miércoles, 4 de marzo de 2015

Entended que de un cielo inmaterial desconfíe

ESPERANZA LÓPEZ PARADA
Tomada de escriturasvirreinales.wordpress.com

(Madrid, España, 1962) 



DIES IRÆ
El pueblo entero se congregó en su agonía. La vida la pasó guardando secreto muy oscuro.
Sus labios se veían difíciles, hermosos para tomar agua.
No vas a tener otra heredad que la que con tu peso, desalojes.
Pronuncia lo que ocultas.
Pluma y papel preparados, siete testigos expectantes la miran. Ella
mueve la lengua. Se rompe el sello.
La ciudad hállase gris, la magnolia dispuesta.
**

Voy y vengo por la plaza, la recorro 
como en despedida. La plaza se sigue 
en soportales que contienen con arcos 
su infinito. Voy y vengo y digo adiós. 
Las cosas precisan un límite, una raya 
de humo y agua en lo más delicado. 
Lo real existe en la juntura, en la línea 
cabal que lo circunscribe y anima. 
Ya que el perfil ahonda los volúmenes 
y el horizonte es hoy campo de batalla 
que extiende sus armas en el plano, 
sobre él, en fuga, somos sólo relieve.
**
CANTIGA DE MIRAGRE

Todos los amaneceres durante siete años, un dulce espectro tomaba mi forma, mi cadencia y ocupaba el puesto mío, la labor junto al torno.
Corría yo, con risa, hacia el hortelano y el amarillo crecer de los guisantes.
Y nunca discerní, entre niebla, dónde era que, en verdad, me sustituye. Si en la campanilla, en los ásperos deberes. O dentro de los rubios brazos de aquél, mi cuidador de hojas.

El tiempo era el mediodía. Se apareció ante mí el ángel del Señor.
Se presentó bordeando transparentes y pidió quedarse.
Me rogaba pan, azúcar, malta. Consumía la despensa. Le pagué músicos y retablos. Bebía licor francés. Probó cordero.
Compraba ropajes, se tocaba con oro. Me malgastó la hacienda, me redujo a pobre.
Por esto, disculparéis que se me haga tan rudo,
entended que de un cielo inmaterial desconfíe.

Siempre lee sola y en un sitio grande.
Pero en una ocasión, y hacia octubre, al ir al patio se notó en compañía. A través, del portal, se le apagó la vela y en el salón la oscuridad era alta.
Un soplo leve le tomó los hombros, le besó la nuca.
Fue abrazo incierto, mas único. Y para no olvidarlo.
**
EL POETA PERDIDO
Por Esperanza López Parada

Como espacio para desorientarse, como arquitectura ideada para inducir a error,una construcción que se levanta con el fin de confundir, de este modo se ha descrito todo laberinto. Por él, símbolo evidente de la perplejidad, que diría Borges, no transitan
sólo Teseo y el Minotauro no únicamente el rey vencedor y el rey vencido, sino otros muchos que deambulan por Cnossos y pierden la vida, aquellos que jalonan con su muerte los meandros y galerías del palacio, las víctimas que vagan sin alcanzar su
centro.
En este instante, a estas alturas del siglo, no es fácil encontrar otro género que,
como el poético, se sientan tanto en conflicto consigo y con su entorno. No existe hoy
otro arte en mayor zozobra que la que sufre y por la que se pierde o se desorienta la
poesía. Por eso, de ella prefiero ocuparme con mucho, como de un herido grave y
urgido, de un asunto extraviado.
Y lo haré con asombro, la mezcla de estupor y reconocimiento con que se mira
una huella o un fósil, con que se contempla, por tanto, una forma que persiste y
permanece sólo a través de lo que perdió, a través de lo que de ella ha huido, el negativo
impreso de lo que fue una vez alfo de vida.
Con asombro lo haré, con perplejidad. Pero también con la tristeza antes de
tiempo, con la nostalgia adelantada por lo que, todavía aquí, está a punto de
abandonarnos, una nostalgia por el fin de los poemas o el fin, al menos, de la lírica, tal
como la recogimos y heredamos de los románticos.
Es precisamente la grandiosidad de esa herencia lo que hace más precarios estos
días presentes. Porque, igual que si de un linaje venido a menos se tratara, el término
poesía sigue arrastrando su pasado prestigio, su aura de inefable, su oropel y su gloria.
Sigue convocando una cierta mística a su paso y todo un lenguaje de altos vuelos,
recibido de Schiller, de Novalis o de Coleridge, cuando el poema se creía el centro del
mundo, el estado ideal del hombre, el futuro de unas ciencias que hacía él convergían y
lo real más absoluto, lo más real de esta existencia, cuanto más poética, más
verdadera.
Y aunque aquellas frases continúan obrando en nosotros como un anhelo, lo
cierto es que su esplendor tiene que habérselas con el hecho lacerante y diario de verse
reducidas a un papel modesto, a una franja casi, inexistente de nuestra realidad, a una
presencia mínima. Lejos queda la noche en que el pueblo de Francia veló hasta el
amanecer el cuerpo del poeta Víctor Hugo y lo despidió con todos los honores.
Ni considerada ni apenas tenida en cuenta, muy poco editada, ni siquiera leída,
en este espíritu nuestro, informatizado, tecnocrático y abusivamente ruidoso, resulta
difícil asignarle un lugar nuevo a la poesía. No estoy, sin embargo, lamentándolo ni voy
a negarme a lo que parece su destino.
Cualquier intento por encontrarle al poema una ocupación útil, un hueco
horroroso dentro de un presente que lo ignora, cualquier esfuerzo por rehabilitarlo y
reinsertarlo tras la consabida y ancestral expulsión platónica –entre hombres sensatos y
cultivados, no se precisan versos, Sócrates así se los prohíbe a Protágoras-, cualquier
esfuerzo para reconvertirlo en actividad provechosa y eficaz me parece un afán algo
ilusorio, afán ajeno al poema mismo; un trabajo hasta quirúrgico si exige extirpar la
parte más inservible, menos rentable, más desorientada – es decir, más oscura- de la
palabra poética.
¿Para qué poetas en tiempos de miseria?, repetimos, sin embargo, la antigua, la
impertinente pregunta, la espinosa cuestión sin respuesta; puesto que, ahora como nunca
desde que Hölderlin la formulara, se nos insinúa desde el poema, ya incorporado a él
con el tono de una vieja deuda, naciendo éste de su propia imposibilidad para
contestarse.
¿Para qué, realmente? No se sabe qué falta hagan los poetas en la indigencia. /
A pesar de todo los hay, me dices / Y son cual aquellos sacerdotes consagrados al dios
del vino que, de tierra en tierra, en noche sagrada erraban perdidos.
Y nos importa, no es crucial que en estos años confusos, como sacerdotes de un
culto caduco hombres sin relevancia; que anden extraviados los poetas en el laberinto de
la postmodernidad. Porque, quizá, no podríamos adjudicarles otro papel mayor ni
función más grave ésta penosamente suya, de no tener, en propiedad fusión ni papel3
alguno. Quizá éste sea su nuevo y verdadero perfil: el de un vagabundo, el de un
hombre perdido, un desheredado, alguien sin sitio fijo, incómodo en cualquier parte y
ausente en todas.
Así, de hecho, Hugo von Haofmannsthal saludaba al joven poeta, al poeta
reciente, igual que a un rey peregrino y errante, vuelto de Tierra Santa, que nadie
reconoce ni honra. Entra en su casa como un mendigo para vivir por caridad, en el
espacio miserable bajo las escaleras de su propio palacio. Allí habita, nos cuenta
Hofmannsthal, el nuevo poeta, en las tinieblas de su laberinto, junto a los perros,
extranjero, aunque en su patria. Oye y ve a su mujer, sus hermanos y sus hijos subir y
descender los escalones, hablando de él como de un desaparecido; y, no obstante, él
está, sin que nadie se ocupe. No es más que un oído o un ojo, el gran espectador de
cada rosa, el compañero disimulado, sopesándolo todo en una balanza invisible, sin ser
dueño de nada y teniéndolo, sin embargo, como señor ninguno poseyó jamás su reino,
ya que conoce el esplendor de arriba y la insolencia de la cocinera, la elegancia del
trono y el suspiro del más humilde de sus servidores.
Desde el espacio angosto al que se le ha relegado, desde su exilio bajo las
escaleras, el poeta ve pasar todas las cosas, mira y mide el giro de su tiempo.
Por tanto, así apartada, así perdida, reducida a un existir en los márgenes, en
tierras fronterizas, sin uso ni sentido, alejada de cualquiera poder es como la poesía
empieza a ejercer alguno: un poder extraído de su marginalidad, de la autonomía que
dicha marginalidad le asegura, de su extravío en el laberinto.
Y contra la verbosidad mediática e informativa que nos circunda, ella sobrevive
merced a su decir silencioso entre el decir comprometido, situado y apabullante del
mundo. Pero si habla, es de un modo libre, sin imposiciones –ni siquiera las que le
piden ubicarse un empleo seguro y ubicado- y sólo para quien tenga oídos. Citando un
ensayo iluminador de Han Georg Gadamer sobre esta pervivencia clandestina y
extraviada de lo poético, hoy la poesía ha bajado necesariamente el tono (...). Igual que
los mensajes confidenciales se transmiten en voz baja, para que no lleguen a quien no
deben, lo mismo ocurre con el lenguaje del poeta (...) y en época de potenciación
eléctrica de la voz, sólo la palabra silenciosa encuentra lo común del Tú y del Yo (...) y
conjura lo humano.
No se trataría entonces de condolerse porque la poesía haya entrando en crisis,
haya entrado en el laberinto; puesto que la crisis o el laberinto –como señala Francis
Ponge- puede considerarse su movimiento más puro y más propio, la separa de rango o4
protagonismo, la que la divide y aparta de cualquier intervención precisa en estas horas
para propiciarle otra intervención plena y más sutil.
Hay una última imagen que podría acompañar elocuentemente la anterior fábula
del rey mendigo, una imagen evocada por el poeta irlandés Heaney a la hora de
explicarse esta paradoja, esta posible utilidad inútil del poema.
Ni que decir tiene que Heaney se desespera ante la fuerza nula del verso, pero
supone que su eficacia debe residir en otra parte. Y recuerda entonces el episodio
extraño en los Evangelios de la mujer adúltera, cuando Jesús aguarda dibujando un
laberinto, escribiendo en el suelo, que alguien entre la multitud, libre de pecado, arroje
la piedra y condene a la acusada.
La poesía es ese trazado en la arena, al borde y como fuera de los hechos, que se
creería no interviene en el presente de la historia, en este ahora, pero, no obstante y
misteriosamente, lo determina: algo sin participación señalada en el desenlace y, aun
así, decisiva; algo que no ruega ni actúa y sin embargo, se expresa; palabras al margen
bajo la escalera, palabras que no se reconocen ni se escuchan, palabras perdidas pero
que están de algún modo raro e indudable. Están y se manifiestan.

Fuente: ENCUENTROS EN VERINES 1994
Casona de Verines. Pendueles (Asturias)
www.mecd.gob.es/
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char