lunes, 18 de febrero de 2013

Escribo contra lo mejor de mí


De izq. a der.: Daniel Freidemberg; Horacio González.
DANIEL FREIDEMBERG
(Resistencia, Chaco, Argentina, 1945. Desde 1966 reside en Buenos Aires, Argentina)

VOZ NEGRA 

Después que oímos aves negras
paradas en los cables de luz
esperando algo, tal vez que amanezca
como debe ser,
             cae lluvia ociosa sobre
los techos, los silenciosos edificios,
"Viene a llamarnos", dicen
pero ya no rogamos que amanezca.
Cantamos sí las lerdas tonadas de un alba
anterior a nosotros
como quien se mira de pronto la voz
y no contamos los recuerdos:
        nos limitamos a atender
a medianoche y de improviso el teléfono
urdiendo, sí, palabras
como aves negras que vemos salir
al ritmo sin color del agua
opaca ahí, detrás en su caer de todo,
interminable, exacta, escurridiza, ajena.
 ***
Cosas/Oír/Rodar
I
No hay nada, sólo cosas.

No hay nada, las cosas tampoco.

Oír afuera un rodar de las cosas
a la hora en que va a amanecer,
oír un gasto que avanza.

Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma? 
Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada.

II
Así es que empieza la mañana: no con
una explosión, con un bostezo.

Así es que otra vez todo se puso a rodar.

"Y no entres manso en eso que viene, rabiá",
subía el ruido de lo que rodaba, y entré

III
Cerrando ahora la puerta
del ascensor, buscando
la llave de la calle, mirando el tránsito:
"perdí los años que iban a venir"

"Ahora estoy libre", pensé por un
momento,
como quien cae al agua de la mañana lo pensé.

IV
Viene el verano, viene con
dolor de huesos,

viene con su estopa.

Sentado, en el recuerdo, frente a un mar
siempre recomenzado, escribo

no con palabras
sino con sombra de palabras, filtraciones
de un turbio noviembre.

V
"Amor", he escrito, yo no estoy acá.
Amor se escribe en otro lado.

VI
Entre el crujido urbano, entre el
venirse atrás del alma

Escribo contra lo mejor de mí

Para decirle que se cuide, que
no se vaya aún,
que lo que llega ante los ojos
es grande y crece como pasto en las ruinas
de lo que se llamaba el corazón

VII
Ahora, con el calor
que avanza,
tratando de aclarar un poco
las acumulaciones de la mente
oigo tu voz por el teléfono
como quien piensa "algo hay"
o "dónde estás"

y la mañana afuera es agua espesa, orín,
luz que hace mal

Espero, quiero decirte, estés a salvo
de los asedios de este mundo y otros.

VIII
Sol, además, ahí afuera eso, el sol,
que sube afuera de nosotros
Ya no es lo que llamábamos "el sol"
ni "la vida" es la vida

¿Y entonces qué habla por esta boca, la muerte?
¿Qué sobreimprime al sol esa palabra "sol"
qué alumbra o hace como que alumbra ahí?

IX
"Alguna cosa que esté bien", iba a decirte
o "pasarán por sobre mi cadáver"

Me preguntaba para qué escribir

Y no es que espere que respondan, escribo

"Tal vez aún crea" iba a decirte,
pero algo se callaba atrás

X
"Atrás, atrás", como decía el pájaro.
¿Atrás de qué?
En realidad decía "váyanse"

Ventajas de la mala traducción:

yo miro atrás a ver quién habla.

XI
No es que alguien hable, es que
lo quiero ver,
es que no entiendo que las cosas callen

es decir cosas qué hago afuera

XII
"Afuera, afuera" dicen las palabras.
"Afuera", me preguntan, "de qué"
No las escuches, yo me fui

XIII
Si la poesía, si la
pura sensitiva sale
a molestar, dejala
No es que esté bien ni mal: el alma
se deja hacer para durar

Anda en la pura duración
a falta de otra cosa, el alma

XIV
¿Y esa otra duración, el sol
irrealizando la pared, el ruido urbano?

"Irrealizando" escribo "la pared", escribo "el ruido",
escribo "el ruido, la pared ¿y qué?"
"Ahora" escribo, "y en la hora
en que lo niegue una vez más",
escribo como quien
salió a perder: "no hay nada" escribo "que perder. 
No hay nada más que cosas, no hay nada",

XV
"No hay nada", dije, dispuesto a perder,
iba sin alma,
en medio de la mañana, entre los ruidos

(De Sonidos de una fiesta ajena, Antología. Ed. Ruinas Circulares, 2012)

1 comentario:

Eva Isabel Ruiz Barrios dijo...

Escarbar la palabra, descomponerla, dudar de ella, confrontarla hasta lograr esa luz… ¡qué excelencia!
Gracias , Irene, por compartirla.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char