viernes, 11 de septiembre de 2015

Me acuerdo que nos hacíamos llorar

El Vallejo de Los heraldos negros


A mi hermano Miguel
In memoriam

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá
**
III

Las personas mayores 
¿a qué hora volverán? 
Da las seis el ciego Santiago, 
y ya está muy oscuro. 

Madre dijo que no demoraría. 

Aguedita, Nativa, Miguel, 
cuidado con ir por ahí, por donde 
acaban de pasar gangueando sus memorias 
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde 
las gallinas que se están acostando todavía, 
se han espantado tanto. 
Mejor estemos aquí no más. 
Madre dijo que no demoraría. 

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día.
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana. 

Aguardemos así, obedientes y sin más 
remedio, la vuelta, el desagravio 
de los mayores siempre delanteros 
dejándonos en casa a los pequeños, 
como si también nosotros
                              no pudiésemos partir. 

Aguedita, Nativa, Miguel? 
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad. 
No me vayan a haber dejado solo, 
y el único recluso sea yo.
**
VI

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera;
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia. 

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí.
todas no están mías
a mi lado. 

                     Quedaron de su propiedad, 
fratesadas, selladas con su trigueña bondad. 

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                              ¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.
**
XI

He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar. 

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle 
el talle, mis manos han entrado en su edad 
como en par de mal rebocados sepulcros. 
Y por la misma desolación marchóse,
   delta al sol tenebroso,
   trina entre los dos. 

       “Me he casado”, 
me dice. Cuando lo que hicimos de niños 
en casa de la tía difunta.
      Se ha casado.
      Se ha casado. 

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.
**
XVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número. 

Criadero de nervios, mala brecha, 
por sus cuatro rincones cómo arranca 
las diarias aherrojadas extremidades. 

Amorosa llavera de innumerables llaves, 
si estuvieras aquí, si vieras hasta 
qué hora son cuatro estas paredes. 
Contra ellas seríamos contigo, los dos, 
más dos que nunca. Y ni lloraras, 
di, libertadora! 

Ah las paredes de la celda. 
De ellas me duele entretanto más 
las dos largas que tienen esta noche 
algo de madres que ya muertas 
llevan por bromurados declives, 
a un niño de la mano cada una. 

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.
**
XXIII

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos 
pura yema infantil innumerable, madre. 

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente 
mal plañidas, madre: tus mendigos. 
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto 
y yo arrastrando todavía 
una trenza por cada letra del abecedario. 

En la sala de arriba nos repartías 
de mañana, de tarde, de dual estiba, 
aquellas ricas hostias de tiempo, para 
que ahora nos sobrasen 
cáscaras de relojes en flexión de las 24 
en punto parados. 

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo 
quedaría, en qué retoño capilar, 
cierta migaja que hoy se me ata al cuello 
y no quiere pasar. Hoy que hasta 
tus puros huesos estarán harina 
que no habrá en qué amasar 
¡tierna, dulcera de amor, 
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar 
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo 
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto! 
en las cerradas manos recién nacidas! 

Tal la tierra oirá en tu silenciar, 
cómo nos van cobrando todos 
el alquiler del mundo donde nos dejas 
y el valor de aquel pan inacabable. 
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros 
pequeños entonces, como tú verías, 
no se lo podíamos haber arrebatado 
a nadie; cuando tú nos lo diste, 
¿di, mamá?
**
XXVIII  

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido. 

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir 
de tales platos distantes esas cosas, 
cuando habrase quebrado el propio hogar, 
cuando no asoma mi madre a los labios. 
Cómo iba yo a almorzar nonada. 

A la mesa de un buen amigo he almorzado, 
con su padre recién llegado del mundo 
con sus canas tías que hablan 
en tordillo retinte de porcelana, 
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos; 
y con cubiertos francos de alegres tiroriros 
porque estanse en su casa. Así qué gracia! 

Y me han dolido los cuchillos 
de esta mesa en todo el paladar. 

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el bocado que no brinda la madre.
**
LII

Y nos levantaremos cuando se nos dé 
la gana, aunque mamá toda claror 
nos despierte con cantora
y linda cólera materna. 
Nosotros reiremos a hurtadillas de esto, 
mordiendo el canto de las tibias colchas 
de vicuña ¡y no me vayas a hacer cosas! 

Los humos de los bohíos, ¡ah golfillos
en rama! madrugarían a jugar
a las cometas azulinas, azulantes,
y, apañuscando alfarjes y piedras, nos darían
su estímulo fragante de boñiga,
                  para sacarnos 
al aire nene que no conoce aún las letras, 
a pelearles los hilos. 

Otro día querrás pastorear 
entre tus huecos onfalóideos
                ávida cavernas,
                meses nonos,
                mis telones. 

O querrás acompañar a la ancianía 
a destapar la toma de un crepúsculo, 
para que de día surja 
toda el agua que pasa de noche. 

Y llegas muriéndote de risa, 
y en el almuerzo musical,
cancha reventada, harina con manteca, 
con manteca,
le tomas el pelo al peón decúbito
que hoy otra vez olvida dar los buenos días,
esos sus días, buenos con b de baldío,
que insisten en salirle al pobre
por la culata de la v
dentilabial que vela en él.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char