero (y en esto está el toque) queremos vivir y movernos aunque no tengamos razón para ello, porque sucede que la naturaleza de la vida es vivir y moverse, querer vivir más. Si no fuera por eso, la vida moriría. A causa de esta vida que hay en ti, es por lo que sueñas en tu inmortalidad; la vida que hay en ti vive y quiere seguir viviendo eternamente. ¡Una eternidad
de egoísmo!

De El lobo de mar (fragmento)
***

Aquí abajo, la mujer es totalmente para el hombre. Le atrae, de buen o de mal grado, como el polo atrae la aguja imantada. Encanta las miradas del hombre con el perfecto equilibrio de su cuerpo, por las ondas de su cabellera, castaña o rubia, negra como las tinieblas o que se diría salpicada por los rayos del sol.

Sus pies son divinos. Su pecho y sus brazos un paraíso para quien en ellos reposa. El perfume que emite deleita el olfato. Su voz, cuando ríe, canta a la luz del sol o al claro de luna, y cuando gime de amor por las noches, tendida de espaldas y presa del vértigo, es mucho más dulce que cualquier música, que el canto de las espadas en la batalla. Sus palabras constituyen una exaltación de todo su ser. Electrizan el nuestro y hacen correr el fuego, mucho mejor que el penetrante vibrar de las trompetas. Incluso en el paraíso, el hombre, con las huríes o las valquirias, les ha reservado un lugar de oro. Pues el hombre, si no puede concebir la tierra, mucho menos puede imaginar un paraíso en el que no figure la mujer.

Las constelaciones se desplazan en el firmamento. Ni la Estrella Polar, ni Hércules, ni Vega, ni el Cisne o Casiopea estaban antes en el mismo sitio que hoy. Sólo la mujer permanece. Sólo ella es inmutable en la Eternidad. Es la amante y la madre, que protege a sus hijos como la perdiz con sus alas. Es Cleopatra y Herodías, Esther y la Virgen María, así como María Magdalena. Es Brunilda e Isolda, Julieta y Eloísa, Eva y Astarté. Y, en todas mis distintas existencias, la he amado locamente.

De El vagabundo de las estrellas (fragmento)
***
Carta de Jack London a Ana Strunsky
(Fragmento)

Ana querida:

¿Dije que el ser humano podría ser clasificado por categorías? Bien, y si lo hice, déjeme cuantificar: no todos los seres humanos. Usted me elude. No puedo encontrarla, no puedo entenderla. Puedo jactarme de que a nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el pulso de sus corazones. Pero de la décima desespero. Está más allá de mí. Usted es la décima. 
¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión –seguramente, a menudo podemos– y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char